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lunes, 2 de diciembre de 2013




19

27 de mayo de 1943

I

Un gran neón verde azulado presidía la barra, sobre una voluminosa cristalera. Varios oficiales se reunían alrededor de la máquina de discos Jukebox, y tras ellos se podía ver un cooler de la marca Coca-Cola. Llamaba la atención el mobiliario de aquel local de la recóndita base de la RAF, en el aeródromo de Blida, una ciudad de Argelia a unos 45 km al suroeste de la capital.
   El 8 de noviembre de 1942, el aeropuerto fue tomado por la 11ª Brigada de infantería británica. La toma de aquel remoto enclave fue primordial para el inicio de la Operación Antorcha, con el desembarco de tropas Américo Británicas en el norte del África Francesa. El objetivo de la operación era movilizar las fuerzas aliadas hacia Túnez, donde se encontraba la retaguardia de los alemanes. En aquella época el 608 escuadrón se encargaba de la cobertura antisubmarina para los convoys procedentes de Gibraltar.
   Cuando  llegaron  los  americanos  se  trajeron  consigo  varios muebles para acondicionar la cafetería de la base. Querían que se asemejara a los típicos bares de Manhattan, para así no sentirse tan lejos de casa. Incluso habían traído una maquina de granizados. Aprovechaban cualquier vuelo de suministros para añadir una nueva adquisición al local. La última incorporación era aquella preciosa maquina de discos de color rojo chillón.
Los británicos siguieron con la tradición, aportando una preciosa pizarra donde se podía leer el menú del día, escrito en tiza. Al fondo se había colgado un enorme póster publicitario donde se veía a la actriz estadounidense Myrna Loy sirviendo café a un grupo de marinos. En el Jukebox comenzó a sonar “Shoo shoo shoo baby”, el nuevo éxito de las Andrews Sisters.
   Ogilvie llevaba seis meses en aquel recóndito agujero, a donde había llegado el 13 de noviembre desde Gibraltar. El contacto con su familia se había visto reducido a esporádicas cartas que en ocasiones, ni siquiera llegaban. Una llamada telefónica en condiciones, desde allí hasta Inglaterra, era lo más semejante a una quimera.
   —¿Café o Whiski? —preguntó el camarero.
   —El whisky y el café casan muy bien. Así que prepárame los dos.
El piloto extrajo la pitillera del bolsillo superior de la chaqueta, cogió un cigarrillo y se lo llevó a la boca. Encendió la cerilla con la cajetilla de fósforos en la mano, mientras protegía la llama con el hueco de los dedos para darse fuego. Los cubitos de hielo tintineaban en el vaso mientras Ogilvie le daba un movimiento circular y cadencioso.
   En aquel momento se abrió la puerta del local, dando paso a un joven corpulento con un chubasquero militar. Rezongando, se sacudió el agua que resbalaba por el impermeable. En aquel lugar solía llover pocos días al año, pero cuando lo hacía era con intensidad.
  —¡Condenado tiempo! mierda de clima, puñetera lluvia —maldecía desde la puerta, mientras se acercaba a Ogilvie.
     —El comandante le anda buscando, señor —dijo el cabo.
  —¿Y tiene que ser ahora? —preguntó Ogilvie con mirada interrogante.
   Sorbió un poco de café ya enfriado, y volvió a observar a aquel joven que se había empeñado en fastidiarle la tarde.
    —Dime, muchacho, ¿crees que cambiará el destino de la guerra si el jefazo espera un poco?
    —Pues...no sé, señor —contesto el joven, al que estaba poniendo en aprietos. La música había cesado, cuando Ogilvie vació el vaso y lo inclinó distraído, con movimientos circulares, mientras el cigarrillo yacía marchito en el cenicero.
     —¡Bueno, vamos a ver al comandante
   Fuera había dejado de llover, no quedaba más que un resto de neblina en el aire, de modo que se levantó el cuello de la guerrera, volvió la esquina y anduvo por la calle paralela a los barracones.
