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domingo, 1 de diciembre de 2013




14

Febrero de 1942

I


En las obras de la Torre trabajaban más de dieciocho artesanos, entre albañiles, carpinteros y canteros, así como un número similar de peones, aparte de los hombres que trabajaban en las canteras de Borriol y La Vilavella.
   Los enormes bloques de piedra eran transportados en grandes carros. Colocados en el fondo, colgando pero sujetos por robustas cadenas que eran destensadas para depositarlos en el suelo, cuando llegaban a su destino. El transporte de los bloques corría a cargo de Melchor Aixeres, un transportista de la localidad.
   A pesar de que la construcción del campanario llevaba dos semanas en marcha, las sencillas gentes de Burriana no se habían acostumbrado a aquella novedad. Los transeúntes que pasaban junto a la plaza se detenían a observar a aquellos hombres que se afanaban en dar forma a los grandes sillares de piedra, rodeados por una tenue nube de polvo. Algunos de ellos llevaban un pañuelo bajo la gorra para empapar el sudor.
   Un grupo de hombres se encargaba de izar las piedras con el cabrestante hasta lo alto de la obra, donde eran colocadas con magistral precisión por otro grupo de albañiles.
  Con armoniosa lentitud, la torre octogonal crecía entre el monótono tintineo de las herramientas de los canteros. Al mismo tiempo, los carpinteros elevaban los andamios interiores, adaptándose a las exigencias de la construcción.
  Antes de comenzar las obras, Piqueres había realizado varias catas, excavando en la base de la torre para comprobar la solidez de los cimientos originales, que descendían varios metros en el suelo y formando escalones. La base, hasta una altura de cuatro metros, se había reconstruido y nivelado para comenzar a recibir los primeros sillares del cuerpo de la torre.
  Los canteros habían ido llegando dos semanas atrás. Joaquín Nebot Ros, conocido como “Ximo el Pedrapiquer”, era el jefe del equipo de canteros y había llevado consigo a sus dos sobrinos; José Ros era oficial y el otro, Joaquín Broch, ayudante. Llevaba también a otros magníficos oficiales, entre ellos a Vicente Saláis, apodado “El Carlista”.
   Ximo era alto, ancho de hombros, fornido y moreno de piel. Tenía las manos agrietadas y surcadas por imborrables cicatrices. A pesar de su juventud, pues rondaba los 37 años, era un reputado maestro cantero. Pero lo que llamaba la atención en aquel hombre era su corpulencia, era capaz de levantar uno de aquellos pesados sillares el sólo, y si se prestaba, lanzarlo a varios metros de él.
   Ximo elegía el sillar con el que pretendía trabajar en función de las necesidades de la obra a la que iba destinada la pieza. Tomaba las plantillas de madera que Piqueres había fabricado para ser utilizadas como guías, y tras una observación minuciosa, rechazaba aquellos bloques que presentaban fisuras, manchas o diferencias en el tamaño. También comprobaba la dirección del grano; las vetas debían estar horizontales, evitando que ningún sillar fuese colocado al delit.
   Para comprobar posibles imperfecciones internas, golpeaba el centro del bloque con un martillo. La piedra sana emitía un sonido claro al ser golpeada por la herramienta, mientras que el material imperfecto producía un sonido sordo y sin resonancia. Los grandes bloques solían llegar formateados de una forma basta desde la cantera y Jose Ros, su sobrino, los dividía en sillares según la exigencia.
  Una vez que se había decidido la línea de corte, el cantero cincelaba una profunda ranura en V que recorría la cara superior del gran bloque, siguiendo por las laterales. En la cara superior realizaba varios agujeros con un puntero, donde alojaba las cuñas. Seguidamente se colocaba una barra de hierro en el suelo, bajo el bloque, que quedaba reposando inclinado sobre ella.
Ante la mirada atenta de Piqueres, José Ros comenzaba a dar pequeños golpes de martillo alternativos sobre las cuñas, que se iban introduciendo levemente en la piedra, mientras un ayudante vertía un poco de agua para favorecer la compresión con cada golpe. El sonido agudo de los golpes indicaba un buen calado de las cuñas, hasta que sin avisar, aparecía una leve grieta en el bloque.
Entonces el cantero golpeaba el lado que permanecía en alto, provocando la fractura definitiva.
   Alguien le tocó la sudorosa espalda. José Ros era casi tan grande como su tío, y se dio la vuelta con toda su corpulencia y el mazo en la mano.
   —¡Eh Juanitín!, ¿que haces aquí? —preguntó el cantero.
  El hijo de Estornell, el tornero, llevaba unos minutos viéndolos trabajar y al fin se había acercado con la intención de pedir algo.
   —José, ¿tienes un cigarrillo?.
  —¡Toma, Juanitín!, yo te lo doy —contestó Piqueres—. Pero no molestes a los hombres, que están trabajando.
   Piqueres se había echado mano al bolsillo, sacando un paquete de cigarrillos Ideales, que Juanitín miraba con recelo. El carpintero le dio uno y se lo encendió.
   Aquel joven conocía a Piqueres desde siempre y le había tomado gran aprecio, profesándole un afecto al que él correspondía, pues le agradaba su bondadosa inocencia, aunque al final aquel muchacho siempre terminaba haciendo lo que le venía en gana.
   Acababa de cumplir los 18 años, era delgado y mucho más bajo que los dos hombres que se hallaban de pie ante él, por lo que se vio obligado a ladear un poco la cabeza para mirarles a los ojos.
Juanitín era moreno de pelo y piel avellana. Sus ojos hundidos le daban un aspecto sombrío, aumentado por el espesor de sus cejas y aquel mentón prominente sobre el que se asentaba una barba de algunos días.
   Aquel  simpático  niño  hombre llevaba  una gruesa chaqueta de pana negra sobre una camisa de lana blanca y cuello vuelto. En los pies, unas sandalias raídas. Juanitín sonrió cordialmente, mostrando sus dientes amarillos entre los labios, estrechó con fuerza la mano del carpintero y dijo, con voz entrecortada y un acento un tanto lánguido:
   —¡Gracias, Piqueres
   Entonces se dio media vuelta y se marchó.
   Piqueres  sonrió,  viendo como se alejaba, arrastrando un carro en dirección a la calle San Marcos. Siempre hacia los mismos recorridos: hornos, tiendas de comestibles, comercios, y las obras del campanario. Normalmente llevaba aquel pequeño carro para recoger y llevar sillas que su madre reparaba. Con la ayuda del carro hacia también encargos para otras gentes, trasladando muebles pequeños o como porteador de maletas y bultos.
   En muchas ocasiones acompañaba a Kaufer a la estación, cuando el alemán marchaba de viaje a su tierra, mientras insistía en llevarle las maletas en su carromato. Aquel muchacho con corazón y mente de niño era uno de los principales motivos de frustración del alcalde, pues cuando le parecía, abandonaba el carro en medio de la vía pública.

