Páginas vistas en total

sábado, 30 de noviembre de 2013




7

7 de agosto de 1939

I


El monótono traqueteo de los vagones le producía sueño. La carbonilla que desprendía la pequeña máquina se introducía en los coches de segunda clase, abiertos, con banquetas de madera y sin vidrios. A diferencia de éstos, los de primera iban cerrados, con asientos recubiertos de piel y con vidrieras y cortinillas. Llevaba además, varios vagones de mercancías y de correo.
   Aquel pequeño tren de vía estrecha era conocido popularmente con el sobrenombre de “La Panderola” y se había construido hacia 1888 para cubrir las necesidades del tránsito de personas y mercancías en una zona del Mediterráneo en la cual las vías de comunicación no reunían las condiciones y características de los tiempos modernos.
   Josef había subido en la estación de trenes de Castellón y terminaría su trayecto en la parada de Burriana. Tras muchas dificultades había conseguido telefonear a casa, avisando de su llegada. Pese a los años transcurridos, aún guardaba en la retina la imagen del viejo tren pintado de verde, trepando renqueante entre los campos, cuando llegó por primera vez a Burriana con su pequeña Berta. Aquel lejano día también les acompañó el crujir metálico y el rechinar de las ruedas.
   Asunción miraba hacia las vías con cautela. Estaba patrullando por la pequeña estación de Burriana con Berta de la mano. La niña se encontraba algo mejor y se había empeñado en ir a recibir a su padre.
   Había mucha gente  en el  apeadero,  y  las  paredes  estaban cubiertas con varios carteles de bienvenida para los militares que volvían a casa.
   Tratándose de una sencilla estación de tranvía, era un bonito y esbelto edificio de grises paredes, de techo muy alto y sostenido por grandes vigas. Un pequeño reloj dorado colgaba de dos cadenas, junto a la pared. Grandes ventanales de cristales semiopacos intentaban romper la penumbra que dominaba el interior del edificio.
    No era el mejor lugar para una niña enferma de tuberculosis, pero la pequeña había insistido con lágrimas en los ojos, y ella no pudo negarse. Asunción observó la muchedumbre, cada uno con su historia particular, ajenos a la incertidumbre que la embargaba a ella. Le dio la impresión de que una distancia insalvable la separaba de aquella gente a su alrededor, pero al mismo tiempo les suponía en una situación muy semejante a la suya, esperando a los maridos e hijos que volvían de la guerra, lo cual la tranquilizaba.
    El empleado de la parada sacó su reloj de pulsera del bolsillo y lo consultó, luego giró la vista hacia el de pared, e hizo una pequeña corrección en el suyo.
   El tren llegó a la estación, mientras el vapor de la locomotora se arremolinaba a lo largo del andén. Berta se cubrió la boca con un pañuelo al tiempo que una gran emoción se apoderaba de ella, escudriñando entre la multitud que descendía. Una larga hilera de fatigados viajeros se apeaban para comenzar a deambular por el andén. Varios militares saltaron de los vagones para fundirse en abrazos con sus familiares. En aquel momento la puerta de uno de los vagones se abrió y una figura de uniforme y extremadamente enjuta salió y esbozó una sonrisa mientras sostenía la puerta.
   Asunción creyó desmayarse. Kaufer se bajó, siguió andando a través del andén, y finalmente se detuvo ante ellas. Estaba delgado y cansado de tanta guerra, pero en su mirada se podía ver una pasión infinita. Por un instante la miró sin decir palabra. La emoción fue excesiva y ella rompió a llorar. Josef la estrechó fuertemente entre sus brazos. Entre los dos estaba Berta.
   —¿Cuando vuelves a marchar? —preguntó Asunción.
  —¡He venido  para  quedarme! —respondió—.  Y nunca  más volveré a irme.
   Entonces él preguntó con voz entrecortada:
   —¿Y ahora? ¿te casarás ahora conmigo?
   —¡Si! —respondió Asunción con un susurro.
   La niña se abrazó a ellos y los tres marcharon a casa.