   Al llegar a otro edificio, cruzaron una puerta en la que se podía leer "Comandante de Escuadrilla". Bajo el letrero había una placa deslizable que rezaba "Cap. Clair Mansell Maybury Grece R.A.F."
El cabo se hizo a un lado y Ogilvie entró en un despacho sencillo y luminoso. El interior de la oficina ofrecía un curioso contraste con el caos que reinaba en el exterior. Todo estaba ordenado y limpio, como si se fuera a pasar revista de un momento a otro. Una cafetera eléctrica borboteaba tras el escritorio, desprendiendo un delicioso aroma sobre la estancia, donde había otra mesa repleta de mapas y unos archivadores. A Ogilvie le pareció, en definitiva, un lugar aséptico.
   El capitán Maybury rondaba los 29 años y a pesar de su juventud, había hecho más que suficientes méritos para estar al frente de la 608 Escuadrilla. Aquel delgado y apuesto joven era comandante de vuelo cuando Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania y formó parte del pequeño destacamento que se quedó en Francia cuando fue invadida por los alemanes. Más tarde se convirtió en oficial en jefe a cargo del 59 Escuadrón y en abril de 1942 se hizo cargo del 405 Escuadrón de las Fuerzas Aéreas Canadienses, con base en Greenwood, Nueva Escocia.
   —¡Pase Ogilvie! —dijo el capitán, recibiéndole con un firme apretón de manos.
     —¿Como va el permiso?.
   —Bien, señor. Me levanto tarde, paseo y tengo tiempo para escribir a la familia. No me puedo quejar.
    —¿Le apetece un café? —preguntó Maybury. A lo que Ogilvie asintió.
    Cuando se dirigía a la cafetera eléctrica, dijo:
   —Bueno, se que tenía unos días de permiso, pero necesito que mañana haga un vuelo. No se lo pediría si no fuera urgente, y aunque disponemos de buenos pilotos, prefiero que sea usted. Después de esto le dejaré tranquilo unos días, ¡prometido!.
   —¡Maldición! —exclamó Maybury, mientras revolvía sobre su mesa, como si buscase algún orden en aquellos dossiers—. ¿Donde demonios están los dichosos papeles?, ¡Johnson!, ¡Johnson!.
    El cabo que había traído a Ogilvie asomó por la puerta.
    —¡Si, señor! Disculpe, aquí lo tiene, capitán.
    —¿Dijo usted que quería azúcar?—volvió a preguntar Maybury.
    —Sin azúcar, por favor
   Maybury le sirvió una taza, mientras extraía una hoja de todo el expediente y se la pasaba a Ogilvie.
    —Bueno, el caso es que, como podrá ver aquí, al parecer uno de los nuestros tuvo en encontronazo con un U-Boot ayer, en el Canal de Alborán. Y según el informe del piloto, les dio la impresión de que el pez sufrió averías de consideración. Incluso se vieron varias columnas de humo.
    —¿Y por qué no terminaron el trabajo, señor?
    —Porque,  al  parecer  sufrieron un impacto directo y volvieron a la base de Tafaroui con un sólo motor.
  —¡Caramba! —exclamó Ogilvie cerrando el expediente y apartando su taza de café, ya vacía—. Eso es lo que yo llamo un paseo divertido, ¡si señor!.
   —Bueno, mi opinión  es  que si no se interna en España, y de momento no ha sido así, intentará llegar a su base —dijo Maybury—, y todo nos hace pensar que salió de Toulon. ¿Sabe?, estaría bien que nos apuntáramos este tanto. Sería bueno para la moral de los muchachos. Además, me han dicho que va diciendo por ahí que se muere de ganas por probar los nuevos cohetes ASW.
    —Eso es lo que les dije a los muchachos, señor
    Maybury le dirigió una amplia sonrisa.
   —¿El incidente tuvo lugar aquí? —pregunto Ogilvie, señalando en un mapa sobre la mesa.
    —Si.  Por  lo que yo creo, si ese U-Boot se dirige a Francia, y suponiendo que tendrá prisa por llegar, yo que usted sobrevolaría la costa española manteniendo una prudencial distancia. No queremos que el general Franco se vaya a enfadar, ¿verdad?.
    —¡No, por supuesto que no! —contestó Ogilvie, mientras abría la puerta y salía. Fuera, la lluvia volvía a arremeter contra el edificio y se oía el gorgoteo del agua bajando por los canalones.

