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domingo, 1 de diciembre de 2013




18

12 de abril de 1943

I

El Aspro, aquella brisa templada que solía soplar en el sur de Francia, salpicaba el mar de rociones de espuma que se desprendían de las ondulaciones del agua. La tripulación del U-755 contemplaba los diminutos veleros que navegaban a su costado, amurados a babor, conscientes de la costa próxima.
   Hubert estaba en cubierta, observando a aquellos barquichuelos, que como ellos, avanzaban buscando la protección del cercano puerto de Toulon. Sus orillas se desdibujaban en la niebla que la noche había dejado atrás, dando una impresión de paisaje irreal, fantástico, como si aquel trozo de tierra que asomaba por entre la bruma fuese un nuevo mundo por descubrir. El marino levantó la mirada para ver en lo alto las nubes que corrían sigilosas y perdidas, con sus núcleos de un gris intenso; nubes altivas que semejaban fragatas fantásticas, navegando el cielo azul.
   Era una mañana fría cuando el gran pez enfiló la rada del puerto, cerrado al mar por la península de Giens al este y por la de Saint Mandrier al sur. La nave maniobró, sorteando el “Dique de los Presidiarios” entre los dos faros que daban paso al arsenal. A la entrada del puerto unos niños les saludaron, dando saltos de alegría. Los críos estaban allí mirándolos venir, en silencio, intentando adivinar las fabulosas aventuras vividas por los marinos de aquella imponente nave.
   Cuando la Provenza pasó a manos de Francia en 1481, la ciudad inició un importante desarrollo como puerto militar. A partir de 1643, Luis XIV consolidó una flota propia, que se estacionó en Toulon, incluyendo unos astilleros muy bien equipados. Pero la ciudad pagó un elevado precio por poseer este marcado carácter militar, cuando las tropas alemanas ocuparon en 1942 la zona libre de Francia que llegaba hasta Toulon. La flota francesa hundió frente al puerto 75 buques de guerra, para que los soldados de Hitler no pudieran hacer uso de ellos.

La tripulación fue acomodada en las instalaciones de la Base de Submarinistas de Mourillón, junto al arsenal. Grandes naves de ladrillo rojo acogerían a los jóvenes durante el mes de permiso de que disfrutarían.
   En aquella ocasión la dotación del U-755 no pudo aprovechar para viajar a casa. Heinz Blischke fué ascendido y reasignado para comandar su propio submarino. En unos días viajaría a Dánzig, para conocer su nueva nave, el U-744.

El restaurante de la base estaba situado en una planta baja y hacía las veces de club de oficiales. El vestíbulo era pintoresco, con un decorado estilo francés. Desde sus grandes ventanales se extendía una impresionante vista hacia Toulon.
   Heinz Blischke pidió más champan para todos. A Hubert le sorprendió su sabor agridulce, no lo había probado en su vida, y aquellas burbujas le cosquilleaban en la nariz. Cuando llegó la segunda botella, Baurietl, Giltrop y los demás ya hablaban más de la cuenta, incluso Dietrich Krebs, el teniente. Todo el mundo estaba borracho; fumaban y hacían fotos, mientras algunos se subían a las mesas para bailar.
   Hubert pensó en lo lejos que quedaba su casa, nunca había estado tan lejos, y sin embargo tan cerca. Se hacía sumamente extraño que mientras la gente moría en toda Europa, allí se arremangaran y se desabrocharan las corbatas por el calor que producía el champan que salía de las cocinas sin parar, en dirección a las mesas. Una banda tocaba en el escenario mientras unas cuantas parejas bailaban en la pista, poseídas por un fuego interno.
   —¡Por el III Reich! —berreó Blischke, con el rostro enrojecido—. ¡Por la Gran Alemania y por nuestro Führer, Adolf Hitler!.
  Todos los presentes levantaron sus copas. Incluso los bailarines olvidaron por un momento su particular encantamiento y se volvieron, sonriendo al anfitrión.
   Hubert paseó la vista por la sala, absorbiendo los detalles. Las banderas con la cruz gamada ondeaban sobre las mesas mientras docenas de camareros cargados con bandejas llenas de copas de licor, paseaban entre la gente.
   Hombres refinados con uniformes entallados y perfectamente planchados, de lustrosos botines; peinados hacia atrás y con colonias caras. Mujeres con tacones, vestidas a la moda y con escotes de ensueño. Insignias en las solapas y pañuelos de seda negra al cuello. Flores desparramadas por las mesas, y alguna sobre el oído de algún marino. Todo sonaba como un sordo tintineo: los brindis con las copas, los tacones, la música, y alguna bandeja que se precipitaba al suelo.
   Blischke soltaba sonoras carcajadas, mientras invitaba a los demás a hacer corrillo al son de una canción patriótica. Volvía a sentarse y a pedir otro brindis. Se tomó una copa más de un trago; una ancha estela de espuma chorreaba por su chaqueta. Iba y venía por las mesas, bebiendo y saludando a todos. Hubert le observaba entre la multitud que coreaba su nombre y aplaudía sus triunfos.          Aquel joven de la gran sonrisa se había ganado a la tripulación en poco tiempo, y ahora marchaba a seguir su camino.
   Junto a él partía también August Giltorp, que había sido asignado a un nuevo destino, el U-765. Sasse y él no se volverían a ver nunca más.