II

20 de mayo de 2013


Cuando tomé la decisión de emprender esta aventura, las personas de mi entorno me preguntaban el por qué, que necesidad tenía de indagar en el pasado de unas personas a las que no conocía de nada. Yo siempre respondía del mismo modo: «porque supongo que soy un soñador». Porque cuando tuve en mis manos aquella descolorida fotografía, creció en mi la irrefrenable necesidad de conocerles, de saber.
   En varias ocasiones me he sorprendido a mi mismo imaginando el momento en que Mathilde Erner recibió la fotografía de su hermano, después de tantos años. En mi mente se forjaba la imagen del viejo retrato asomando en la impresora de María Luise. Imagino su sorpresa ante un correo electrónico venido desde un país lejano.
  Mathilde llevaba unos años postrada en una silla de ruedas. Sentada ante la ventana, vio llegar a María Luise con aquella imagen. Entonces debió girar la cabeza para mirar a la joven que le acababa de regalar un trozo de su pasado. Supongo que no le hizo falta conocer los detalles. Luego llegarían las explicaciones a todo aquello. Las imagino a las dos guardando silencio. Imagino a Mathilde aguantando la mirada mientras sus pupilas hacían lo mejor que sabían, mirar y llorar.
    Era medio día del día 20 de mayo, cuando recibí un E-Mail de los Erner. Aquella mañana María Luise me envió viejas fotografías familiares. En una de ellas se podía ver al hermano de Hubert, con su bondadosa mirada. Aquel día pude poner rostro a Hermann Sasse, vestido con el uniforme de la Wehrmacht, con su gorra de campaña ladeada. Desde otra imagen me observaba un joven Hubert, de uniforme. Aparecía sentado junto a sus padres en el jardín de la granja, durante un permiso. Anton, su padre, sonreía a la cámara mientras fumaba en su pipa. Theresa, al igual que su marido, mostraba felicidad por la vuelta a casa de su hijo. El joven dejaba ver una extrema delgadez.
   En otro de los retratos se podía ver a las tres hermanas que completaban la familia: Elizabeth, Elfriede y Mathilde. Aquellas jóvenes bellas, como la obra perfecta de la naturaleza, y mimadas por la fortuna de ser mujeres en una época en que los hombres marchaban al frente para no volver.
No recuerdo con exactitud en que momento tuve la sensación de que la novela se estaba construyendo sola, pero así era. Yo me limitaba a llevar las palabras al teclado y a observar como la familia Sasse tomaba forma. Aquellas viejas imágenes mostraban a una familia de la Alemania rural de aquellos tiempos, humilde y unida. Antiguas fotografías en blanco y negro que esperaban entre las páginas de viejos álbumes, o en algún mueble ajado, a reconstruir el pasado y la memoria de los familiares de Hubert. Amarillentos retratos que atravesaron los insondables pasillos del tiempo hasta mí, para mostrarme a las personas que compartieron su vida con él.    Los  meses  siguientes  fueron  pasando,  mientras  los  E-Mails seguían llegando, ayudándome a comprender y a dar forma a la familia que fueron los Sasse en los lejanos años 40, durante la II Guerra Mundial.