Muy lejos de allí, el U-755 navegaba gran parte del día en inmersión, a cota periscópica, con la entrada de una gran cantidad de agua que hacía temer por las vidas de los tripulantes. Cuando la situación se volvía insostenible, se tomaba la decisión de emerger para evacuar el agua. La humedad hacía que la atmósfera en el interior de la nave se hubiera vuelto irrespirable.
  A las 22:00 horas volvieron a superficie para efectuar una radiolocalización de varias aeronaves en las cercanías. Göing ordenó una nueva inmersión, buscando distanciarse de sus perseguidores. Las caras en tensión de los hombres mostraban su preocupación. Penosamente, el U-Boot avanzaba a tres cuartos de máquina, intentando llegar a casa a salvo.


II


28 de mayo de 1943

Durante la madrugada, antes de las 04:30, el U-755 navegaba en superficie, cuando volvió a realizar una radiolocalización de varias aeronaves. Inmediatamente se volvió a sumergir. Se mantendría bajo el agua hasta agotar las baterías de los motores eléctricos.
   A las 06:00 asomó a la superficie para comprobar que el cielo estaba cubierto por nubes bajas y alisadas. Un fuerte oleaje convirtió el resto del viaje en un infierno.

A 1.698 pies de altura sobre el Mediterráneo, un Hudson Mk VI del 608 escuadrón de la RAF, atravesó una pequeña zona de turbulencias. Posiblemente se desprendía alguna corriente térmica directamente desde la superficie del mar. Bill Patchet, el copiloto, se revolvió inquieto en su asiento. En la época en que estaban era normal que se desprendieran algunas ascendencias que fácilmente podrían llegar a sacudir el aparato.
   El ensordecedor ruido de los motores no turbaba a los seis tripulantes, que estaban entrenados para abstraerse de él y concentrarse en otear el horizonte.
   Ogilvie se dejó llevar por su intuición, y supuso que si el comandante Maybury tenía razón y aquel sumergible tenía su base en Toulon, él debía bordear la costa española en su busca. A estribor de la aeronave se divisaron las islas de Ibiza y, más a su derecha, Mallorca.
     —¡Allí, allí, contacto visual a las once! —gritó el artillero—. Es un sumergible en superficie, y se desplaza a gran velocidad.
   El Hudson se encaró en picado hacia el objetivo, mientras los motores aceleraban, produciendo rabiosos zumbidos. El bombardero lanzó dos cohetes sobre el sumergible, que quedaron cortos. Tras la primera pasada, volvió a encararse al objetivo, mientras recibía fuego antiaéreo desde el U-Boot.
    —¡No se pueden hundir! —gritó Patchet—. ¡Deben tener alguna vía de agua en el casco!.
   El fuego antiaéreo desvió al avión de su objetivo, mientras Ogilvie preparaba una segunda pasada. Esta vez el segundo cohete cayó a varios metros del submarino, pero con el primer cohete se había confirmado un impacto en la parte de popa, a estribor. En la cubierta del U-Boot, la dotación de los cañones antiaéreos seguía disparando.
   Tras unos momentos de lucha encarnizada el sumergible comenzó a mostrar una columna de humo.