II


Eran las cuatro de la tarde de un martes de finales de abril. El camarero le puso un café sólo en una taza ligeramente mellada que llevaba grabado el emblema de la ciudad de Toulon.
   Hubert paseo la yema del dedo por aquel dibujo. Un escudo de color azul, y sobre él, una cruz de oro. El escudo estaba adornado por una corona mural dorada, almenada por cinco torres. Con una rama de roble a la derecha y otra de laurel a la izquierda, cruzadas entre sí en el extremo inferior. Entrelazándolas se encontraba una banda azul que mostraba en letras también doradas el lema: concordia parva crescunt.
   Hubert pensó si sería latín, o algún idioma parecido. No pudiendo reprimir la curiosidad, preguntó al camarero su significado.
   —Mediante la concordia, las cosas pequeñas crecen —respondió con una casi imperceptible sonrisa.
   El marino meditó sobre aquello. Concordia era lo que le faltaba al mundo en aquellos días.
  Hubert pidió educadamente permiso para sentarse en una mesa, junto a un ventanal por el que se adivinaba la luz exterior, con el sol bañando la callejuela. Las paredes del pequeño café cercano al puerto estaban forradas de madera oscura y terciopelo, lo que aportaba un aire cálido y acogedor al local del barrio de pescadores.
La puerta de madera crujió sobre sus viejos goznes y el marino se apartó para dejar paso a un grupo de oficiales que llegaron sonrientes, comentando su próximo permiso. La pequeña posada fue asaltada por aquel montón de hombres con cara de ir a una despedida de algún tipo; entre ellos varios jóvenes de uniforme. Hubert contó dos oficiales de la Marina y un coronel de la Luftwaffe, además de varios hombres de paisano. Tras escuchar la conversación, pudo entender que para alguno de ellos, la guerra había terminado. No pudo reprimir un sentimiento, que supuso que era envidia.
   Cuando alguien entraba en el local, aprovechaba para escuchar a través de los postigos, el sonido del Mediterráneo batiendo fuera, en la playa. Poco a poco se estaba amoldando a aquella manera de vivir. Ni mejor ni peor que la que había conocido hasta entonces. Simplemente distinta. Por desgracia era una vida basada en la muerte y la destrucción. Todas las guerras eran crueles, todas injustas y dolorosas. Pero escuchar a través de los hidrófonos de la nave los gritos de los tripulantes de los buques al hundirse era una experiencia especialmente atroz ante la que le resultaba muy difícil reprimir la congoja, y le llevaban a mostrarse vulnerable ante los demás.
   Hubert pagó el café y abandonó el local en dirección al barrio antiguo. Al llegar se sorprendió al ver algunas de las calles pavimentadas con guijarros, en un número infinito. En las fachadas, primorosamente blanqueadas, se abrían las pequeñas puertas con las jambas y dinteles con piedras labradas.
   La animación en la ciudad era considerable. Varios grupos de personas iban y venían por entre aquellas callejuelas, formando tertulias a las puertas de las casas. No tardó en averiguar que aquella agitación venía siendo habitual en Toulon los días de mercado. Salió del barrio antiguo para llegar a una gran plaza frente a la iglesia de San Francisco de Paula.
  Un gran mercado ocupaba la totalidad de la calle que desembocaba en el puerto, donde un mar de personas deambulaban entre los puestos con llamativos escaparates, protegidos por grandes toldos de colores.
   Hubert se abrió paso a través del gentío, entre fardos y carretas cargadas de mercancías. Aquel bullicio le pareció una sinfonía, con el francés como protagonista. Aquel idioma ya le pareció lo más romántico del mundo cuando comenzó a practicarlo en Gotenhafen, incluso durante su estancia en Brest le cautivó, pero allí en Toulon, sonaba simplemente a música.
   Una larga calle mostraba orgullosa, puestos de venta de frutas y verduras, pescados, quesos de la zona, y un sinfín de productos locales. Más adelante se podían encontrar, desde panaderías que preparaban sus propios panes, hasta carnicerías y tiendas de telas, vinos y perfumes. Hubert no había visto nunca nada igual, pero le recordaba a las fruterías de su Affeln, donde aquel chiquillo travieso se paraba y aspiraba sus aromas.
   Se detuvo ante un puesto donde se exhibían infinidad de tipos de quesos, y acabó comprando un pequeño queso de Valençay. Se sentó a comerlo en un banco junto a la fachada de San Francisco, mientras disfrutaba de la compañía de varios niños que jugaban allí mismo.