III

2 de septiembre de 1939


El joven Hubert solía ser el más madrugador de la granja. Todas las mañanas, con puntualidad marcial, se plantaba ante el espejo del baño, y procedía a inspeccionar su mentón en busca de algún pelo que por casualidad, se hubiese dignado asomar, buscando algún rastro de un incipiente bigote.
   En alguna ocasión, su padre había esbozado una sonrisa al sorprender a los dos chiquillos encaramados de puntillas sobre el lavabo, mirándose con atención en el espejo y discutiendo quién sería el primero en afeitarse. Su hermano había comenzado a hacerlo al principio del verano, a pesar de que en realidad no lo necesitaba. Pero Hermann disfrutaba mortificando a su hermano menor, y recordándole continuamente que él ya era un hombre, que se afeitaba como papá. Hubert solía quedar embelesado, observando a su hermano mientras éste se dedicaba a sus cuidados matinales, empinando el cuello con seriedad ante el espejo.
   Con la mano izquierda sujetaba un tazón de madera lleno de jabón de lavanda y con la diestra la brocha indispensable. Tras el minucioso ceremonial en que dedicaba una mirada compasiva a su hermano, pasaba la navaja plateada a lo largo de sus mejillas cubiertas de espuma. Seguidamente se empolvaba, y salía del baño con indiferencia, mientras impregnaba el piso de arriba con aquella fragancia.
    Poco quedaba de aquel muchacho que fastidiaba repetidamente al panadero Strauss y jugaba con los amigos a la peonza frente a la iglesia del pueblo, pero a pesar de sus 18 años recién cumplidos, Hubert seguía siendo un niño. Su mundo transcurría con total normalidad entre los estudios, las tareas de la granja y aquellos maravillosos días de pesca junto a su hermano. No le interesaban para nada las chicas, a diferencia de Hermann, que de repente, comenzó a seguirlas con la vista, con cara de bobo, cuando iban algún día al pueblo. Además estaba aquella voz tan rara que se le había quedado hacía unos años. Pero sin embargo, el joven sentía una gran admiración por su hermano mayor.
    Siempre recordaría aquel día antes de Navidad, tres años atrás. En Affeln era una costumbre arraigada el celebrar el tiempo de Adviento. Los cuatro domingos previos al inicio de las fiestas navideñas se encendía una vela en los hogares y se iba añadiendo otra más en las semanas posteriores. Mamá se había quedado sin velas y envió a los dos hermanos a Affeln a comprar algunas. Hermann estaba en el interior de la tienda mientras el pequeño vigilaba la bicicleta.
    En la acera de enfrente, junto a la iglesia, Franz Bauer estaba haciendo de las suyas una vez más. Aquel grandullón tenía cogido del cuello de la camisa a Arnold Lehner, mientras lo levantaba del suelo. Los rodeaban varios chiquillos que no se atrevían a intervenir, pero Hubert no soportaba las injusticias, y se le ocurrió la brillante idea de hacer de caballero defensor. Además, Arnold era amigo suyo.
    Bauer era el matón del pueblo y tenía la misma edad que Hubert, aunque le sacaba una cabeza de altura. El pequeño Sasse cruzó la calle para enfrentarse a él, y al verlo venir, al
gordinflón le cambió la cara inmediatamente con un gesto furioso.       Hubert  no  creía  que  a  nadie  se  le  pudiera enrojecer tanto el rostro. Aún no sabía que pasó aquel día, pero si recordaba que acabó en el suelo con aquel bestia sentado sobre su abdomen, mientras le mantenía con los brazos en cruz, pegados al suelo. Bauer le propinó un sonoro puñetazo en la cara, y entonces ocurrió.
     Una sombra apareció como de la nada y lo siguiente que vio fue a Bauer volando literalmente por los aires, hasta aterrizar tras los setos que crecían junto a la acera, y allí estaba su hermano Hermann. El grandullón quedó descolocado. Nunca nadie antes le había plantado cara, ningún chico del pueblo se había atrevido a enfrentarse a él.
   De vuelta a la granja, Hubert escondía el rostro a su madre, dándole la espalda, pero al fin, aquel ojo morado le delató. Estuvo todo aquel mes de Navidad castigado con sacar el estiércol del establo, tarea que se solía repartir entre los dos hermanos.
