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domingo, 1 de diciembre de 2013




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6 de octubre de 1942

I


Brest se apareció a los hombres del U-755 como una ciudad neblinosa, fría y desmemoriada, ideal para pasar inadvertido. La dotación del sumergible estaba formada sobre cubierta mientras se nutrían de aquella visión. Las aguas del puerto ardían con un resplandor áureo, donde se reflejaba el barrio de pescadores, con multitud de reflejos.
   El silencio reinante sólo era roto por el ronroneo de los motores de la nave. En la noche que daba paso al amanecer, las luces del castillo de Brest se mostraban tililantes a los marinos. La bruma cayó de pronto y se extendió sobre el muelle, y a lo lejos, las aguas se volvieron oscuras. No se adivinaba el otro extremo del puerto, del embarcadero, ni del Puente Nacional. La silueta de "Le petit pont de Gueydon" como lo conocían los lugareños, apenas era visible, pareciendo otro espejismo de la niebla.
La extrema nubosidad, junto a la tenue luz de las farolas del puerto producían las ilusiones ópticas más inesperadas. Hasta aquella mole siniestra del búnker de submarinos hacia el que se dirigían se apareció como una gigantesca bestia, doblegada por la niebla del frío otoño.
   El U-755 enfiló su proa hacia una de las descomunales puertas blindadas. Aquella puerta doble del muelle B se elevó de debajo de la superficie, produciendo espantosos chirridos, que rompieron la quietud del amanecer. La nave penetró con lentitud en el angosto túnel, atracando en el amarradero junto a otros dos sumergibles.
Sobre el techo un enorme puente grúa de 12 toneladas corría sobre dos raíles, a ambos lados del muelle. El bullicio en aquella inquietante caverna era notable, una pequeña comitiva esperaba a la dotación del submarino. La tripulación abandonó la nave subiendo a los pasillos por una escalera de cemento, cuyos escalones estaban totalmente cubiertos de grasa. Todo estaba envuelto en la penumbra; la pobre luz, provenía de unas exiguas lámparas adosadas al techo y de las aberturas que comunican con las entradas al mar. El hedor a aceite quemado se mezclaba con el inconfundible olor a agua de mar, impregnando todo el lugar de un olor fétido.
   Una vez desembarcados, el comandante de la base, el capitán de corbeta Werner Winter felicitó a toda la dotación estrechando la mano a cada uno de los hombres. En aquella fría mañana, el segundo oficial Heinz Blischke, el hombre que divisó al USS Muskeget, recibió la Cruz de Hierro de 2ª Clase, había cumplido 23 años el mes anterior.
   El puerto de Brest fue ocupado por la 5ª División Panzer en junio de 1940, y a partir de entonces se realizaron obras de acondicionamiento de las instalaciones. Debido a su ubicación estratégica, la Kriegsmarine comenzó a utilizar las instalaciones portuarias de Brest a principios de agosto de aquel mismo año, convirtiéndose en el puerto de origen de la primera y novena flotillas de U-Boots en 1941.
   La construcción del búnker de submarinos comenzó a principios de 1941 y estuvo terminado en el verano de aquel año 42. Sus extraordinarias medidas, 333 metros de longitud por 192 metros de anchura y el techo de casi 12 metros de espesor, hacían de aquel coloso de hormigón el mayor búnker submarino construido por los alemanes durante la guerra. Pero los británicos ya le habían echado el ojo.
   El puerto francés era la ciudad europea más frecuentemente bombardeada en aquel momento, recibiendo una atención regular de la RAF desde el año anterior. Los cruceros de batalla Scharnhorst y Gneisenau fueron los principales objetivos, así como el búnker de U-Boots. Como consecuencia, era también una de las ciudades más fuertemente defendidas en Europa, con una enorme concentración de baterías antiaéreas.
    En la noche del 30 de marzo, 100 aviones de la RAF aparecieron de pronto sobre el puerto, dejando caer sus bombas. Milagrosamente, el Scharnhorst y el Gneisenau escaparon ilesos. Las aeronaves barrieron el puerto de Brest con infinidad de bombas perforantes de 227 kilogramos, diseñadas para penetrar las cubiertas blindadas de los buques de guerra. Los alemanes ya sabían que los dos acorazados habían sido detectados, lo que les convertía en un reclamo. En lugar de ser un refugio, Brest se había convertido en un objetivo.
   Para los siguientes días, el mal tiempo mantuvo los aviones en tierra, pero en la noche del 3 de abril, las nubes se abrieron lo suficiente para un segundo ataque. El Hotel Continental, donde se alojaba el personal naval alemán y muchos de los oficiales de los acorazados, fue bombardeado mientras se servía la cena.
   Los propios cruceros fueron cubiertos con redes de camuflaje. La inventiva de los alemanes les llevó incluso, a la construcción de un pueblo ficticio. El crucero francés Juana de Arco fue artísticamente decorado con estructuras de madera y tela, hasta que, desde el aire, asumió un parecido muy aceptable con el Scharnhorst. La ciudad fue rodeada por dispositivos productores de niebla artificial. El resultado fue que una gran parte de las bombas cayó en Brest.
El problema llegó el 24 de julio, mientras el Scharnhorst y el Gneisenau estaban al ancla. Al mediodía de aquel día, varios escuadrones de la RAF los localizaron y esta vez los dos acorazados fueron seriamente dañados.