 Los mocosos arrastraban sus juguetes de latón mientras vociferaban ruidosamente. Uno de aquellos juguetes era un pequeño autobús de hojalata, pintado de vivos colores, atado a un cordel del que un niño tiraba, paseándolo por la plaza. Pero junto a aquellos chiquillos le llamó la atención una niña que jugaba con una peonza.
   La pequeña lanzó con fuerza el juguete, que tras dar un par de saltos contra el pavimento, acabó yendo a girar a los pies del marino. La niña se acercó al tiempo que Hubert se agachaba a recogerla, cuando dejó de girar. El soldado observó aquella bonita peonza en la palma abierta de su mano.
   —¡Bon jour monsieur! —dijo la pequeña, mirando fijamente a Hubert. La niña se mostró impresionada por el imponente uniforme del marino, con aquellos botones del color del oro.
   —¿C'est nouvelle? —pregunto el soldado mientras le devolvía el juguete.
  La niña respondió señalando tras el joven, hacia uno de los puestos del mercadillo. Hubert se acercó a aquella parada, donde un joven artesano labraba la madera. El carpintero realizaba una preciosa talla mientras la gente se detenía a observar. El marino recorrió la mercancía con la vista hasta que se detuvo en una pequeña caja de madera donde se acinaban apretujadas varias peonzas de múltiples colores y tamaños. Hubert no lo pensó y acabó adquiriendo una en forma de pera. Pronto estaba lanzando el juguete ante la mirada y las risas de los pequeños.
   Entonces cruzaron sus miradas. Estaba sentada en un banco de piedra, a la sombra de la fachada de la iglesia. Vestía un hermoso vestido rojo, con lunares blancos. Una larga falda se ceñía a sus caderas a modo de corpiño y se ensanchaba por delante. Su pelo era color caoba, casi como la noche, y lo llevaba recogido en una coleta de la que sobresalían algunas puntas cobrizas que rozaban su delicado cuello. Su hermoso rostro, de ojos verdes y labios sinuosos, mostraba esa apariencia ingenua de una joven de alrededor de 18 años. Ante la mirada del soldado, la joven se acercó a la niña de la peonza, que él pensó que podía ser su hermana pequeña.
   La joven se arrodilló junto a la niña, inclinando ligeramente su busto hacia adelante. Entonces volvió a dirigir una tímida y efímera mirada al marino, que acompañó con una sonrisa. Ella siguió inmóvil un instante, había dejado de sonreír y lo observaba pensativa. Tras llamar a la pequeña, apoyó una mano en el suelo, inclinó un poco el cuerpo a un lado, pasó la pierna derecha por delante de la izquierda, y se incorporó en silencio, mientra volvía el rostro hacia el marino, mirándole a los ojos. Seguidamente, con la niña de la mano, marchó en dirección al mercado.
   Hubert observó a aquel precioso ser mientras se alejaba. La joven se detuvo ante un puesto, al principio de la calle, donde una pareja de ancianos la recriminó, gesticulando mientras lanzaban miradas en dirección al marino. Él supuso que debían ser familiares de la joven que no vieron con buenos ojos que dedicara una sonrisa a aquel invasor. Nunca sabría de ella, de sus añoranzas o inquietudes. De sus miedos o ilusiones. Sus caminos se habían cruzado en un punto para volverse a separar, para siempre.
   En ocasiones se sorprendía a si mismo pensando en el futuro. Todo el mundo decía que era una chifladura lo de pensar en el mañana, en lo que les depararía el porvenir. Su amigo Bauriedl decía que en las circunstancias en que se encontraban, podían encontrar la muerte a la vuelta de la esquina, por lo que era preferible vivir el día a día sin pensar mas allá. Sus intentos de analizar la guerra, eran eso, mediocres intentos por comprender lo inefable. Las guerras eran eso, guerras, y no podía ser de otra manera.
   El joven lanzó la peonza una par de veces más, mientras su imaginación viajaba, llevándole lejos. Se imaginó a si mismo formando una familia, en su querido Affeln, o por que no, allí mismo, en Francia, junto a alguna joven como aquella. Junto a una joven que le quisiera, y a la que el querría como a nada en el mundo. Debía ser maravilloso despertar todas las mañanas y encontrar a su lado a un ser como aquel. Se imaginó rodeado de pequeños, correteando bajo sus pies, en una preciosa granja.
   Un vapor hizo sonar su estridente sirena en el puerto, y Hubert volvió a la realidad. Se metió la peonza en el bolsillo del pantalón, marchando por la “Avenida de la República”, bordeando el puerto pesquero hacia los muelles, en dirección a la base, con las gaviotas maniobrando entre los mástiles de las embarcaciones. Así pasó el mes, entre idas y venidas a los cafés del puerto y a la plaza del mercadillo, en busca de aquella joven del traje de lunares, pero sus caminos ya no se cruzarían.