Eran las 13:53 cuando el torpedo golpeó directamente al U-755. El impacto en la parte de babor abolló varias porciones de las planchas de acero del casco, entre el mamparo de los depósitos diésel. Aquello provocó que comenzaran a inundarse varios compartimentos estancos con vertiginosa rapidez.
   El marinero Gerard Pröhl yacía muerto en el suelo. El torpedo había causado una avería en los engranajes de acoplamiento y los colectores de los diésel, haciendo que el U-Boot fuera ingobernable.
   Los mecánicos, con el agua hasta la cintura y en una frenética carrera contra el tiempo, fueron incapaces de arreglar el daño. Entonces comenzó el incendio. El fueloil comenzó a arder mientras el marinero Georg Dimper y el cabo 1º Günter Semmler intentaban hacerle frente con los extintores. Las bombas de drenaje no podían contener la entrada de agua. A partir de aquel momento la suerte estaba echada.
    Göing ordenó detener los diésel y arrancar los motores eléctricos. El telégrafo de la sala de mando envió la orden pero el mensaje no llegó a máquinas. En aquel momento, Göing dio la orden, y toda la tripulación comenzó a abandonar la nave.
  Hubert vio como un espeso humo negro con ocasionales llamaradas anaranjadas salía de la sala de máquinas. Sasse no necesitó que nadie le diera la orden. Accionó el emisor FuMO 61 y comenzó a enviar repetidamente el mensaje de SOS a través del pulsador morse. Una gran ola se adueñó de la parte trasera del buque avanzando hacia la parte central con una velocidad endiablada, arrastrando todo tipo de objetos con ella, mantas, cajas de alimentos, o cualquier otra cosa que encontraba en su camino.
    En el armario sobre la litera de Hubert, con cada golpe de mar, la pequeña peonza giraba sobre sí misma, golpeando contra la pared. Entonces, otro golpe de mar sacudía al U-755 en dirección contraria y la peonza volvía a rodar en sentido opuesto, en un movimiento interminable.
   La tripulación corría hacia la escalerilla de la sala de mando. Hubert y su compañero cortaron la electricidad en la sala de radio antes de abandonar sus puestos, cuando el agua ya inundaba el pasillo central. Uno tras otro, los hombres trepaban con rapidez hasta la torre, y sin pensarlo, saltaban al mar.
   —¡¡Vamoooos!!  ¡¡Vamooos!!  ¡¡Todos  fueraaaa!!  —gritaba Wálter Göing al pie de la escalerilla. El saldría el último, no abandonaría la nave hasta que el último de sus hombres estuviera a salvo.
   Bernhard Adeneuer salió y tras él lo hizo Christians Rudolf. Luego el comandante inició la ascensión, llegó a la torreta y saltó al mar. Entonces un descomunal torrente de agua invadió la sala de mando con fuerza, inundándolo todo. Tras escasos tres minutos de inundación constante la popa comenzó a hundirse.
    Mientras los hombres saltaban al mar, llegó la primera ráfaga proveniente del Hudson, que barrió nuevamente la cubierta. Algunos hombres tuvieron tiempo de saltar al agua pero otros abandonaron el suelo de madera de la cubierta para salir despedidos varios metros más lejos en el agua, y ya sin vida. A Hubert sólo le dio tiempo a lanzar una mirada cargada de miedo y frustración antes de zambullirse entre las negras y frías aguas del Mediterráneo.     Entonces vio a josef Bauriedl saltar y aterrizar a su lado.
  —¡¡Apartaoooos del U-Boot!! ¡Nada Sasse, nada, ese cabrón viene a por nosotros! —dijo Bauriedl, mientra braceaba con todas sus fuerzas.
    La imponente proa del U-Boot se estaba elevando varios metros sobre la superficie del agua, intentando apuntar al cielo, como clamando por una ayuda que no llegaría. La tensión producida por el peso del agua en la inundada popa provocó que el casco de la nave se fracturara con un concierto de increíbles crujidos, mientras gemía en un último estertor de muerte.