Varios canteros labraban sillares sobre pequeños bancos de madera, trazando una primera arista, para con ayuda de dos listones prolongar una segunda, paralela a la primera. Cuando estas dos aristas eran unidas se creaba una primera cara llana y regular, sobre la que se colocaba la plantilla, para trazar las líneas de corte de la pieza final. La primera parte del proceso consistía en eliminar del bloque la piedra sobrante hasta conseguir labrar las líneas generales.    Con especial cuidado, los canteros desbastaban las esquinas de la pieza, y la cara del sillar que quedaría en el interior del paramento del muro se dejaba por desbastar.
   Los sillares ya terminados eran izados con el cabrestante que Piqueres había diseñado. Un sólo hombre era suficiente para manejar aquel torno, accionando una manivela y sin apenas esfuerzo.
   Los cuatro oficiales de albañil que estaban a las órdenes de José Lleó Ramos, el maestro y jefe albañil, levantaban el muro octogonal de la torre según los peones les llevaban los sillares.
   Una vez comprobadas las caras del sillar se vertía una capa de argamasa sobre el muro. Luego se dejaba descansar la piedra sobre ésta y con ayuda de un mazo se golpeaba la parte superior del sillar, ejerciendo presión sobre el mortero, que asomaba por las juntas.          Después se procedía a retirar el sobrante con una paleta. Para comprobar la horizontalidad de cada piedra se servían de un cordel tenso entre las aristas del muro. A Piqueres le había costado largas discusiones el convencer a José Lleó de que se uniera al equipo del campanario. Aquel hombre de cara larga y curtida por el duro trabajo al sol debía rondar los 60 años, y opinaba que semejante empresa era digna de obreros jóvenes y llenos de ilusión, que él ya estaba mayor para aquello, pero al fin el carpintero le convenció.
   Al mismo ritmo, en la cara interior del paramento se levantaba un muro de ladrillo, y según la obra iba fraguando, se rellenaba el hueco con mampostería de hormigón. El campanario volvía a erguirse, con lentitud, para dominar el pueblo, y protegerlo como hizo antaño. Volvería a ser el elemento principal alrededor del cual se organizaban las ciudades, allá por los tiempos de la Edad Media.