En la parte trasera del búnker se hallaban los talleres de reparaciones y un pequeño y alejado almacén para munición y torpedos. Los hombres cruzaron aquellas instalaciones hasta llegar a una gigantesca puerta abatible que daba salida por la parte trasera. Tras cruzar una calle siguieron por una pequeña cuesta que les llevó ante otra puerta junto a una caseta de vigilancia, donde varios soldados de la Feldgendarmerie les dieron el alto. Tras comprobar la documentación les dejaron paso a través de un pequeño sendero que servía de atajo para llegar a la antigua     Academia Naval de Brest, donde se alojaban los soldados del arma submarina.
   Una gran fachada Renacentista se abrió a los ojos de los marinos, con un acentuado estilo Palladiano. El edificio constaba de tres plantas y resaltaba además su basamento rústico, almohadillado, con las líneas de unión entre los sillares hundidas, acentuando el paramento en su parte central. Grandes ventanales con arcos de medio punto ocupaban la primera planta, sobre los que se mostraban alargadas ventanas rectangulares. En las esquinas del edificio llamaban la atención imponentes motivos alegóricos, con grandes escudos de armas en bronce.
   La dotación llegó al amplio recibidor a través de un gran pórtico, mediante escalones exteriores, y de allí fueron distribuidos por las habitaciones principales. En la segunda planta se encontraba otro recibidor que daba acceso a las estancias secundarias y al resto de alojamientos.
   Hubert y los demás deshicieron sus equipajes mientras, a través de los amplios ventanales comenzaba a llegar la luz del sol.
   Desde su ventana, en el ala este del edificio, Hubert veía a lo lejos el Puente Nacional, rotando sobre sus columnas, para que barcos de carga con banderas indescifrables entraran y salieran del puerto. Más allá se veían las grandes grúas maniobrando, y frente a ellas, una antigua y destartalada draga despejaba la ruta de los navíos. El joven detuvo un momento la vista en aquella draga de rosario, con su gran cadena de cangilones montada sobre un robusto castillete. La escala atravesaba el pontón y se hundía en el fondo del puerto para excavar el material, elevándolo para volcarlo sobre su cubierta.
   Sasse observó a lo lejos la ciudad. Brest ocupaba las laderas de dos colinas, dividida por el río Penfeld y situada al norte de una preciosa bahía que salía al mar. Era una ciudad situada en la región de Bretaña, en el noroeste de Francia. En un emplazamiento protegido en el extremo occidental de la Francia metropolitana, Brest era un enclave importante y el segundo puerto militar de Francia.
   Las ventajas de la situación de Brest como una ciudad portuaria fueron reconocidas por primera vez por el cardenal Richelieu, quien en 1631 construyó un puerto con muelles de madera. Pronto se convertiría en una base para la Marina Francesa. Jean Baptiste Colbert, ministro de finanzas bajo Luis XIV, reconstruyó los muelles con mampostería y mejoró el puerto, convirtiéndolo en el primer gran puerto de la Marina Real.
   Una vez se hubieron duchado, algunos de los muchachos bajaron al recibidor que daba acceso a una gran sala de entretenimiento, donde un gran piano de cola era el indiscutible protagonista. Varios oficiales cantaban una vieja canción, mientras algunos, a pesar de la reciente prohibición de fumar, mantenían algún cigarrillo en la boca.
   A Hubert le gustó aquel lugar que exhalaba olor a tabaco. El joven ojeó un viejo periódico con fecha atrasada, mientras Bauriedl, Oertl y Hiltrop pedían a un camarero tres coñacs Lautrec y dos Pastís 51 con agua fría. Fritz Bögner, que también se había sumado al grupo, levantó el brazo, saludando al segundo oficial Blischke, que acababa de asomar por la puerta, luciendo orgulloso su condecoración.
   —¡Supongo, Blischke, que no ha venido por el coñac! —dijo Ernst al verle llegar—, y no tiene cara de que le guste esa bebida de señoritas que toman Sasse y Bögner.
   —Tampoco veo aquí a ninguna chica —puntualizó mientras con los brazos abiertos, dirigía la mirada a sus
amigos.
   —Lo cual me intriga mucho y me lleva a pensar que trae alguna noticia.
   —¡Señores, disponemos de veinticinco días de permiso! —soltó de repente Blischke, mientras sonreía—, por lo que deberemos estar de vuelta en la base el día 31 de este mes. Mañana temprano saldrán de la base varios transportes hacia la estación de Brest. Den sus nombres en recepción si desean viajar unos días a sus casas.
Los ojos de los presentes se iluminaron como candiles al oír aquella noticia, ¡casi un mes en casa, con los suyos!. Blischke pidió una cerveza, y los hombres se levantaron y brindaron por aquel permiso, recordando los más de veinte meses que llevaban lejos de casa. Todos observaron al oficial Heinz, un hombre cercano, sincero y directo. Su trato con los hombres le había hecho ganarse el respeto y también la complicidad de toda la tripulación, sin excepciones.