    Los hombres sabían que tenían que alejarse del submarino que se elevaba sobre ellos, o serían arrastrados hasta las profundidades por la poderosa fuerza de succión que originaría al hundirse. Varios oficiales estaban cubiertos del aceite del buque que cubría la superficie del agua, y su olor impregnaba el ambiente.
    Mientras la popa tiraba hacia el fondo, la proa se inclinó hasta quedar casi vertical, generando una montaña de agua, formada por vapor y espuma. Dominando la escena, una gran nube de humo blanco se elevaba en lo alto
    —¡¡Apartaoooos de él!! ¡¡Apartaooos de él!!. !!Os arrastrará al fondo!! —gritaba Göing.
 Pero los náufragos no reaccionaban, como si estuvieran hipnotizados. En aquel momento, Wálter fue consciente de lo frágiles que eran él y sus hombres. Todos los ojos estaban puestos en aquel gigante que se hundía con lentitud.
 La proa permaneció un instante más en posición vertical, mostrando su roda fuera del agua, con una de las escotillas de torpedos abierta, como esperando a algún enemigo invisible para, al fin, desaparecer de la superficie. Todos los que no se apartaron a tiempo fueron tragados por la fuerza de succión generada por el navío al hundirse. Entonces, mientras la nave desaparecía de la superficie, Göing ordenó tres hurras por el honor del U-755. Los hombres corearon los vítores como una sola voz.
  El U-755 descendía al fondo marino acompañado de un larga estela de burbujas de aire. Al ganar velocidad durante el tortuoso descenso, el sumergible se alabeó, desgarrándose; hasta que tras una caída de pocos minutos, varios de los torpedos de los tubos de proa estallaron, decapitando a la nave. Al fin se estrelló con un fuerte estrépito contra el fondo, formando una inmensa nube de polvo.
   Con el timón hincado en la arena y dos aspas de una de las hélices asomando entre el fango, la maltrecha popa del U-755 yacía a 1.605 metros, en el fondo del Mediterráneo. En la torre, la escotilla estaba abierta. Ya no resonaría con el alegre tamborileo de las pisadas de sus tripulantes, ansiosos ante la posibilidad de un permiso en tierra.
    El pecio dormiría para siempre en la oscuridad, convertido en un amasijo de metal retorcido, tachonado de remaches y mostrando sus costillas de acero a través de las tripas abiertas, como el espantoso cadáver de un extinto monstruo. Como un sarcófago marino. Con el paso del tiempo todo él quedaría cubierto de carámbanos de óxido, mientras los hongos se alimentarían de sus pútridos restos.
   Pero aún no estaba todo visto. Los momentos finales de la tripulación del U-755 serían de una violencia espantosa. Los hombres acababan de ver como su nave desaparecía de la superficie llevándose consigo a los que estaban demasiado cerca de él, cuando en el aire sonó un silbido familiar.
    El Hudson iniciaba una nueva embestida a ras de agua. De sus dos ametralladoras alojadas en el interior del fuselaje del morro, salían con centelleante rabia los proyectiles, atravesando el aire. Las dos ráfagas pasaron junto a los jóvenes levantando columnas de agua a su paso.
   —¡A pasado cerca! —gritó Hubert mientras seguía al bombardero con la mirada. No hubo respuesta.
    Josef Bauriedl yacía boca arriba con el cuello destrozado.
  Sus ojos, entreabiertos y fijos, observaban la nada, mientras parecía que intentaba abrir la boca para emitir algún sonido, pero sólo salía un pequeño torrente de sangre oscura, que caía al agua en una siniestra cascada. Entonces el avión volvió a hacer otra pasada disparando sus armas.
   Sasse no tuvo tiempo de reaccionar, ni de poder despedir a su amigo. Sintió un dolor punzante y vio la sangre aparecer junto a él, a su alrededor. Entonces, como un pensamiento olvidado, la figura de su amigo se desvaneció y Hubert Sasse ya no vio ni oyó nada más, y la negrura se cernió sobre el marino.