III


La noche del 18 de mayo transcurrió en un continuo y monótono ajetreo, poniendo en orden las provisiones de a bordo. Poco antes de despuntar la aurora se oyó el pito del contramaestre dando la orden de maniobrar.
   Los motores empezaron a rugir y el sumergible tembló con el ronroneo de un felino. Bajo la pálida claridad de las farolas del puerto, varios hombres se lanzaron a soltar amarras, con un frenético ir y venir de los marineros, con movimientos ágiles y rápidos.
   La oscuridad envolvía al U-755 mientras se separaba del malecón, con lentitud. Wálter Göing sostenía su gorra de campaña entre las manos, sobre el puente, mientras en el horizonte asomaban las primeras luces del alba. El aroma a puerto impregnaba el aire, al tiempo que, entre la bruma, la superficie oscura del mar reflejaba la pálida luz del Sol, a lo lejos. El buque giró dejando el Golfo de Giens a babor y adelantó a un grupo de cargueros, con sus luces de posición resplandeciendo en el amanecer.
   La guardia de puente observaba durante horas el movimiento ascendente del oleaje. Bajo aquel oscuro cielo, las olas eran como colinas de ámbar, vítreas y opacas. El brillo del Sol les confería un tono de esmeralda bruñida. El aire en el exterior era frío, refrescante, y contrastaba con el olor a mar, a aceite y a humo de cigarrillo.
   Göing recibido órdenes de volver a patrullar las costas del norte de África en busca de los convoys aliados. La luz aumentaba a medida que fueron avanzando hacia el sur, conscientes de la importancia de aprovechar la ventaja de navegar bajo la protección de las sombras. Durante parte de la mañana, los aviones enemigos impidieron al sumergible estar mucho tiempo en superficie. Las aeronaves volaban continuamente y a escasa altura sobre el Mediterráneo, aumentando la presión sobre las naves que operaban por aquellas aguas.
   Navegaban en inmersión, cuando se detectó un problema en las juntas del periscopio que producía una pequeña entrada de agua.

Al día siguiente la avería empeoró. La cantidad de agua que se filtraba era alarmante y Göing tomó la decisión de informar, solicitando permiso para regresar a Toulon para una reparación. A las 17:00 horas recibía la confirmación para retornar a la base.
   A las 18:30 el U-755 se internaba en Toulon, donde un pequeño contingente de mecánicos les esperaban para reparar la avería.

Al día siguiente y con el problema solventado, los hombres de Wálter Göing volvían a partir, con la preocupación en el semblante. Entre los hombres de mar era un mal presagio el interrumpir un viaje recién comenzado por una avería.
   La llegada de la noche trajo la calma para la tripulación. El sumergible avanzaba a media máquina, protegido en la oscuridad de una noche sin luna. El silencio en el U-Boot concordaba con el que había en el exterior, con el de la noche profunda.
   Hubert se quitó las botas, se sacudió ligeramente los pies y se recostó sobre la dura e incómoda litera, dobló los brazos, apoyó la cabeza sobre las manos entrelazadas y se reclinó contra las taquillas de la pared. Una manta se arremolinaba junto a sus pies. La bolsa que había traído estaba sobre la cama, con algunas cartas releídas infinidad de veces. Abrió el armario y la guardó. En un rincón se hallaba su grueso manual de telegrafista con tapas azules, y a su lado, la pequeña peonza.
   Aquel mes de abril en Toulon, sin poder ir a casa, no le había hecho ningún bien. Había tenido demasiado tiempo para pasear, y para pensar. Había estado a solas consigo mismo, triste, tratando de dilucidar al mismo tiempo su identidad y su porvenir.
   Recordó su infancia, corriendo junto a su hermano por el sendero que discurría paralelo al río Brüninghauser. Aquel día llovía, con la hierba mojada a los lados del camino, con altas hayas, como grandes mástiles que apuntaban al cielo, ondulando en medio del estruendo del viento primaveral.
   Pero en aquel momento, acostado en su litera creyó que aquellos pensamientos eran meras banalidades en medio de una guerra que desangraba a medio mundo. Observó desde su cama el ir y venir de sus compañeros. Se prepararon las mesas y los que estaban de guardia se sentaron alrededor, hambrientos y optimistas. Le rodeó un rumor de voces y un estrépito de platos y cubiertos. El marino les contempló en silencio, felices y sonrientes.
   Todo duelo con la muerte les resultaba dramático, pero excitante al mismo tiempo, transportándolos más allá de si mismos. Pero era lógico pensar que muchos de ellos estaban condenados a perder la partida en un mundo tan miserable y mezquino como aquel.
   A los ojos de aquel joven, la guerra no era más que suciedad, miedo y sufrimiento. La guerra le había decepcionado, dejándole vacío, y recordándole que lo estaba dando todo por nada, y que no había conseguido ningún objetivo. Hubert parecía suplicar por respuestas a preguntas que nadie podía contestar.
   Sumergido en aquella vorágine, harto de intentar ordenar sus ideas y de esperar verter un poco de razón en las heridas, los sentimientos acabaron por correr a su aire. Le venció ese cansancio que endulzaba los sentidos, y era ya tarde para remediarlo. Ausente al ruido que le envolvía, se quedó dormido.