II


Tres grandes camiones Opel Blitz de la Wehrmacht recorrían las calles de Brest a toda velocidad. Hubert y varios de sus compañeros ocupaban el segundo de la fila. El vehículo iba dando bandazos, mientras sorteaba las ruinas y los cráteres que aparecían en su camino. Antes de la partida les explicaron que había peligro de sabotaje por parte de la resistencia francesa, por lo que los vehículos de transporte no se detendrían por nada ni por nadie.
Según avanzaban, les dio la impresión de que se adentraban en lo más parecido a lo que sería el fin de los días. Las casas derruidas, bombardeadas, ennegrecidas, eran un lamento a lo largo del camino que atravesaba la población.
   En la segunda planta de un edificio, una mujer retiraba los cristales rotos de una ventana, mientras sonaba la sirena que advertía de una próxima incursión aérea. Los ojos color miel del joven se encontraron con los de aquella anciana, en una mirada fugaz, pero que el marino alargó mientras pudo, hasta perderla desdibujándose en la distancia, entre el pánico de la gente corriendo por las calles en busca de refugio,
  Según el convoy se acercaba al centro, las descargas se escucharon más nítidas y contundentes. A su paso se mostraban los lugares más afectados por las bombas, en el centro de la ciudad. La guerra era especialmente cruel y absurda allí. Casas incendiadas, otras con el techo hundido, destripadas, la gran mayoría en escombros. Los aviones acababan de dejar un regalo envenenado a su paso.
   Las columnas de humo denso se elevaban al cielo, mientras los camiones levantaban un reguero de polvo que se fundía con aquel humo negro. Así ocurría con frecuencia en los objetivos civiles. Toda una ciudad convertida en objetivo militar, carente de protección y sin ninguna capacidad defensiva.
   De lo que debía haber sido una preciosa residencia sólo quedaba en pie una bella y gran escalinata que, intacta sobre un fondo de destrucción, parecía ascender hacia la nada. Todo aquello se disfrazaba de una realidad especialmente extraña ante los jóvenes, que observaban con la mirada fija, lo que se les ofrecía desde la parte trasera del camión.
   Los transportes botaban incesantemente sobre los baches del asfalto, cuando llegaron al Puente Nacional. A la derecha, una gran avenida les llevó hasta la estación, bordeando el puerto comercial.
   La Gare de L'Ouest tenía el aspecto de haber sufrido sucesivos impactos durante el breve bombardeo. Varias de las cúpulas sobre los andenes habían desaparecido literalmente, mientras densas columnas de humo se elevaban desde el otro extremo, donde los raíles de las vías se habían convertido en retorcidos amasijos de metal fundido.
  Dos cuadrillas de operarios se afanaban en su reparación, intentando transmutar todo aquel caos en lo más parecido a una tenue normalidad.
   Varios ancianos jugaban a los naipes sentados alrededor de una pequeña mesa de mármol, sobre patas de fundición. Hubert acompañó a Duwe, Baurietl y al oficial Blischke a tomar algo para matar el tiempo, pues faltaba hora y media para la salida del tren.   Uno de aquellos ancianos descargaba una palmada sobre la mesa cada vez que dejaba una carta, mientras a su lado, otro acompañante dormitaba, con los codos apoyados sobre el mármol.
   El "Bistrot de Landerneau" se encontraba en la "Avenue de la Gare", frente a la estación. Era un pequeño restaurante que servía comidas sencillas a precios moderados y en un ambiente modesto.
El exiguo local estaba situado en el pequeño sótano de un edificio de apartamentos donde los inquilinos pagaban por alojamiento y comida. Los propietarios podían complementar sus ingresos mediante la apertura de su cocina al público que paseaba por la avenida.
   Los bistros franceses no tenían un estilo de comida definido aunque, por su origen obrero y popular, siempre se servían platos tradicionales, donde se incluían vino y café.
   Hasta el local llegaban los tímidos timbrazos de los tranvías que cruzaban la calle. Mientras los jóvenes submarinistas, allí refugiados, no conseguían entender el enigma de la guerra.
   Abandonaron Brest a las 12 de la mañana de aquel día soleado, con la gente acuartelada en los vagones, algunos sin cristales. A lo lejos estaban bombardeando el puerto nuevamente. Parte del tren iba repleto de soldados de permiso que impregnaron los vagones de canciones y tonadillas. Una estación sucedía a otra y Hubert intentó leer un periódico abandonado sobre un asiento del vagón, pero fracasó en el intento y decidió mirar por la ventana. Tras una hora de viaje, apareció el mar tras la aldea de Morlaix. Había desaparecido todo rastro de la guerra. Era como volver a recuperar el aliento contenido en Brest. Después continuaron viaje, bajando hacia Saint Brieuc, donde se volvió a mostrar el mar, con un agua dorada, con playas de bañistas sin conciencia y ajenos a la guerra, y refugiados.
   Era de noche cuando el tren cruzó la frontera, vigilada por amenazantes soldados alemanes que escudriñaban vagón por vagón y husmeaban entre el equipaje.
   Hubert se acurrucó en el asiento con la mirada perdida en el horizonte que discurría velozmente. El marino volvió a recordar a aquella anciana de Brest que, en vano, intentaba devolver un poco de normalidad a su hogar, retirando los rotos cristales de su ventana.