III

El fuerte oleaje y las corrientes hacían muy difícil mantener la cohesión entre los tres grupos de náufragos. El comandante Göing dio la orden de nadar hacia el este, en dirección a Mallorca. Bernhard Adeneuer calculó que la isla se encontraba a 30 o 40 millas.
  Los hombres en mejor estado nadaban en el primer grupo, mientras los más débiles lo hacían 100 metros más atrás, intentando mantener la marcha. Sobre las 14:30, los hombres heridos llamaban pidiendo ayuda. Algunos de aquellos infelices no tenían chaleco.
    Fritz Bögner se encontraba en el grupo de cabeza cuando oyó los ruegos. El joven seguía nadando, intentando concentrarse en sobrevivir, pero no pudo seguir así por mucho tiempo. Al fin retrocedió, nadando hacia los hombres del último grupo para prestarles auxilio. Al pasar junto a un cadáver, se detuvo, le quitó el chaleco salvavidas y continuó. Adeneuer le vio pasar a su lado y tras un momento de dudas, se unió a él. Al alférez Adeneuer y a Bögner no se les vería nunca más, aquel gesto les costaría la vida.
   En el centro del grupo se encontraban el comandante Wálter Göing, el primer oficial Werner Düsing y el segundo oficial Christians Rudolf. Tras ellos nadaban el oficial ingeniero Ernst-Adolf Hartmann y los dos mecánicos principales Günter Semmler y Heinz Wuwer.
   Göing observaba como los hombres iban desapareciendo en la distancia sin saber que hacer. La corriente se volvió más fuerte y se hizo muy difícil mantenerse cerca los unos de los otros. A lo lejos, los hombres gritaban pidiendo socorro, luego los gritos cesaban, dando paso a otro cadáver más.

Ernst Oertl miró al cielo. No se veía ningún ave. Si divisara alguna señalaría la proximidad de tierra firme, pero no había nada, sólo el mar, inmenso. Había perdido de vista a muchos de sus compañeros desde que saltaron de la torreta del U-Boot: Baurietl, Sasse, Eichler, Krips...A la mayoría de ellos no los había vuelto a ver.
   Oertl era un gran nadador y se posicionó entre los primeros del grupo de cabeza. Nadaba pausadamente, intentando dosificar sus fuerzas y respirar del modo adecuado. Realizaba movimientos sincronizados, alternando un brazo en el aire con la palma hacia abajo, entrando en el agua con el codo relajado, mientras el otro brazo avanzaba bajo el agua y moviendo las piernas con patadas oscilantes. Cuando se fatigaba, cambiaba el estilo, nadando de espaldas, siempre adelante, como un autómata. A lo lejos escuchaba los gritos de los que se quedaban rezagados, pero haciendo frente a aquella sensación de culpa, continuaba adelante. Sabía que si se detenía, su cuerpo se enfriaría, y estaría muerto.