IV


21 de mayo de 1943

Debían ser más de las 12:00 cuando el teniente Ralph James Drummond entró en la sala de mando del HMS Sickle (P 224), un submarino de la clase S de la Royal Navy, construido en los astilleros Cammell Laird y comisionado el 27 de agosto de 1942. A través de la escotilla vio a Wayne. Su segundo de a bordo tenía una expresión ceñuda que acentuaba sus duros rasgos faciales, aunque normalmente solía estar de muy buen humor.
   Drummond se abotonó el cuello de la camisa, mientras Wayne le ponía al corriente. Habían partido el 23 de abril desde Gibraltar para patrullar el Mediterráneo y hacía seis días que habían torpedeado y hundido al submarino auxiliar alemán UJ-2213 al sur de Niza, y la tripulación estaba eufórica. Aquella noche se encontraban cerca de Toulon, el nido de los U-Boots que operaban aquellas transparentes aguas.
   Drummond tenía 25 años. Era alto y de figura noble y atractiva. Cabello castaño, la frente tersa y el rostro más bien pálido. Tenía aspecto de ser uno de aquellos ingleses de actitud académica y sangre fría que solían hallarse frecuentemente en el Reino Unido.
Para ser un joven que ostentaba un cargo tan importante, James tenía un carácter humilde, y más teniendo en cuenta sus raíces. Su tío, Sir James Eric Drummond, dieciseisavo conde de Perth, había
intentado hasta la saciedad que su sobrino entrara en el mundo de la política. Decía que tenía muy buenas aptitudes para ello. Tío James era el Primer Secretario General de la Liga de las Naciones. En 1933 ostentaba el cargo de embajador británico en Italia y posteriormente entró en la Cámara de los Lores. Tras estallar la guerra, volvió a Gran Bretaña como el principal asesor en materia de publicidad exterior en el Ministerio de Información.
   Sin embargo los consejos de su tío no sirvieron de nada. Ralph quería realizar el sueño de su vida, seguir los pasos de su padre. Tenía muy claro la responsabilidad que suponía ser hijo del comandante en jefe de la División de Nueva Zelanda, el vicealmirante Edmund Rupert Drummond, Conde de Pert.
   Su madre, Lady Evelyn Frances Butler hubiera preferido que su hijo se decantara por una profesión más acorde con la educación recibida, pero su hijo decidió dejarse llevar por su amor por el mar. A los tres años de ingresar en la Escuela Naval y tras un corto periodo al frente del HMS H32, recibió el mando de su segundo submarino, El Sickle.
   Un oficial trajo una taza de café, mientras Drummond repasaba los últimos mensajes recibidos. El submarino cabeceaba en la superficie del mar y él estuvo a punto de derramarlo.
  —¡Comandante! —dijo el operador de radar. Drummond se acercó y le puso la mano en el hombro. El joven oficial señaló la pantalla.
    —¡Aquí está, señor!, lo vi hace un segundo..., ¡otra vez!.
   Drummond observó con atención el aparato, intentando adivinar la naturaleza de lo que tenía ante sus ojos.
    —Parece la señal de otro submarino —dijo Drummond—. ¿No es cierto muchacho?.
   —¡Me apostaría la cabeza, señor! —dijo el operador, mientras asentía.
    —¿Que más? —siguió preguntando Drummond.
  —Se parece mucho a la señal que vimos el otro día, la del submarino que hundimos
   —¡¡Otro submarino alemán!! —gritó Drummond—. ¡Zafarrancho de combate con torpedos!.
   El estridente ruido del claxon de alarma llegó a todos los rincones de la nave, despertando a los hombres que estaban fuera de guardia. Todos se levantaron, saliendo despedidos hacia sus puestos de combate. Las interferencias en el radar eran debidas, sin duda, a la presencia de otro sumergible en las cercanías.
    Las emanaciones del submarino enemigo provenían de la demora 350, casi del norte. El Sickle hizo todo avante y se dirigió con un rumbo calculado para situarse en la trayectoria del buque que se acercaba, viró hacia el enemigo y comenzó a aproximarse, manteniendo tras de sí la parte oscura del horizonte, para no ser descubierto. La distancia continuó disminuyendo, mientras el operador de radar suministraba sin cesar, la información.
     —¡Cinco millas, señor!
  Drummond subió al puente a acompañar a los serviolas, escudriñando el horizonte. Entonces, los penetrantes ojos de uno de los oficiales de cubierta comenzaron a distinguir una sombra. A cuatro millas se definía de pronto en la oscuridad la siniestra silueta de un U-Boot de la clase VIIC. A aquella distancia el alemán ofrecía todo su costado al Sickle. Los planes de Drummond habían dado sus frutos. Su proa apuntaba al enemigo y tenía además, la ventaja de verlo sin ser visto.

