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domingo, 1 de diciembre de 2013




16
10 de octubre de 1942

I

Aquella pesada máquina relucía sobre la estela de humo que surcaba el suelo de la estación de Neuenrade. Hubert observaba con la frente apoyada sobre la ventana del vagón, mientras su rostro se reflejaba en el cristal. Se incorporó en su asiento, cuando le vino a la memoria la última vez que había visto aquel lugar, hacia más de año y medio. Desde entonces, su relación con la familia se había visto reducida a algunas llamadas telefónicas y decenas de cartas.
   Cuando el tren se detuvo, el marino recogió su equipaje y se apeó. Unas débiles bombillas intentaban iluminar la parada mientras él pisaba los adoquines del andén llevando a la espalda el pesado macuto, inspirando profundamente aquel aire de su tierra. Abandonó la estación, mientras la gente pasaba a un lado y al otro de la calle, indiferente a aquel guapo soldado uniformado que días atrás surcaba el infinito Mar Báltico en una fantástica nave de guerra. Observó que había nevado hacia varios días, a juzgar por los restos de nieve que quedaban junto a las aceras. Hubert tomó un autobús hasta Affeln, y una vez allí decidió hacer a pie el resto del camino hasta la granja, a menos que encontrara un transporte.
   La noche la había pasado despierto, leyendo, comiendo y velando el pasillo del vagón, de uno al otro extremo, por lo que no le seducía la idea de arrastrar aquel pesado saco hasta casa.
Hubert abandonó la aldea caminando por el arcén, atravesando pequeñas arboledas que parecían cerrarse sobre él. Le acompañaban los extensos campos sembrados, tachonados por diseminados núcleos de abedules, con sus blancos troncos brillando con la luz de la mañana.
   Al llegar a un punto del camino se apartó de la pequeña carretera y se descalzó, para cruzar por un grupo de hayas rojas, como había hecho tantas veces de pequeño. La arboleda era tan frondosa que la luz del Sol apenas podía atravesar sus ramas, y cuando lo hacía, impregnaba de destellos de un cálido bronce la hermosa hojarasca. Él la pisaba lentamente con los pies desnudos, absorbiendo sin prisa cada segundo de aquella paz que se hacía cada vez mas corta, a cada paso que daba, para enfrentarse de nuevo con la realidad, con la carretera que aparecía al otro lado.
   Al  llegar  a la granja no vio a nadie. Se quedó sorprendido de haber olvidado el olor de su casa. De repente recordó cuanto añoraba el aroma de la madera vieja; de la cocina donde su madre pasaba gran parte del día, y de la chimenea encendida, donde varios troncos se consumían con lentitud.
   —¡Hola!, ¿hay alguien en casa?.
   Le extrañó que no hubiera nadie y corrió hacia el establo, junto al granero. Allí estaba. se quedo parado en la entrada, mientras observaba a su madre, de espaldas a él.
   Sus arrugadas manos transmitían sencillez y trabajo. Se había levantado temprano para dejarlo todo preparado antes de que llegase su hijo. Hubert había avisado de que iba de permiso, pero no tenía claro el día de su llegada. Todo dependía de los trenes.
   Theresa Sasse había terminado el ordeño, cuando preparó agua para las vacas. Dejó uno de los cubos en el suelo y, de repente, se incorporó. Aquel olor, recordó aquel aroma, de cuando era jovencita, casi una niña. Había ido con sus padres al entierro de una tía en una gran ciudad de la costa. Allí vio por primera vez el mar, y en aquel instante, en el establo, volvió a recordar, a sentir aquel olor, aquella agria fragancia a sal.
Levantó la vista para confirmar sus sospechas. ¡Allí le tenía, después de tantos meses!. A varios metros de ella, con aquella sonrisa tierna y aquella tímida mirada.