III


Era un día frío en la vieja Estación Central de Frankfurt. Serían las once y cuarto de la mañana cuando Hubert Sasse y Josef Baurietl se apearon del convoy especial que llevaba a los hombres de la Kriegsmarine a sus casas.
   La Centralbahnhof Frankfurt era la segunda estación de ferrocarril más grande de Alemania, tras la de Leipzig. Contaba con 24 vías y los andenes medían más de 600 metros.
  Era un hermoso y gigantesco edificio que estaba en funcionamiento desde 1988. Las plataformas donde se apoyaban las vías estaban tapizadas de multitud de guijarros de granito oscuro.
    Un sinfín de trenes entraban y salían sin descanso. El ruido de fondo era un mezcla entre los estridentes pitidos de las locomotoras y el murmullo de miles de almas que plagaban aquella estación. En aquellas horas Centralbahnhof se alborotaba, y de los andenes salían infinidad de sonidos que se extendían como un rumor, mientras una multitud de pasajeros con su algarabía, deambulaban de un lado a otro.
   Sin embargo una de las cosas de aquella estación que mas sorprendió a los dos jóvenes fueron las seis descomunales bóvedas que formaban el techo, construido en forma de nave. Un sinfín de arcos de acero apoyados sobre los andenes, cruzaban el aire como gravitando sobre el vacío, aguantando así el peso de las estructuras de acero que constituían la techumbre. Las bóvedas se alternaban de forma intermitente con arcos torales, que separaban las bóvedas entre sí. Aquella colosal estructura se sostenía gracias a un número inimaginable de remaches.
   Gigantescas vidrieras remataban las paredes laterales y la parte superior de las bóvedas, permitiendo la entrada de la luz. Las bocas de aquellos cinco andenes desembocaban en un grandioso vestíbulo central, construido en piedra. Las puertas de salida estaban rematadas por grandes arcos con decoración neoclásica. Enormes relojes, ennegrecidos por el hollín de la estación, llamaban la atención de cualquier viajero que esperase el momento de partir.        Las paredes de gruesa piedra estaban salpicadas con filas de grandes y estrechos ventanales por donde los rayos solares se introducían iluminando los mármoles pulidos y brillantes del suelo.
Josef y Hubert entraron en una de las cafeterías de la estación llevando sus equipajes. Sentados en una pequeña mesa con mantel degustaron dos cafés mientras hacían tiempo. Habían venido juntos hasta Frankfurt y a partir de allí sus caminos se separaban. Después de diecinueve meses lejos de casa, deseaban llegar para abrazar a los suyos.
    Hubert había comprado en Brest tres preciosos vestidos para sus hermanas. No había sido nada fácil elegir los dichosos trajes, pero sabía que si llegaba a Affeln con las manos vacías sus hermanas no se lo perdonarían jamás.