    Hermann aprovechaba para acercarse al establo cuando su padre se ausentaba, y tras quitarle la pala de las manos, le decía a su hermano:
    —¡Vamos, vete, ya lo sacaré yo hoy!
    Aquel  castigo,  en  el fondo, mereció la pena. Hubert aún sonreía al recordar que desde aquel día, Bauer se cambiaba de acera apresuradamente cada vez que se topaba por la calle con los hermanos Sasse. Aquella admiración que sentía por su hermano sólo se veía ensombrecida en las ocasiones en que, por mucho que protestara, heredaba la ropa que ya le quedaba pequeña a Hermann.
   Hubert  recogió  los  huevos  muy  temprano,  como  todos los sábados, y entró en casa por la puerta trasera que daba a la cocina. Antes de hacerlo sumergió las manos en un barril que recogía el agua de la lluvia y se lavó.
  Su padre y su hermano ya estaban sentados a la mesa, desayunando mientras discutían. Hermann marchaba temprano todas las mañanas, pues llevaba un año trabajando en una carpintería. Así ayudaba a la economía familiar, además de aprender el oficio de ebanista.
   Helfriede y Mathilde ocupaban el otro extremo de la mesa mientras Elizabeth seguía en la habitación por un resfriado que la tenía guardando cama desde hacia varios días. El muchacho se sentó a la mesa mientras su madre le llevaba una rebanada de pan casero y un tazón de Buttermilch. A Hubert le encantaba el sabor un poco agrio de aquella leche de mantequilla, ligeramente espesa.
    Anton abrió un pequeño paquete, extrajo un pellizco de tabaco, lo desmenuzó con los dedos y lo dejó caer dentro de su pipa. A continuación acomodó el tabaco con el atacador, pero sin apenas apretar, tan sólo aplanando la superficie. Luego tomó un segundo pellizco y lo introdujo de la misma manera, pero presionando el tabaco un poco más. El tercer paso fue idéntico, quedando la pipa llena en su totalidad, pero aplastó una vez más el tabaco, con algo más de fuerza. Prendió una cerilla y paseó la llama por la superficie del tabaco mientras realizaba suaves y repetidas inspiraciones. El tabaco se rizó, y volvió a apretarlo con pequeños toques del atacador. Entonces, mientras el aroma del tabaco impregnaba la estancia, volvió la atención a su hijo, y continuó con la discusión.
    —El año pasado Adolf Hitler decía que estaba furioso con
los checoslovacos, porque estaban matando a los alemanes que vivían allí —dijo Anton a su hijo—. Y exigió a los ingleses la anexión del territorio de los Sudetes.
   —¿Y crees que hizo mal, por querer proteger a su pueblo? —preguntó Hermann, sentado frente a su padre.
    —No, por supuesto que no, pero debes admitir que si esa era su única pretensión, no hubiera firmado un compromiso de paz con los ingleses, para después firmar un tratado de no agresión con Stalin.
   —¿Quieres decir que Hitler desea la guerra? —preguntó su hijo—. ¿Es lo que insinúas?.
    —Hitler tiene una gran ambición de territorios, y no va a parar, la prueba la tienes con lo que pasó ayer.
   Helfriede y Mathilde escuchaban la conversación con atención, aunque no entendían nada. «¿Quien sería el tal Adolf del que hablaban?». Ya habían oído aquel nombre en Affeln hacia unos días, cuando fueron al pueblo con mamá. Al parecer, debía ser alguien muy importante, incluso tal vez había visitado el pueblo y ellas no se habían enterado. ¿Por qué nadie les contaba nunca nada?.
   —De todas formas, la guerra no puede durar más de unos pocos meses —dijo Theresa, tomando parte en la discusión. Anton miró a su esposa con preocupación.
   —¡Pues yo creo que esos polacos necesitan un escarmiento —gritó Hermann, levantando el tono de voz—. ¡¡No pueden hacer lo que les venga en gana y esperar que nos quedemos de brazos cruzados!!.
    —¡Eh, mocoso, no grites en la mesa —le recriminó su madre—. Además, que sepas que tu padre ya ha vivido una guerra y recuerda muy bien lo que pasó después, nadie se
acordó de nosotros.