   —¡¡Dios mio, cuanto tiempo ha pasado!! —dijo Theresa.
  Su hijo no habló. Se quedo observándola fijamente, mientras de sus ojos color miel brotaban lágrimas que se derramaban por sus mejillas.
   Madre e hijo se fundieron en un abrazo que se convirtió en lo más parecido a una eternidad. Pasaba el tiempo y ninguno de los dos mostró el más mínimo deseo de separarse. Hubert la apretaba contra él con tal fuerza que parecía que quisiera pararle la respiración. Theresa tuvo la impresión de que sus pies dejaron de tocar el suelo. Notó que aquel hombre poseía tanta fuerza y vitalidad que le dio la impresión de que hubiera podido levantarla en volandas si ese hubiera sido su deseo.
  En aquel mismo instante, aquella madre hubiera dado lo que le quedara de vida, a cambio de que su hijo volviera a ser un niño, para poder retenerlo junto a ella, para que no tuviera que volver a marchar.
   —¡Vamos a casa! —dijo su madre—. Tus hermanas deben estar al caer. Han ido con papá al pueblo y me extraña que no te hayas cruzado con ellos por el camino.
   —Además, si no me equivoco, los rugidos que oigo desde aquí, deben venir de tu estómago. Vamos y mamá te preparará algo.
Madre e hijo se sentaron a la mesa, uno frente al otro, mientras ella le cogía las manos con fuerza. Allí hablaron, mientras él le contaba todo lo vivido durante su larga ausencia. Hubert tenía una forma especial de comprender el mundo y veía las cosas de un modo especial. Tenía un agudo poder de observación, y describió a su madre los lugares que había visitado con tal nitidez que a ella le dio la impresión de verlos realmente. Su hijo trajo consigo innumerables historias del mundo exterior que llenaron a Theresa de incertidumbre. Sabía que allí fuera se estaba librando una guerra que asolaría el mundo, y el sufrimiento por sus dos hijos le partía, literalmente el alma.
  Hubert se quedó sin palabras al ver llegar a sus hermanas. «¡¿Tanto tiempo había pasado?!». Las tres jóvenes entraron en casa sin sospechar nada. Entonces vieron a aquel hombre allí plantado.
Durante una fracción de segundo no le reconocieron. Entonces comenzaron a gritar y las tres se abalanzaron sobre su hermano como un torbellino. Tras un lapso de tiempo, ya más sosegadas, le abrazaron y lloraron.
   Hubert observó a la mayor, Elizabeth rayaba los 19 años y se había convertido en un mujer delicada y sublime a la vez, como un cisne. De cuello largo y elegante, y manos delicadas. Por otro lado, saltaba a la vista que era una mujer fuerte, de carácter alegre, pero con mucha determinación.
   Su cabello había evolucionado en una preciosa cabellera rubia y rizada y sus ojos seguían mostrando aquel azul profundo.
   Anton Sasse entró corriendo, ante los gritos.
   —¡Oh, Dios mio!, ¿por qué no has avisado de que venías hoy?
   —¿Acaso no tienen teléfono, en ese sitio donde estás? —Su padre le abrazó como hacía tiempo que no lo hacía.
   Hubert sacó el paquete con los vestidos que había traído de Brest y lo depositó sobre la mesa. Sus hermanas destrozaron el envoltorio, presas del nerviosismo. Tras una corta discusión eligieron un color y fueron a probárselos.
  Mathilde, había cumplido los 15, con el pelo largo y aquella manera de cerrar los ojos verdosos y alegres cuando sonreía. Y los hoyuelos que se le formaban en las mejillas con aquella risa arrebatadora. ¡Estaban preciosas con los vestidos nuevos!.
   La pequeña Helfriede rondaba los 12 años, y su madre decía que se parecía a él. Su frente era alta, enmarcaba un rostro ligeramente alargado, pero muy armonioso. Pero lo más llamativo de su físico eran unos inusuales y expresivos ojos verdes que relucían como dos estrellas.