Hubert despertó sobresaltado y recordó que había tenido un sueño en el que su padre, vestido de uniforme, le abrazaba con fuerza. Recordó que Anton nunca le abrazó así, con aquella intensidad. Cuando despertó, recordó el sueño y sintió miedo. Hasta él llegaron los gritos del segundo oficial llamando al comandante. Oyó el ruido de las suelas de sus botas de cuero moviéndose por el piso metálico de la nave. Se inclinó sobre la barandilla de la litera para ver que ocurría.
   Los hombres discutían acaloradamente, mientras decían que el operador se había vuelto loco, y le ordenaban que lo volviera a comprobar.
   Hubert saltó de la cama y se acercó al puesto de mando. El operador del hidrófono había escuchado algo. Todos los buques producían sonidos al navegar, bien por las hélices, los motores, o cualquier maquinaria a bordo, y el hidrófono se encargaba de descubrirlas.
    —¡Son ruidos de hélices! —dijo el oficial de sonar—. Están lejos, pero estoy completamente seguro, señor.
   —¡De nuevo!, ¡contacto hidrófono! —gritó el operador—. Marcación, nueve, cinco. ¡Leve ruido de hélices a tres millas náuticas!.
       —¡Ha parado motores, señor! —volvió a decir.
     Göing asomó por la escotilla de acceso a la torre y preguntó al personal de guardia.
      —¿Se ve algo?
      —No, comandante, y eso que lo tenemos cerca — respon-
dió Dietrich Krebs, de guardia en el puente.
   Todo el mundo en la sala de control del U-755 se puso en movimiento. El nerviosismo entre los oficiales era palpable.
Göing dictó un mensaje a la sala de radio y Helmut Kollwitz lo envió al Alto Mando:

FT 2248/20/526 de Göing
21-5... 12:34...CH 3622 Dfl. localizado Submarino enemigo
radio-localización horizontal.