    Anton  recordó  su  juventud,  cuando  el 1 de julio de 1914 participó en la Batalla del Somme contra los británicos que intentaron reducir la presión que los alemanes ejercían sobre Francia. Aquel día hubo centenares de miles de bajas. Aún le parecía escuchar los graznidos de los cuervos, revoloteando, atraídos por la pestilencia que desprendían los miles de cadáveres que tapizaban el campo de batalla. Las trincheras no eran tales, se habían convertido en fosas comunes llenas de cuerpos sin vida. Pero no era nada fácil para él explicarle aquello a aquel impetuoso joven, sentado al otro lado de la mesa.
    —Hitler asegura que Francia e Inglaterra no intervendrán —dijo el padre—. Que no les interesa meterse en una guerra por unos pocos territorios.
    —¡Pero él sabe perfectamente que esto no será una escaramuza de unos meses! —añadió—. Esto será mucho más. Además, ¿que te hace pensar que si ganáramos la guerra, alguien se acordaría de nosotros aquí, en este rincón olvidado?.
    —¿Que ganaremos nosotros con todo esto?
  —¿Pero, que es lo que pasó ayer? —preguntó al fin Hubert, intrigado—. ¿De que estáis hablando?.
    —Ayer se declaró la guerra contra Polonia —dijo su padre—. Al parecer, guerrilleros polacos atacaron los cuarteles de los guardabosques en Pitschen, en la frontera. He bajado esta mañana temprano al pueblo y se decía que también atacaron una emisora en Gleiwitz. Esta mañana la Luftwaffe ha bombardeado Wielun.
    —¿Y eso que tiene que ver con nosotros? —dijo Hubert.
    —Es algo que está ocurriendo muy lejos de aquí
  —Además..., hace dos días llamaron a tu hermano a filas —sentenció su padre.
   —¡¿Como?!, ¡¿Que se va a la guerra?! —gritó Hubert—. ¡No se puede ir!. ¿Quién nos ayudara entonces con la granja?. Además:
  —¿Hace  dos  días?, ¿cuando pensabais decírmelo? —Hubert empujó la silla con los pies mientras se incorporaba, y muy enfadado, salió.
   —¡Anton,  hubieras  podido  esperar   a   mañana!  —le regañó Theresa—. Además habíamos decidido decírselo con calma, no así, de sopetón. Hubieras podido ser más sutíl.
    Anton masculló algo entre dientes, mientras argumentaba:
   —¡Se tenía que enterar de todos modos!, además, ya es hora de que aprenda como es el mundo de ahí fuera
    —¿Que crees que pasará el año que viene? —siguió—. ¿O dentro de año y medio?, lo llamarán a él, ¿o acaso no lo habías pensado?. —Theresa miró fijamente a su marido, con preocupación.
   —No digas tonterías, Anton, ¿año y medio?, esto concluirá antes.   El año que viene habrá terminado la guerra, será cosa de unos meses, a lo sumo.
   Anton Sasse miró fijamente a su esposa, y luego, con seriedad, con la mirada ida hacia ningún sitio, volvió a cargar su pipa.
   La realidad fue bien distinta. Reinhard Heydrich, la figura más oscura dentro de la élite nazi, puso en marcha un retorcido plan para justificar la invasión de Polonia. Los ataques a los cuarteles de los guardabosques en Pitschen, y a la emisora en Gleiwitz, no fueron lo que parecía. Hombres de
las SS mandados por Heydrich se disfrazaron con uniformes polacos, escenificando una farsa que les vino como anillo al dedo. Ya tenían una excusa para la invasión.
    A las 4:40 de la madrugada del 1 de septiembre, la Wehrmacht, las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi, lanzaron la "Operación Fall Weiss". El general von Keuchler, al mando de ocho Divisiones de infantería, una División de caballería y una División Panzer del Grupo de Ejército del sur, junto al general von Kluge, al frente de veinte Divisiones del Grupo de Ejército del norte, entraron a sangre y fuego por el norte de Polonia, al tiempo que el general von Runstedt cerraba una gigantesca tenaza por el suroeste, al mando de treinta y cinco Divisiones de infantería, cuatro Divisiones Panzer, dos o tres Divisiones de montaña y la famosa Legión Cóndor, con veteranos de la Guerra Civil Española.
   El resto del día, Hubert estuvo distante, no quiso oír hablar del tema. Todo se arreglaría y su hermano no tendría que marchar, seguro. Su padre hablaría con el tal Adolf Hitler y le diría que su hijo no podía ir a la guerra, que era necesario en la granja; y aquel hombre del pequeño bigote que había visto gritando a la multitud desde la portada de algún periódico lo comprendería.