    Al despertar le llegó un aroma que le despertó el apetito. Hubert había dormido como nunca. Su cama seguía oliendo a él. Se levantó rápidamente, se dio una ducha y se puso unos pantalones y una camisa. Se peinó y salió a toda prisa del dormitorio. En la chimenea, un enorme tronco se estaba convirtiendo en una gran brasa, que escupía chispas doradas en todas direcciones.
   En la mesa de la cocina estaba la familia al completo, excepto Hermann. La madre de Hubert se levantó rápidamente de la silla que ocupaba y fue a prepararle el desayuno. Elizabeth y su padre siguieron sentados y saludaron al joven con una sincera sonrisa. En aquel momento aparecieron las restantes mujeres de la casa.
   —Buenos días Hubert ¿Como has dormido, has descansado? —Preguntó Mathilde muy cariñosamente.
   —¡Oh si! Hacía tiempo que no dormía todo de un tirón, gracias —dijo Hubert con una sensación de paz en el cuerpo que le era desconocida. Se sentía tranquilo y relajado. Sólo le faltaba su hermano para que la dicha fuera completa.
   Durante el almuerzo estuvieron hablando un poco de todo. Hubert puso a su padre al corriente de la guerra, recordando las calles leprosas y en ruinas de Kiel, Brest, o cualquiera de las otras ciudades que había visitado. Y los atroces juegos de la guerra, el miedo y el hambre, o el frío que se vivía en el fondo del mar. Los gritos aterradores que se escuchaban entre los hierros retorcidos de los buques que enviaban a las profundidades. Su llegada había rasgado sin quererlo, el velo de ignorancia que cubría el hogar de los Sasse.
   Durante días se dedicó a ojear las cartas que habían recibido de Hermann. Su madre le zurció los calcetines e intentó eliminar de su ropa aquel olor a mar, lavándola varias veces.
   Ocupó el permiso de que disponía entre las labores de la granja y algún día de pesca con su padre. Allí, sentados junto al castillo de Brüninghausen, a solas con él, le hablaba de la violencia que había presenciado entre los hombres, del deterioro de los espíritus, de la rabia y la desesperación. Su padre le pasaba el brazo sobre el hombro y lo atraía hacia él.