De pronto, Göing ordenó desalojar la torre y preparar inmersión. Estando tan cerca del buque que producía aquel sonido sin tener un contacto visual, sólo podía significar que la silueta del atacante fuera muy baja, o lo que era lo mismo, que fuera un submarino y estuviera a cota de periscopio.
    Si estaba situado en marcación, nueve cinco, lo tenían a estribor, y le estaban mostrando todo su costado, y si además estaba detenido, era lógico pensar que preparaba un ataque.
     —¡Distancia? —rugió Göing.
    —¡Dos millas náuticas, y sigue parado, señor! —gritó en voz alta el operador.
   —¿Si disparara sus peces a esa distancia, cuanto tardarían en llegar a nosotros?
    —Unos...,dos minutos, señor —contestó el operador tras hacer los cálculos con rapidez.
   —¡Avíseme si se abren las escotillas de torpedos! —volvió a gritar Wálter Göing—. ¡¡Gente a proa, gente a proa!!.
    La sirena de alarma comenzó a sonar por toda la nave. Todos los que no eran precisos en sus puestos echaron a correr a toda prisa por el pasillo, hacia la proa, junto a los tubos lanzatorpedos.
     —¡¡Ha abierto escotillas ,señor!! —gritó el operador, presa de los nervios—. ¡¡Torpedos!!, ¡torpedos en el agua!.
    Silenciosamente, el Sickle expulsó cinco torpedos al mar que emprendieron su camino hacia el blanco. El personal del puente se frotaba las manos, observando con nerviosismo. El Sickle, como todos los de su clase, estaba provisto de seis tubos lanzatorpedos a proa, por lo que Drummond se guardaba uno de reserva, por si era necesario.
    —¡¡Inmersión!!, ¡¡inmersión!! —gritó, Wálter Göing, mientras pulsaba su cronómetro Hanhart.
     El pez de acero se inclinó de proa estrepitosamente, acelerando la inmersión, ayudado por el peso extra del personal de proa. La superestructura comenzaba a desaparecer de la superficie, cuando desde el Sickle se percataron de que habían sido descubiertos.
    —¡Veinticinco segundos! —leyó Göing en su reloj.
    —Cinco metros, señor
    —¡Treinta y cinco segundos! ¡estamos bajo el agua!
  Cuando se cumplió el primer minuto dieron por sentado que estaban fuera de peligro, pero era lógico que el atacante estuviera recargando los tubos de torpedos.
  —Los torpedos ya deben haber pasado sobre nosotros —dijo Dietrich Krebs.
   —¡Parar  máquinas!  —volvió  a  gritar  Göing—.  ¡Silencio absoluto!.
Los hombres permanecían quietos mientras se hizo el silencio en el U-755. Nadie se atrevía a respirar. Con la mirada fija, los hombres se miraban entre sí, escuchando. Si el sumergible no emitía ningún sonido, no podría ser detectado,volviéndose invisible para el eventual cazador.
   Dentro de la nave, había caído la noche, oscura y fría. Una especie de suave neblina se apoderó del espacio y una sensación húmeda se instaló en el aire. Los haces de las linternas recorrían el lugar, saliendo de entre la oscuridad. Todos los instrumentos habían enmudecido. Algunos hombres, tras veinte minutos de espera y en silencio, llegaron incluso a dormirse.
    Se preparó la salida a superficie para diez minutos después y tras poner las máquinas en funcionamiento, los instrumentos empezaron a brillar en la oscuridad, entre sonidos agudos e intermitentes, mientras las luces del techo comenzaban a volver a la vida. Göing vio rostros espantados, aterrorizados.
    Uno de los oficiales se enjugaba con la manga del uniforme una gota de sudor que le caía de la nariz. Otro tarareaba una melodía por lo bajo, de forma repetitiva, como si su mente estuviese a muchas millas de allí. Había un olor áspero en el ambiente, por encima de los olores normales en la nave, que les estaba provocando a los hombres un intenso dolor de cabeza. La falta de oxigeno se comenzaba a notar.
    Göing suspiró, y exhaló el aire de sus pulmones con lentitud.
    —Bueno, señores, volvamos arriba —dijo con suavidad. No tuvo que repetirlo dos veces.
   El  hidrófonista  escuchó  al  Sickle alejándose. Drummond no estaba dispuesto a quedarse quieto con un U-Boot en inmersión bajo él. El U-755 salió a la superficie en otra noche sin luna, y preparado para la batalla, continuó su camino.


V


26 de mayo de 1943

Desde el aire, el Mediterráneo semejaba realmente infinito, remoto. Así se lo pareció la mañana del 26 de mayo al teniente de Vuelo L.H.G. Holmes mientras sobrevolaba la costa de Marruecos a bordo de un Hudson MkV del 500 escuadrón de la R.A.F.
    Habían despegado desde el aeropuerto de Tafaroui, a donde les habían destinado desde el pasado 3 de mayo. Aquel aeródromo se encontraba en Orán, una ciudad portuaria al noroeste de Argelia. Tafaroui había sido tomado por la 34ª División de infantería del ejército de los Estados Unidos durante la Operación Antorcha, el 8 de noviembre de 1942.
    Holmes, de 27 años, fue almacenista en Rangiora, su pueblo natal y se había alistado en la RAF en el 39, por lo que era un veterano piloto, y un buen conocedor del Mediterráneo. El bimotor se deslizaba suavemente a 1.640 pies sobre la superficie del agua. Volaron hacia el oeste durante una hora, observando con atención, con la cara pegada al cristal, pero disfrutando al mismo tiempo de un estado de serenidad inducido por el balanceo del bombardero y por la visión del agua extendiéndose hasta el infinito.
    A continuación viraron al nordeste en dirección a una estela que se adivinaba en la distancia, a 7.000 millas al norte de la isla de Alborán. Pronto descubrieron la procedencia de aquella estela, un U-Boot navegando en superficie.
   La  atenta  observación  de  los oficiales  había tenido su recompensa. Holmes elevó el potente bimotor a gran altura para no ser detectado, y dejó caer a la aeronave, prácticamente en picado, quería sorprender al sumergible antes de que le avistara y se hundiera.