II


31 de julio de 1942

Un monstruoso coloso de hormigón emergía entre la neblina que corría por el puerto. Varias grúas se erguían sobre la gigantesca estructura, transportando contenedores de hormigón, mientras otras elevaban enormes moldes móviles de acero.
   En la parte este del puerto de Kiel se estaba construyendo un búnker para submarinos que recibiría el nombre de "Kilian", con el fin de servir de protección a los nuevos U-Boots.
   Un ejercito de operarios se afanaban en la construcción de dos gigantescos diques separados por una pared interna, cada uno de ellos con una longitud de 138 metros por 23 de ancho, capaces de acomodar un total de 12 U-Boots en cada dique.
   Sobre la esquina noroeste de la construcción se elevaba una pequeña torre de hormigón para una pieza antiaérea. Sólo una pequeña parte del dique podría ser usada como lugar de trabajo, existiendo para ello dos pisos superiores encima del dique. Una vez terminado, el largo total del búnker sería de 176 metros, con paredes de 3 metros de espesor y el techo de 4.8 de grosor. La salida hacia el mar estaría protegida por dos enormes puertas blindadas que descenderían varios metros por debajo de la superficie. En aquellos días, en aquella ingente obra, malvivían aproximadamente 1.000 hombres, trabajando las 24 horas del día en dos turnos, la mayoría de ellos prisioneros de guerra y presos comunes.
   Estaba amaneciendo cuando la 5º Flotilla entraba en el puerto de Kiel tras siete duros cruceros de entrenamiento de un mes de duración y largas visitas a recónditos puertos que en ocasiones no figuraban ni en las cartas de navegación.
   Las naves fueron abarloadas junto al malecón oeste, frente a aquella monstruosa construcción. El viento corría a través del puerto y los submarinos danzaban sobre el agua, tensando las amarras.
  En la Residencia de Submarinistas, los hombres fueron reconocidos por los médicos de la base, comprobando que por término medio, habían perdido seis kilos de peso. Poco tiempo después todos los hombres estaban sentados en largas mesas, mientras de la cocina comenzaron a salir grandes platos de col verde con salchichas y filetes de Sajonia acompañados de bacon. Aquel aroma impregnó el ambiente del gran comedor. Varias fuentes de patatas fritas fueron colocadas por el centro de las mesas. Grandes jarras de cerámica se llenaban de cerveza y se repartían por doquier.
   Durante la comida se discutían los últimos acontecimientos en Europa. Los hombres de la 5ª Flotilla fueron puestos al corriente de la marcha de la guerra. El pasado 13 de enero Alemania había comenzado la ofensiva submarina en la costa este de EE.UU. El mismo mes, el día 26, las primeras fuerzas estadounidenses llegaron a Gran Bretaña, y el 14 de febrero fue emitida la Directiva Nº22 en la que los aliados autorizaban, sin restricciones, los bombardeos sistemáticos sobre varias ciudades alemanas, entre las que se encontraban: Lübeck, Essen, Düsseldorf, Bremen, Kiel, Hannover, y Stuttgart.
   El primer ataque de este tipo se realizó en la noche del 28 al 29 de marzo de 1942, cuando 234 aviones bombardearon Lübeck, destruyendo la mayor parte del centro de la ciudad.
  A mediados de aquel mismo año, la USAF —las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos— desembarcó en el Reino Unido, realizando algunas incursiones sobre el Canal de la Mancha. Los bombarderos B-17 o "Fortalezas Volantes", empleaban bombas incendiarias que se lanzaban desde gran altura en incursiones sobre Francia, Alemania y Austria.
   Después de comer los muchachos pasaron por la oficina de la residencia donde se recogía la correspondencia, y con el correo bajo el brazo subieron a las habitaciones.
   Hubert apoyó las manos contra el embaldosado de la ducha, envuelto en el vapor, mientras el agua corría por su espalda. El peso perdido durante los meses pasados era evidente en los marinos.
     Sasse  había  reducido  su  cintura,  lo que resaltaba la anchura de su dorso. Llevaba tiempo sin sentir el placer de una ducha caliente. Durante los cruceros de entrenamiento lo más parecido era un manga de agua sujeta por un compañero mientras uno se enjabonaba con prisas, sobre la cubierta; pero con el endemoniado frío del Golfo de Botnia aquella acción tan cotidiana era literalmente imposible. En aquellas latitudes el aseo personal se había visto reducido a alguna toalla húmeda y agua de colonia.
   Tras un buen baño, se dejó caer en la cama, y acurrucado en aquella pequeña intimidad, devoró con los ojos una carta que venía a nombre de su hermano Hermann Sasse. Mientras, otra carta con remitente desde Affeln a nombre de Mathilde Sasse, esperaba apretada en su mano.