II


Durante mucho tiempo, el horizonte no había sido más que una monótona y fina línea azul grisácea que separaba el océano Atlántico del cielo. Los doce Lockheed Hudson Mk VI de la RAF avanzaban a 170 nudos, a un buen régimen, volando bajo a 1.900 pies sobre las olas. Habían salido desde Escocia para pasar a reforzar la fuerza aérea del norte de África.
   A pesar del estruendo de los motores, el copiloto Bill Patchet, se quedó dormido. Estaba cansado, después de cinco horas de vuelo tras su salida desde Escocia. La autonomía de aquellas aeronaves era de 6 horas y 55 minutos de patrulla o alrededor de las 2.200 millas.
  El Teniente de Vuelo G.A.K. Ogilvie ladeó el volante de media luna y el avión inclinó un ala y perdió altura, mientras la línea de la costa de Portugal se advertía más allá de la ventanilla. Era un día luminoso y azul, aunque un fuerte mistral salpicaba el mar de crestas blancas. Patchet no tenía idea de cuanto tiempo había dormido. Cuando despertó, vio
que el horizonte seguía siendo plano. Hacia adelante apareció un gran brazo de tierra que se adentraba en el mar. Entonces estiró los brazos en el aire, mientras se desperezaba, para preguntar:
   —¿Que es aquello?
  —El Cabo de San Vicente, en Portugal —repuso Ogilvie—. En teoría, falta una media hora para llegar. ¿Ha dormido bien el señor?.
   —¡Venga  Ogilvie,  sólo  he  pegado  una  cabezada  —explicó Patchet—. Además no te hago ni puñetera falta, estos pájaros vuelan jodidamente bien.
   —¿De donde es usted, teniente? —pregunto a su espalda, Bryan Murphy, el artillero de la ametralladora ventral.
 —De Londres —contestó Ogilvie—. Llegué el viernes a Sumburgh. Creo que nos destinarán a los seis a esta unidad en cuanto lleguemos a Gibraltar.
   Patchet y Ogilvie se conocían desde hacía dos años. Ya habían volado juntos en otras unidades. A pesar de que Ogilvie, con sus 29 años de edad, le sacaba más de seis o siete a Patchet, ello no impedía que se llevaran muy bien. Tras ellos se encontraban Calvin Harrison y Dallas Lee en los compartimentos de bombas, además de Sullivan Hart, en su puesto de artillero de cola. Hart se había quejado durante todo el viaje del viento que entraba por las juntas de la burbuja.
   Aquel Hudson Mk VI AM725 M del 608 escuadrón de la RAF llevaba dos ametralladoras fijas del calibre 7.7 mm a proa, alojadas en el interior de la parte superior del fuselaje del morro. Otras dos ametralladoras más del mismo calibre iban situadas en la burbuja que portaba en el dorso y una ametralladora de 7.7 mm, en posición ventral. Además llevaba entre 400 y 700 kilogramos de bombas y cargas de profundidad. Contaban también con el magnifico radar ASW MK II alojado en forma de antena bajo las alas y ocho nuevos lanzacohetes aire superficie que estaban dando buenos resultados.
Años atrás, la "Comisión de compra británica" había buscado desesperadamente un avión de patrulla marítima para el Reino Unido, en apoyo a los Avro Anson. El 10 de diciembre de 1938, la Corporación Lockheed Aircraft les mostró una versión modificada del modelo comercial 14 Super Electra Lockheed, que rápidamente entró en producción como el Hudson Mk I.
   Al comienzo de la guerra y bajo el programa de "Préstamo y Arriendo", 78 Hudson estaban preparados para entrar en servicio, pero debido a la neutralidad de Estados Unidos, los aviones no podían ser entregados directamente a Gran Bretaña, por lo que volaron en secreto hasta la frontera canadiense. Desde allí fueron remolcados por tractores hacia territorio canadiense, donde fueron trasladados a aeródromos para ser desmontados pieza por pieza y envueltos para el transporte por barco a Liverpool, y de allí a Escocia.
   Los Hudson fueron suministrados sin la torreta dorsal, que se les instaló a la llegada a Reino Unido. Pero a partir del 9 de noviembre de 1941, con la entrada de EE.UU. en la guerra, las cosas cambiaron. De la variante MK VI, la RAF recibió en régimen de préstamo y arriendo unos 450 aparatos que recibirían el nombre de A-28 A.
   —Repostaremos y descansaremos, y mañana saldremos hacia Blida —comentó Ogilvie—. Mañana nos quedarán alrededor de 500 millas, bordeando las costas de Marruecos y Argelia.
   Ogilvie había pilotado por primera vez un aeroplano a motor, allá por los años treinta, con apenas 19 años de edad. Luego se pasó a la aviación civil, y tras unos años ingresó en la Royal Air Force.     Desde entonces formaba parte del 608 Escuadrón, con base en Thornaby-on-Tees, en North Yorkshire. El día que le avisaron de su nuevo destino, Argelia, no tuvo tiempo de despedirse de sus padres. En todos los casos el proceso era el mismo: la precipitada llamada telefónica, la preparación del equipaje a prisas y corriendo y el vuelo a un destino incierto.
   Después de tantas horas de monotonía, les pareció de gran interés divisar aquel grupo de buques bajo ellos. Había más de veinte naves de diversos tipos dispuestas en una especie de círculos concéntricos. En el perímetro exterior, Ogilvie pudo contar seis buques de la Royal Navy, entre destructores y alguna corbeta; más cerca del centro había grandes mercantes, y en el centro mismo se podían adivinar los buques más vulnerables, los viejos y pequeños vapores que a duras penas podían mantener la velocidad de desplazamiento del resto de naves. Era de obligado cumplimento mantener a estos lentos, pero necesarios transportes en el centro de la formación, para evitar que quedaran rezagados tras el convoy, aunque esta norma, no siempre se cumplía.
   El copiloto observó desde su ventanilla, a estribor. Dos de los Hudson de la formación se colocaron a su costado, mientras uno de los pilotos hacía gestos con el brazo. Ya se avistaba el aeródromo de North Front, en Gibraltar. Ante las aeronaves se apareció el gran coloso de roca, como un impávido vigilante. El peñón de Gibraltar, era un islote rocoso unido a la península ibérica por un istmo de arena, donde destacaba un promontorio monolítico de piedra caliza que asomaba 426 metros sobre el nivel del mar.
   El avión descendió un poco más. Las salpicaduras blancas del oleaje se volvieron más visibles y nítidas, y el viento empujaba el agua en dirección paralela a la costa. El piloto siguió virando lentamente para enfilar la nave en una óptima aproximación al aeropuerto.