   La dependienta de la tienda se apiadó de aquel guapo marino que no entendía nada sobre ropa de mujer. Hubert llevaba consigo una pequeña foto donde se las veía a las tres juntas. Orgulloso, se la enseñó, y la dependienta le mostró un precioso vestido gris claro con falda de dos piezas. Un bonito lazo estrechaba la cintura, después de todo, ya eran todas unas señoritas. Guardaba con cariño en su memoria aquel lejano día en que jugaban junto a su hermano Hermann en el río Brüninghauser.
   Los chiquillos dejaron el camino de tierra y descendieron hasta el humedal. El aroma de la tierra mojada se mezclaba con el de las flores que plagaban las riberas. De los árboles salían infinidad de sonidos que se extendían como un clamor y las aves con su algarabía, acompañaban a los cinco niños. En verano, aquel riachuelo llevaba muy poca agua, y grandes matas de líquenes de color gris se aferraban a las rocas de las orillas.
   Hermann y Hubert lo cruzaron de un lado al otro de un salto, y mientras el hermano mayor siguió corriendo sin mirar atrás, el pequeño Sasse se detuvo. El niño animaba a sus hermanas que estaban asustadas por cruzarlo, con sus cantos rodados de todos los tamaños y llenos de musgo; temiendo resbalar y caer. Pero allí estaba aquella mano tendida, y aquella voz que decía, —vamos, no tengáis miedo, yo estoy aquí—. Y saltando, la niñas caían una tras otra en sus brazos.
   La dependienta calculó la talla que debían usar las jóvenes de aquella fotografía y envolvió tres vestidos en diferentes colores.
    Un grupo de marinos estaban sentados en la barra de aquel local, mientras bromeaban con varias jovencitas de la mesa contigua. Pero las señoritas no mostraron el más mínimo interés.
   —¡Esos estúpidos no se dan cuenta de que sólo tienen ojos para ti! —dijo Baurietl. Hubert contestó con una leve sonrisa.
   Sasse no solía tener éxito con las mujeres, debido a su timidez, pero al pasar acostumbraban a seguirle con la vista. Sus compañeros decían que se debía a su mirada tímida, que gustaba a las mujeres. Otros lo achacaban a que todas los preferían altos y de uniforme. Incluso alguno decía que era aquella voz, templada y sedosa. Pero Baurietl, solía zanjar aquellas ocasionales discusiones aduciendo que todo se debía a que Hubert era jodidamente guapo.
    Sasse observó que los comensales del local eran aquella mezcla de personas que solía encontrarse en las cafeterías y andenes de las estaciones, pero en general eran gente de ciudad y militares de diferentes cuerpos. Sólo desentonaban las jóvenes que no le quitaban el ojo de encima, y un hombre elegantemente vestido, sentado en una mesa, junto a la puerta. Llevaba una gabardina beige y un bonito sombrero fedora de fieltro con una banda de color oscuro entre la corona y el ala ancha. Hubert pensó que debía ser alguna especie de comerciante u hombre de negocios, a juzgar por las dos grandes y pesadas maletas que tenía junto a él.
    Los dos marinos pagaron la cuenta y salieron de nuevo al andén, arrastrando pesadamente sus sacos, allí se separaban sus caminos.



