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sábado, 30 de noviembre de 2013




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10 de abril de 1940

I


La insistencia del timbre hizo que Josef se asomara a la ventana de su despacho, en la planta de arriba. Había un vehículo militar ante la casa y varios soldados se hallaban frente a la puerta.
    Josef bajó a abrir con resignación, como si, sin saber porqué, los hubiera estado esperando. Un par de soldados se presentaron y preguntaron por el teniente desmovilizado Josef Kaufer, a lo que él asintió. Aquellos militares le entregaron una notificación de la Delegación Provincial de Excombatientes en la que se le ordenaba presentarse en la Comandancia Militar de Burriana para dar constancia de su paradero y situación. Josef acompañó a aquellos hombres a la Comandancia, donde se le informó de su obligación de presentarse semanalmente para dar fe de su permanencia en España.
   Su insistencia en dejar la vida militar no había gustado nada entre sus superiores y a partir de aquel momento querían saber en todo momento el paradero de aquel alemán, y en la medida de lo posible, tenerlo controlado. Aquellos por los que había arriesgado la vida, aquellos en los que había creído, ahora le daban la espalda, incluso según su propia impresión, le trataban como a un sospechoso.
  Josef y Asunción disfrutaban las mieles del primer año de su reciente matrimonio, pero la felicidad duró bien poco. El carácter de Josef se resintió, mientras su esposa intentaba, a escondidas, buscar una solución. Asunción viajó a Valencia y consiguió tener una entrevista con el cónsul Schellert. Aquel hombre sentía gran aprecio por su compatriota, y escuchó con sorpresa las explicaciones de aquella mujer.
   Schellert dio prioridad a aquel asunto e hizo varias llamadas a la sede del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, en Múnich, Alemania.
  Josef intentó hacer una vida normal,  con  su  empresa  de exportación de cítricos y disfrutando de la vida en común con Asunción. Por fin podía dedicar tiempo a su hija. La llevaba a dar largos paseos e intentaba tenerla cerca siempre que podía. La enfermedad de la pequeña tenía sus altibajos y la vida de la familia Kaufer Granell discurría plácida, con el único problema de tener que presentarse en la Comandancia todas las semanas. Pronto tendría que realizar un viaje por negocios, y al informar de ello, los militares quisieron saber todos los detalles de dicho viaje. Josef cogió un enfado monumental. Incluso pensó seriamente en suspender aquel viaje.

Habían pasado dos meses, cuando Josef se presentó en la Comandancia Militar de Burriana como llevaba haciendo regularmente. Un oficial con gesto de disculpa le informó de que ya no tendría que volver a presentarse nunca más. Él preguntó la razón, pero el militar sólo pudo contestar que él recibía órdenes y que no sabía nada de los detalles. Varios meses después, en una visita al Consulado de Alemania, Schellert le puso al corriente del desenlace de todo aquel lío. Josef preguntó al cónsul por la persona que le había informado de su situación. Schellert le dijo medio en broma que eso no era de su incumbencia, y que como cónsul, era su obligación el velar por los ciudadanos alemanes bajo su cuidado.
    El mismísimo Robert Ley, Jefe de Organización del Partido Nazi, había llamado a Franco para exponerle la situación. El agravio que el régimen del dictador estaba inflingiendo a un ciudadano alemán que había participado en la guerra civil con gran honor, podía llegar a oídos de Hitler, y aquello podía no hacerle ni puñetera gracia. Aquel día, la persecución contra la persona de Josef Kaufer acabó, pero no ocurrió lo mismo con muchos de sus vecinos.
  En Burriana, el exconvento de La Merced había vuelto a funcionar como cárcel. Josef veía pasar los camiones repletos de detenidos frente a su casa, para adentrarse en el antiguo convento. Aquello no era por lo que él había luchado. Sabía de primera mano las duras condiciones en las que se estaba allí dentro, durmiendo pies contra cabezas, en el frío suelo de los mismos pasillos. Josef había oído que los domingos les reunían a todos en el patio para escuchar el oficio religioso, con dos ametralladoras apuntándoles.
    Desde el 1 de abril de 1939, el Estado Español se convirtió en una descomunal prisión. Recién terminada la guerra comenzaron a funcionar campos de internamiento y concentración en múltiples sitios: cines, plazas de toros, iglesias, conventos, o escuelas. Los mismos lugares usados por los republicanos para su particular represión eran usados entonces por los franquistas para su política penitenciaria, que no tenia otra función que la represión y humillación de los vencidos y de sus familias en busca de una total degradación.
    La puesta en marcha de la nueva maquinaria policial y judicial comenzaba con una denuncia, que podía proceder de cualquier persona, conocida o desconocida, sin necesidad de probar sus acusaciones. Bastaba con pensar de modo diferente, o hablar más de la cuenta en cualquier reunión, o en el bar, con una copa de más.
Los consejos de guerra sumarísimos aceleraban los trámites y reducían las posibilidades de defensa del acusado. La instrucción del sumario solía ir acompañada de torturas y los inculpados debían firmar la confesión en una situación desesperada. Tras ficticios juicios rápidos se comunicaba la condena y los acusados volvían a la prisión, donde pasaban a la galería de condenados a muerte, donde permanecían totalmente incomunicados.
   Comenzaban  entonces  las  gestiones desesperadas  de  los familiares para conseguir avales o influencias que llevaran a la libertad del recluso. El director de la prisión era informado un día antes de la orden de ejecución y se trasladaba al condenado a capilla. Las ejecuciones tenían lugar al amanecer.
   Hacia finales de aquel año se hacinaban en la cárcel de La Merced 1600 personas. La insuficiente alimentación, la insalubridad, la carencia de medicinas y las palizas, llevaron a la muerte a muchas personas allí mismo. Tras la derrota y el exilio, varios vecinos de Burriana a los que Josef conocía
fueron enviados a Alemanía y acabaron sus vidas en los campos anexos al campo de concentración nazi de Mauthausen. Internados junto a otros 10.000 republicanos españoles, ninguno sobrevivió mas de doce meses al internamiento. Todos tenían menos de 40 años.