III


Hubert estaba recostado sobre una litera de la sala de oficiales del U-755, mientras abría con el dedo índice el armario donde guardaba algunos de sus enseres. Aquellas portezuelas de madera de las pequeñas taquillas tenían un orificio que servía de pomo.
   El marino extrajo la correspondencia recibida en Kiel, abriendo la carta de Hermann. Ya no recordaba cuantas veces la había leído, pero no le importaba; ver la letra de su hermano y el tacto áspero de aquel papel le hacían sentirlo más cerca de él. En todo el tiempo transcurrido desde el inicio de la guerra, desde que partió hacia Gotenhafen, hacía ya, año y medio, no había visto a su hermano.
  Hubert supuso que en el exterior llovía con fuerza. Heinz Blischke, el suboficial de guardia Adeneuer, un señalero y un artillero, acababan de pasar en dirección a la torreta para la siguiente guardia de puente.
  Aquellos hombres iban ataviados con un grueso chaquetón acolchado, sobre una guerrera y unos pantalones impermeables, con botas marineras, además de unos mitones también impermeables que dejaban entrever parte de los dedos de la mano. Sobre la cabeza llevaban el gorro sueste. Los hombres abrieron la escotilla estanca y desaparecieron a través de ella, hacia la luz.
   El U-755 había partido de Kiel el 4 de agosto hacia el Atlántico Norte para pasar a formar parte de la 9ª Flotilla, en primera línea de frente. Tenían órdenes de reunirse en la cuadrícula AO72, en un punto a 600 millas al oeste del Canal del Norte, el estrecho de mar que separaba la parte oriental de Irlanda del Norte de la parte suroeste de Escocia y que conectaba el Mar de Irlanda con el océano Atlántico.
   La Kriegsmarine utilizaba un sistema especial para establecer las posiciones de sus naves en el mar e implantar un sistema de nomenclatura eficaz por radio. El Marinequadratkarte estaba basado en la subdivisión del océano en cuadrantes identificados por dos letras. Estos cuadrantes se subdividían a su vez en otros nueve, numerados del 1 al 9, cada uno de los cuales se volvía a subdividir en nueve cuadrantes más. Con lo que se tenía un cuadrante subdividido en 81 pequeños subcuadrantes numerados del 11 al 99, exceptuando las cifras terminadas en 0. Cada posición podía ser transmitida por radio usando solamente dos letras seguidas de dos o cuatro números, según el tamaño del área.
   Hacia el cuadrante AO72, también se dirigían ocho U-Boots más para formar la denominada Linea de patrulla Lohs, en espera de interceptar al convoy SC94 que había partido desde Inglaterra. El SC94 estaba compuesto por 36 buques de transporte, protegidos por el destructor canadiense Assiniboine y las corbetas Chilliwack y Orillia, además de tres corbetas británicas, la Nasturtium, Dianthus y Primrose.
   Antes de la llegada del U-755, el convoy fue avistado por el U-593 entre la espesa niebla. El comandante del U-Boot decidió iniciar un ataque contra el grupo, consiguiendo hundir un barco, siendo posteriormente repelido por la escolta del convoy junto con el U-595 .
Al día siguiente llegó el resto de la Manada de Lobos, pero los U-Boots no pudieron acercarse al convoy. Además, los U-
454 y U-595 habían resultado gravemente dañados por los escoltas y tuvieron que retornar a puerto después de la operación. Otro de los integrantes, el U- 210, fue hundido por el Assiniboine y al final se perdería el contacto con el SC94.