Werner Düsing se encontraba de guardia de puente a las 06:26 horas, cuando oyó aquel rugido ensordecedor que se mezclaba con el sonido del viento. Los cuatro serviolas no hacían más que otear el horizonte en todas direcciones, intentando localizar la fuente de aquel estruendo que se les acercaba. En aquel momento el oficial levantó la vista y lo vio, cerniéndose sobre ellos a una velocidad endiablada. El chorro de luz del proyector a proa del Hudson comenzó a pasearse por el costado del sumergible.
   —¡Inmersión, rápido, inmersión!, —gritó al tiempo que se acercaba a la escotilla.
   Comenzó a sonar el timbre de alarma, cuando la guardia de puente se dio cuenta de que lo tenían encima.
      —¡A los antiaéreos, rápido, rápido! —volvió a rugir Düsing.
    Los hombres cargaban el arma de 20 mm, cuando llegó hasta ellos la primera lluvia desde las ametralladoras de 7.7 mm del bombardero británico.
      El cabo de marina Helmut Zwaka, el serviola que estaba junto a Düsing, se desplomó como una marioneta sin vida mientras los proyectiles barrían la cubierta del U-755. Su piel se había vuelto amarilla y la cabeza le colgaba inmóvil en el borde de la torreta. Düsing tomó el puesto del hombre caído cuando el Hudson pasó como una exhalación dejando caer tres torpedos que se hundieron a varios metros de la nave sin causar daños. Los tres hombres comenzaron a disparar mientras sus gargantas dejaban escapar gritos de rabia.
     —¡Está virando!, ¡está virando!, ¡vamos, acabemos con ese hijo de perra!.
     El cañón del antiaéreo escupía fuego en dirección al bombardero que se acercaba para lanzar otra estocada. Los proyectiles de 20 mm alcanzaron por fin al Hudson que comenzó a mostrar un rastro de humo en su motor de babor. Pero a pesar de recibir un golpe por el fuego antiaéreo, Holmes siguió con dos ataques en picado, mientras la ametralladora del vientre del aparato se había unido a la cacería.
    En aquella segunda pasada, dos de los artilleros, el teniente Eichler y el marinero Örtel fueron alcanzados por los proyectiles, siendo sustituidos rápidamente. Otro torpedo salió de la panza de aquel pájaro, sin mayores consecuencias, hasta que salieron otros dos.
     Düsing consiguió alcanzar de nuevo al bombardero, cuando de pronto una enorme explosión sacudió al U-755 en el costado de babor, a varios metros de popa. El impacto había sido directo, haciendo que la nave se estremeciera como un monstruo herido. Grandes llamaradas asomaban desde el interior del sumergible y varias columnas de humo se elevaban en lo alto. En el interior de la nave, la formidable explosión fue acompañada de una blanca llamarada, que envolvió con lenguas de fuego toda la zona de popa. Puntales y largueros metálicos caían como hojas muertas en otoño.       La rotura de varios tirantes había desplazado una sección del casco de presión, proyectando en todas direcciones tuercas y varios tornillos, provistos de una temible potencia de choque. Era un verdadero milagro que nadie hubiera resultado muerto en el interior de la nave.
   Holmes acababa de dejar al sumergible tras él, cuando el segundo de a bordo le indicó que perdían altura. El humo llenó la cabina del bombardero con el desagradable olor del aceite quemado. Las chispas golpeaban contra los cristales del parabrisas, salpicándolo de lo que pareció liquido refrigerante. Holmes observó aquel motor, a su izquierda, envuelto en humo negro, mientras su hélice se detenía entre estertores.
  Durante un momento se le ocurrió avisar por radio a los guardacostas basados en Gibraltar, pero el avión volvió a recuperar la estabilidad y pensó que podrían llegar. El bombardero se alejaba renqueando pero a salvo, gracias a su otro motor de 1.200 cv, que rugía y resollaba. Mientras tanto, en el sumergible se hacía inventario de daños: un muerto y dos heridos por el Hudson. Inmediatamente se procedió a dominar el incendio con ayuda de los extintores.
    El casco de presión había sufrido el impacto directo de aquella bomba, por debajo de la línea de flotación, por lo que el agua entraba estrepitosamente por las juntas del escape de uno de los diésel. Las bombas de achique cumplían su función, manteniendo la inundación a raya, mientras con un soplete se intentaba taponar la vía. Los hombres pasaron la noche intentando reparar la entrada de agua, pero fue imposible.
    —El agua entra muy deprisa, señor —comentó el mecánico jefe Brumme. Wálter Göing tenía el semblante serio mientras escuchaba. Las posibilidades de poder taponar la vía con unas mínimas condiciones de seguridad eran realmente muy escasas.
   Tras dos horas de deliberación, Göing envió un mensaje a la base:

Entrada FT 2250/26/557 para Göing
27-5...06:18...CH7518...Graves averías.
Entrada agua escape posterior.
Inmersión profunda insegura.
Caído Corporal armas cubierta Zwaka,
heridos levemente Marinero Örtel y Corporal de cubierta Eichler.
Comenzamos regreso a Toulon.
Probable cambio salida escape posterior.


Aquella noche, al amparo de las estrellas, la tripulación del U-755 subió a cubierta y se realizó un breve funeral por el Matrosengefreiter Helmut Zwaka. Su cuerpo fue envuelto en un sudario y tras unas palabras se le dio sepultura en las aguas del Mediterráneo, muy lejos de casa.


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