IV


Media tarde del 28 de mayo de 1943

Hubert despertó de su inconsciencia, aturdido y desorientado. No sabía donde estaba, mirando en todas direcciones, en la inmensidad del mar. A lo lejos, cinco cuerpos flotaban inmóviles. Entonces lo recordó, el ataque, el U-755 hundiéndose, el ensordecedor ruido del avión dirigiéndose hacia ellos mientras disparaba sus ametralladoras. Los gritos, la confusión, los momentos de pánico. En aquel instante recordó a Bauriedl, muerto junto a él, y a los demás. El dolor le hizo recordar que también él había sido alcanzado.
    El marino se palpó la herida, a juzgar por el orificio de salida, el proyectil había entrado por su abdomen y había salido por el costado. Aún sangraba levemente y el dolor era insoportable, pero debía sobreponerse. No sabía cuanto llevaba inconsciente, pero por lo alto que se encontraba el Sol en el horizonte, calculó que debían ser entre las tres y las cuatro de la tarde.
  Observó que el chaleco salvavidas aún estaba en buenas condiciones; la bombona de aire presurizado estaba vacía, pero siempre podría rellenarlo con la boquilla si notaba falta de aire.
    Se acercó pesadamente a los cuerpos que tenía más cerca, para reconocer a Walter Klima, el cabo 1º de marina, y junto a él, al teniente Dietrich Krebs. Un poco más alejado se encontraba el cabo de marina Willi Krips y junto a él flotaba sin vida el marinero Hermann Rakow. Había recibido varios disparos directos, y donde debía estar la parte derecha de su rostro, no había nada.
   Hubert quiso vomitar, mientras las lágrimas afloraban a sus ojos, luego pensó en los demás y los llamó gritando, pero sólo le contestó el batir y el rugido de las olas, y comenzó a sollozar desesperado, llamando en su interior a Dios.
   A lo lejos, el cielo estaba azul, pero junto a él sólo había agua, agua oscura y poderosamente aterradora. Pero había recibido un duro entrenamiento durante años y no le habían preparado para perder el control al primer revés. En aquel momento recordó que le quedaba un último cuerpo por ver, pero se encontraba bastante lejos de él y pensó que no valía la pena gastar energías en llegar hasta allí. Entonces oyó los gemidos y se acercó nadando, para comprobar que su compañero Werner Eichler, el cabo 1º de transmisiones, estaba con vida. El cuerpo del marino mostrada varios impactos, de los que brotaba sangre.
   —¡Eh, Sasse! ¿donde están los demás? —preguntó Eichler, con un hilo de voz.
   Hubert volvió la mirada hacia los cuerpos que flotaban ante ellos y respondió:
   — ¡No hay nadie más!
   —¡ Joder!, que cabrones, no nos han esperado
   —Bueno, camarada, parece que esto es el fin, —siguió diciendo Eichler—. ¡Ha sido un honor servir junto a tí!.
   —¡No  digas eso! —habló Hubert—.  Saldremos  de  esta.  ¡Ya verás!.
   El marino pasó uno de sus brazos por debajo de una de las axilas de Eichler y cogió la axila contraria, utilizando el otro brazo para la propulsión en coordinación con las piernas. Pronto comenzó a nadar arrastrando a su compañero.
   Hubert utilizó el Sol para orientarse y recordó que en el momento del ataque estaban frente a las costas de España. Tomó la decisión de nadar de espaldas, manteniendo en todo momento el Sol frente a ellos.
   Pronto comenzaron a alejarse de los cuerpos de sus compañeros, que se mecían arrastrados por la corriente, perdiéndose en la distancia.
   Las corrientes  del  Mediterráneo  y  el  viento de noreste que soplaba en aquel momento les ayudaban a nadar hacia la costa, pero Hubert sabía que estaban muy lejos.
   Habían pasado unos pocos minutos, cuando Eichler le oprimió el brazo a su amigo. Hubert se detuvo para mirarle. Él le habló, pero su contestación fue un susurro apenas audible. La respiración del joven sonaba como un silbido ocupado ya por la muerte. Un líquido rojizo y oscuro resbaló por la comisura de sus labios, mientras oprimía con sus manos las de su compañero. Luego la presión desapareció, Werner Eichler había muerto.
   Sasse dejó ir el cuerpo de su amigo. Las lágrimas volvieron a asomar, mientras le perdía de vista.
   El marino cerró los ojos y comenzó a bracear, en una secuencia de movimientos alternativa: un brazo en el aire con la mano hacia afuera saliendo de debajo de la pierna, mientras el otro impulsaba el cuerpo en el agua. La herida del costado le producía un intenso dolor y sabía que aquel sufrimiento podría ir acompañado de pérdidas de consciencia, sobre todo, teniendo en cuenta que había perdido mucha sangre. Se concentró en los movimientos mientras nadaba lentamente; aquella concentración le mantendría ocupado, para no dejarse llevar por el miedo.
   A lo lejos distinguió una columna de humo que se elevaba en el horizonte. Pensó que era imposible que aquel barco le viera. Él no podía saber que aquel buque era el destructor de la Armada Española Velasco. En aquel instante el joven perdia el sentido.

   A  las  18:34 horas un Junkers Ju88 despegaba de la base de Toulon para unirse a las labores de búsqueda. Otro aparato, salía a las 19:52.


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