IV


24 de agosto de 1942

Eran aproximadamente las 16:30 de la tarde cuando se preparó la comida para la tripulación que entraba de guardia. Hubert y August se acababan de levantar de sus literas, junto a la cocina, y tras vestirse con sus grises trajes de faena procedieron a desplegar la media hoja abatible de las mesas que tenían bajo sus literas. El cocinero, ayudado por los rancheros, sirvió la comida al nuevo turno que entraba de guardia. Hubert terminó pronto de comer y tras despedirse de los demás, se llevó su taza de café bien cargado a su puesto en la sala de radio, para sustituir al anterior turno de guardia. Allí se enteró del hundimiento del U-210, mientras tomaba asiento en su puesto.
   Las guardias del día se repartían entre las 8:00 horas y las 20:00, y dicho periodo estaba dividido además en tres subperiodos de cuatro horas. Las guardias de la noche se repartían entre las 24:00 horas y las 12:00 y dicho periodo estaba dividido además en dos subperiodos más. El número de operadores de radio que solían embarcar en un U-VIIC era de 2 oficiales y 4 marineros.
   Todo el tráfico radiado era transmitido en código morse a un velocidad aproximada de 24 palabras por minuto, lo cuál ralentizaba en gran manera el envío de mensajes. La forma de acotar las transmisiones consistía en el uso de dos tipos de código.    Un sistema de señales estaba tipificado para avistamientos de convoys y el otro para los partes meteorológicos. Ambos sistemas permitían al operador sustituir palabras o grupos de letras por frases predeterminadas, que eran codificadas por la máquina Enigma. La instalación variaba según el tipo de U-Boot, pero todas abarcaban las 3 bandas: VLF, MF, y HF. Muchos de aquellos equipos eran fabricados por empresas alemanas como Telefunken, Lorenz o Radione.
   La sala de radio contenía gran cantidad de documentos secretos, por lo que el acceso estaba restringido a los operadores y a unos pocos miembros de la tripulación. En casos de naufragio o de captura de la nave por el enemigo, los documentos secretos, claves de ajuste de la máquina Enigma, manuales y libros de claves debían ser destruidos, lanzados por un tubo lanzatorpedos o incluso tirados por la borda.
   Los operadores de radio de los U-Boots solían llevar el auricular en el oído derecho, dejando el izquierdo libre para escuchar las órdenes dadas en el interior de la nave. En inmersión no se podía transmitir ni recibir, por lo que se podía pasar un largo periodo de incomunicación.

El día 17, se estableció la Línea Lohs al oeste de Escocia con trece submarinos, y el día 21 el grupo se dirigió hacia el norte, a la búsqueda de nuevos convoys. El día 22 el U-135 divisó al sur de la línea de patrulla, al convoy ONS122, iniciando la persecución. El nutrido convoy estaba protegido, entre otros, por el destructor británico HMS Viscount (D 92), y las corbetas HNoMS Eglantine (K 197), y HNoMS Potentilla (K 214).
   Al amanecer del día 25, ya había nueve sumergibles en contacto con el convoy, y se iniciarían los ataques. Repentinamente, los buques desaparecieron en la niebla y el U-755 perdió el contacto.       La corbeta HNoMS Potentilla localizó al U-755 y al U-174, persiguiéndolos. El otro sumergible desapareció hacia el norte, mientras el U-755 escapó hacia el oeste. El Potentilla decidió entonces atacar al U-755, efectuando varios disparos de su cañón de 100 mm, pero los disparos no alcanzaron al submarino que escapó a gran velocidad hacia el noroeste, en la oscuridad. Al final del ataque, el balance sería de cuatro buques hundidos y dos U-Boots dañados.