IV

Hacía un año que Josef Kaufer no viajaba a Frankfurt. Se vería con dos clientes y continuaría viaje hacia Hannover, pasando también por Bremen. Haría lo imposible por desviarse del trayecto para ver a la familia, como solía hacer en cada viaje. Le pareció que la estación central no había cambiado nada desde el último viaje. Pero estaba claro que el café seguía siendo igual de malo. La pequeña cafetería estaba llena de militares que iban de permiso a sus hogares.
   En la barra, un grupo de marinos bromeaban con varias jovencitas de una mesa cercana. Pero era una gran pérdida de tiempo, pues saltaba a la vista que aquellas señoritas sólo tenían ojos para uno de los dos marinos que ocupaban una pequeña mesa más allá. Aquel joven alto y guapo tenía el cabello rubio, mientras su acompañante era moreno y más corpulento.
   Aquellos dos jóvenes eran los típicos marinos que volvían a sus casas de permiso —pensó Kaufer.
   El comerciante observó a todos aquellos jóvenes que entraban y salían del café de la estación. Él ya había vivido dos guerras y sabía que la mayoría de ellos perderían su más preciada posesión, sus vidas, en aquel conflicto que estaba sumiendo a Europa en el caos.       El pasado 21 de junio de aquel mismo año, sin declaración previa de guerra, el ejército alemán había iniciado la invasión de la Unión Soviética. La denominada "Operación Barbarroja" fue en sus primeros momentos un rotundo éxito. El Ejército Rojo, se mostró incapaz de resistir el ataque alemán y se batió en retirada. Por el norte las tropas del III Reich llegaron hasta Leningrado. Por el centro hasta las puertas de Moscú. Sin embargo, por el momento, ninguna de las dos ciudades había caído.

    El comerciante consultó su reloj de muñeca mientras recogía las dos grandes maletas que le acompañaban. Luego abandonó la cafetería saliendo a los andenes. Kaufer no podía ni imaginar que su vida ya estaba unida a la de aquel joven y guapo marino al que las muchachas de la barra observaban, embelesadas. No podía suponer que sus dos caminos se entrelazarían para siempre.


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