III


22 de noviembre de 1942

El perfil de las montañas que custodiaban el valle de La Toscana apenas había empezado a manifestarse sobre el fondo del cielo, cuando la madrugada de aquel frío mes de noviembre, el U-755 enfiló el Golfo de La Spezia. La noche impenetrable no les había dejado ver el azul del Mar Mediterráneo. La silueta del Monte Sagro se recortaba en los Alpes Apuanos, la cadena montañosa que formaba parte de los Apeninos. A través de la silueta del puerto, contemplaron las luces que tililaban en la bahía, donde algunos U-Boots permanecían abarloados a varios buques.
   La nave de Göing había zarpado el 1 de noviembre desde su base en Brest, hacia el Mar Mediterráneo. La madrugada del día 10 cruzaron con sigilo el estrecho de Gibraltar. Para adherirse a la 9ª Flotilla en su lucha contra los buques de suministros y apoyo a los desembarcos aliados del norte de África. Tras varios días de cacería infructuosa, el sumergible era enviado a La Spezia. La tripulación fue acomodada en las instalaciones del arsenal, en espaciosos dormitorios desde cuyos ventanales se disfrutaba de las bonitas vistas del puerto.
   La Spezia, era una ciudad de la región de Liguria, en el norte de Italia. En la zona occidental se encontraba el arsenal militar, mientras que en el lado oriental del golfo se hallaba el puerto mercantil, uno de los más importantes de Italia
   Además del arsenal de la Marina Italiana, que ocupaba a muchos trabajadores entre militares y civiles, la economía de la ciudad se desarrollaba en torno a grandes industrias, como OTO, una de las más importantes empresas en el sector de las armas. Odero Terni Orlando producía las armas pesadas para la mayoría de los acorazados de la Regia Marina Italiana.
   En aquella ciudad hecha de palacios, las calles eran amplias y las casas altas y esbeltas, mostrando el calor solar en los revoques de las fachadas. Preciosas viviendas de estilo Barroco se asemejaban a coquetos palacetes. Junto a ellos, antiguas casas torre, asomaban peligrosamente a los acantilados, mientras sus terrazas en mármol y areniscas de innumerables tonos, parecían querer surgir de sus basamentos, para acabar precipitándose al mar, a aquel mar cristalino y transparente, como los jóvenes no habían visto uno igual.
   Una notoria ambivalencia cultural impregnaba la ciudad, creando una rica complejidad de matices. Junto al puerto se apretujaba un pequeño mercadillo de especias, y al fondo se perfilaban los techos de tejas de las casas del barrio antiguo, levantado hacía dos siglos por inmigrantes de las zonas rurales. La pequeñas viviendas con suelos de madera, estaban levantadas sobre una pronunciada cuesta.
   Los jóvenes pasearon las calles adyacentes, donde la gente vivía apiñada. Las casas estaban tan juntas las unas de las otras, que no se veía el cielo. Pasearon aquellas calles oscuras que desembocaban en el puerto, donde los alfareros tenían sus talleres. En una pequeña plaza, la muchedumbre se agolpaba a ambos lados del portal de la iglesia. Acababa de celebrarse una boda y todos querían ver a la novia.
   Hubert y los demás subieron otra empinada cuesta, adoquinada con grandes piedras, que se bifurcaba en otras dos calles, más empinadas, si cabía.
   La casa de la esquina repartía su fachada con las dos calles y era una vivienda muy sencilla, con la primera planta de adoquines rojos, con grandes y descoloridas cristaleras pintadas de un azul verdoso. La fachada de la segunda planta era de madera oscura, rodeada de ventanas altas y cerradas con cortinajes de tela clara. El tejado casi plano y con tejas barnizadas, estaba rematado por una especie de modillones, mientras un gran parral crecía entre las dos plantas, trepando por la envejecida fachada.
  Un enjuto joven, embutido en unos holgados pantalones con tirantes y sin cinturón, llamó la atención de Hubert, gesticulando desde la puerta de una barbería instalada en aquella planta baja.
    —¡Creo que quiere cortarnos el pelo! —dijo.
  Varios ancianos estaban de tertulia,  cuando Sasse entró en compañía de Werner Eichler y Josef Baurietl. Les recibió una tenue luz malva y una suave fragancia a lavanda que impregnaba el pequeño local, mezclándose con el aroma a toallas limpias.
   Al cabo de unos minutos de discutir el precio, aquel peluquero parlanchín sometió al marino a un meticuloso corte de pelo, mientras le contaba su historia, acompañado por el tintineo de las tijeras.
   Barbero de tercera generación, Alessandro llegó hacía un año a la ciudad, procedente de Borgo Val di Taro, en la provincia de Parma, con la idea de ahorrar dinero para poder casarse con su novia del pueblo. Los padres de la joven le pedían una importante dote, por lo que el joven trabajaba siete días a la semana para reunir el dinero. Tras descontar la cantidad que le costaba el alquiler de aquella casa, Alessandro calculaba que tendría que seguir allí, en La Spezia, año y medio más.
   Hubert escuchaba, cautivado por la sencillez de aquella historia. Indiferente a la tragedia que estaba desgarrando al mundo, aquel joven vivía en su propia realidad, cuyo único objetivo era formar una familia junto a su amada.
  La dotación al completo recibió un permiso para pasar las navidades en casa, debiendo presentarse en la base el 25 de enero del siguiente año, para zarpar en la tercera patrulla dos días después.
   El día 23 de noviembre, parte de la tripulación estaba en la estación de ferrocarril de La Spezia, donde los copos de nieve de la primera nevada revoloteaban a la luz de las farolas.
   La plaza de la estación relucía bajo el tenue manto blanco del invierno. Los escasos pasajeros del tren que se bajaban allí, se movían por el andén con paso rápido. Un silencio casi solemne envolvía el lugar. Durante varios minutos, allí no se veía ni un alma, ni coches, ni autobuses, sólo militares que iban y venían.

   Había un enorme reloj, el elemento que dominaba el bar de la estación, con dos grandes manecillas que viajaban con exasperante lentitud alrededor de la carátula que alguna vez había estado recubierta en esmalte blanco y que ahora se mostraba ennegrecida por el paso del tiempo y el humo del tabaco.


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