A finales de agosto, el grupo Lohs se dirigió hacia el oeste de las Azores para su reabastecimiento. El día 30 el U-755 se acercó al costado del U-462 para recibir combustible y provisiones. Al mando de aquella "Vaca lechera" del Tipo XIV para suministros y reposición de submarinos, estaba el comandante Bruno Vowe. A la semana siguiente, el día 6 de septiembre, se formó una nueva línea de patrulla situada a unas 400 millas al noroeste de Cabo Race, en el extremo sureste de la Península de Avalon, en la canadiense isla de Terranova.
   El U-755 se encontraba en superficie, a mediodía del 9 de septiembre, cuando Heinz Blischke, de guardia en el puente,
dio la voz de alarma. En el horizonte se adivinaban dos mástiles que se iban agrandando por momentos, y el U-755 se acerco con cautela, navevando tras el horizonte visible para poder identificar a la posible presa. Se trataba de un buque de 1.827 toneladas, el Muskeget.
  En silencio se cerraron escotillas y la nave se sumergió.
  El USS Muskeget era un viejo vapor construido en 1922, adquirido en 1941 por la Marina de los EE.UU y reconvertido en patrullera auxiliar con el numeral AG 48. El 24 de agosto había partido desde Boston hacia Islandia en su segunda patrulla como nave de informes meteorológicos.
   —¡Llenar de agua los tubos de proa! —se escucho gritar a Wálter Göing.
La orden fue transmitida hacia proa. Nadie levantaba la voz, esta podía ser la primera presa del U-755. A Hubert le pareció oír la voz de Baurietl respondiendo desde la sala de torpedos que los cilindros estaban libres para efectuar el disparo. Todos los tubos estaban llenos de agua, en contacto directo con el mar, listos para que sus mortíferas cargas abandonaran la nave.
   Entonces, a las 15:16 horas, Göing dio la orden. Tres torpedos abandonaron sus nidos, saliendo presurosos a buscar su destino. Nadie respiraba en aquellos instantes, que se volvieron eternos.
   En el puente de mando del Muskeget, el alférez James Vincent Aieta desvió la vista a la izquierda. A lo lejos, tres estelas se acercaban al buque. En aquel preciso instante supo que ya era demasiado tarde.
   En la lejanía se oyeron dos ensordecedores estruendos, lo que significaba que dos de los tres torpedos lanzados habían dado en el blanco. Göing pegó su cara al periscopio tras colocarse la gorra del revés. El silencio impenetrable era el protagonista en el interior del sumergible, hasta que el comandante se volvió hacia sus hombres con una gran sonrisa en los labios. Un gran griterío se adueñó del sumergible, contagiándose entre la tripulación. El U-755 gozaba, por fin, de su primer triunfo en combate. Entonces, igual como habían comenzado, las sonrisas desaparecieron de los rostros de los hombres, para dar paso a la seriedad.
  Desde el sumergible se escuchaban los estertores de hierros retorciéndose, junto a los de algunas pequeñas explosiones, incluso les pareció oír los gritos de la tripulación del pequeño vapor. Nadie les había preparado para aquello.
   Hasta aquel día, pensaban en la contienda como en una evocación del valor y el estoicismo, del heroísmo ante la incertidumbre. Pero lo que estaban escuchando nada tenía que ver con todo aquello. La agonía, los gritos de terror y los cuerpos mutilados nada tenían que ver con el heroísmo del que tanto les habían hablado.
  Todos los hombres a bordo del Muskeget, 9 oficiales, 107 marineros, 1 oficial del Servicio de Salud Pública de Estados Unidos y 4 empleados del Instituto Meteorológico civil, perecieron en el hundimiento. Solamente el halo del sol rodeaba la silueta del USS Muskeget, siendo pasto de las llamas.

Dos semanas después, el día 26, el U-617 avistó al convoy ON131, que había partido desde Liverpool, siendo su primer destino el puerto de Halifax, en Nueva Escocia. El U-Boot de Walter Göing junto a otros quince sumergibles bajo el nombre de Grupo Tiger, se dirigieron al punto acordado para un nuevo ataque.
   La guardia de cubierta comentó a Wálter Göing que había una extraña calma en el horizonte. Avanzaba la tarde, mientras el cielo se cubría de un nublado gris y espeso, presagiando cambios bruscos en el clima. A media noche empeoró el tiempo, comenzando a azotar fuertes chubascos desde la mañana.
   Navegaban a quince nudos, mientras el mar zarandeaba la nave con violencia, llevando las escoradas a un ángulo crítico; los hombres no habían visto nada igual. El sumergible se sacudía sobre el mar embravecido como una cáscara de nuez. En ocasiones el U-755 llevaba la proa totalmente sumergida. La dotación de cubierta se había anclado a la bataloya por medio de unos cinturones, para no salir despedidos de la torreta por un golpe de mar. Montañas de agua, tan grandes como nunca habían visto aquellos hombres, les amenazaban, cayendo sobre la popa, y haciéndola desaparecer literalmente. Los pináculos de aquellas enormes olas caían sobre la nave sin compasión.
   El día 30, y viendo que el temporal no arreciaba, el comandante de la 9ª Flotilla, Heinrich Lehmann Willenbrock, al mando del U-256, decidió abandonar la persecución del convoy. El día 1 de octubre, Göing recibió la orden de dirigirse al oeste de Irlanda, para pasar a reforzar al Grupo Luchs, junto a dieciocho sumergibles más.    Se esperaba poder interceptar al convoy HX209, pero a medio camino se informó de que se había perdido el contacto con el mismo, y debido a la escasez de combustible el U-755 envió un mensajeal alto mando. El sumergible recibió la respuesta, donde se especificaba su nuevo destino: la Base naval de Brest, en la Francia ocupada.


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