II


Aquel mismo mes de abril en los astilleros de Wilhelmshaven, en la bahía de Jadebusen, al norte de Alemania, diferentes secciones de varias unidades U-Boot del Tipo VIIC estaban siendo ensambladas.   La construcción naval había adoptado nuevos métodos de producción que consistían en la distribución del trabajo en los talleres, en la denominada "Organización en Islas de producción”.
    En cada parte de la fábrica se construía una sección de la nave, y cada una salía completamente terminada. La sección nº 8 de proa llevaba incluidas las cámaras de torpedos, al igual que las secciones nº 3 que llegaban a la última isla con los motores del futuro U-Boot ya en su interior. En la última isla de producción se ensamblaban dichas secciones y se daba paso al montaje de los sistemas interiores. Grandes sumergibles de sesenta y siete metros de longitud tomaban forma mientras un ejercito de operarios se afanaban en sus puestos. Los U-Boots ocupaban ordenadamente la totalidad de las gigantescas naves y entre ellos un entramado de tarimas formaba una especie de segundo suelo, un grandioso andamio donde se producía un incesante ir y venir de operarios.
    Grandes regueros de oxido recorrían la superficie de los cascos de los sumergibles, dándoles el aspecto de grandiosos peces prehistóricos varados en una playa. Uno de ellos, en la grada de la segunda fila, con el número de obra 138, estaba recibiendo la puesta a punto de uno de sus descomunales motores diésel MAN M6V en la sección nº 3. Las llamas de los soldadores rompían la oscuridad, mostrando con su claridad, en la penumbra, una parte de la nave. Más atrás nacían también otras llamas, y así el sumergible quedaba iluminado momentáneamente por las luces tambaleantes.     De los costados asomaban los timones de profundidad, como aletas de un gigantesco tiburón.
   Hacia el centro del gigante, abultadas hinchazones se desprendían de la barriga hacia izquierda y derecha: eran las cámaras de inmersión, soldadas al submarino como si fueran extravagantes monturas. Todo en la nave tenía formas redondeadas, asemejándolo a un ser de las profundidades oceánicas encerrado en sí mismo y construido según reglas estrictas de la ingeniería naval.

   Estas nuevas naves eran superiores a sus hermanas pequeñas, los Tipo VII-B. Los nuevos sumergibles habían alargado un metro su eslora total para dar cabida a los nuevos sistemas de Sonar Activo, el S-Gerät. Además, se había mejorado la capacidad de combustible y la flotabilidad negativa. En contraposición se les instalaron los mismos motores que sus hermanos pequeños, por lo que verían reducidas las velocidades de crucero e inmersión.


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