IV


El silencio dominaba la estancia mientras desayunaron. Nadie dijo nada. Hubert se vistió como los demás, con la ropa del
domingo para ir a la parroquia, mientras le consumía una ira que no era capaz de contener.
    Nunca se había separado de su hermano en todos aquellos años, y ahora aquel fulano, el tal Hitler, aparecía para decir como tenían que hacerse las cosas. Además, ¿para que necesitaba más territorios?. Alemania era suficientemente grande; él no había estado nunca en la frontera con Polonia. Alemania era tan grande que él no había visto en su vida el mar.
    La nave de la Iglesia de San Lamberto era una estancia encalada en tonos grises y un hermoso color ocre. Aquel templo, como la mayoría, olía a tiempo, al incienso de los siglos. A Hubert le gustaba ir, le daba paz y serenidad, menos aquel día. Un pasillo central separaba las dos baterías de bancos. Era media mañana y los fieles estaban entrando cuando llegó la familia Sasse. Anton y Theresa tomaron asiento junto a sus hijos, cuando el párroco comenzó con el oficio.
  Hubert observó el altar, presidido por el magnífico retablo flamenco de la Virgen del Rosario. Aquella talla del gótico tardío fue realizada hacia 1520 por el Gremio de San Lucas, en Amberes. Mostraba en el centro escenas de la vida de Cristo, María y San Lamberto. En las alas se hacía referencia al Rey Olaf II de Noruega, a San Lamberto, al Niño con Santa Ana y a Santa Lucía.
    El órgano comenzó a tocar, mientras impregnaba la estancia de un manto sonoro que semejaba una danza de gratitud por la obra de Dios. El joven Sasse escuchaba aquella melodía que pareció envolverle. Cerró los ojos mientras creyó ver los pájaros en los bosques, los caminos silvestres, o la orilla de un lago. Le pareció sentir el viento en el rostro, la lluvia mojándole. Estaba cautivado por aquella melodía; si en el cielo había algún sonido, debía ser aquel.
    Anton Sasse giró la vista cuando vio aparecer a Strauss por su izquierda, y sus miradas se cruzaron durante un segundo. El panadero llevaba su gorra entre las manos, mientras en silencio, se sentó en el banco de la primera fila. Sasse lo encontró extraño, pues le conocía desde siempre. Llevaba la ropa de trabajo, y no le había gustado su expresión al pasar junto a él. Desde primera hora de la mañana hacía el reparto de pan por varias aldeas, llegando hasta Amecke, incluso los domingos; no era normal verle allí.
     —¡Que el Dios de la paz os santifique y que vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sean conservados para la venida de nuestro Señor Jesucristo —dijo el párroco al término de la oración—. La gracia del Señor sea con todos vosotros. Id en paz.
    La gente comenzó a levantarse para salir. Anton no le quitaba ojo de encima, cuando vio que Strauss se levantaba con todo su corpachón, haciendo una señal al cura. El panadero se acercó y le dijo algo por lo bajo, al oído.
    Entonces el sacerdote llamó la atención de todos, mientras Straus se frotaba las manos con nerviosismo. Se produjo un breve murmullo de sorpresa entre los fieles.
    —¡Mierda! —murmuró Anton por lo bajo. Theresa le fulminó con la mirada, pero su marido seguía mirando hacia el altar, donde se encontraban Straus y el cura.
   —Esto... —comenzó Strauss mientras tosía para aclararse la garganta—. Todos me conocéis, y también sabéis que hago el reparto por varias aldeas. También conocéis, algunos, a mi
hermana Helga. Vive en Balve y allí regenta un comercio, donde la he visitado esta mañana. Su cuñado es Friedrich Flick, un industrial de Kreuztal. Es miembro del NSDAP y estos días está en la sede del partido, en Múnich.
    —Pero, habla ya, hombre —se escuchó entre la gente.
  —Perdón, estoy un poco nervioso —dijo el panadero—. Al parecer, Friedrich Flick ha llamado a su hermano para comunicarle que esta mañana temprano Alemania ha recibido un ultimátum por parte de Inglaterra y Francia, exigiéndole la retirada de su ejército de Polonia.
    El templo se quedó de pronto en silencio, nadie se movía.
  —Esto ha ocurrido esta mañana temprano, porque a las once horas se ha recibido la declaración de guerra por parte de Inglaterra —tras una pausa, siguió diciendo—. Estamos en guerra con Inglaterra.
    Toda la congregación lo observó, en silencio.
   —¡Joder! —maldijo nuevamente Anton Sasse. Miró a los ojos a su esposa. Theresa escuchaba a Strauss con atención. Ya era la segunda palabra malsonante que salía de su boca en la casa de Dios aquella mañana, pero no le importó.
   —¡¿Como puedes estar tan seguro?! —gritó alguien desde la grada.
    —¡Yo he estado en Neuenrade esta mañana y no he oído nada! —gritó otro—. ¿Es segura esa información?.
     —¡Calma,  calma!,  no  olvidéis donde nos encontramos —habló el párroco—. Nada de palabras groseras ni levantar la voz.
    —¡Hacía años que no veía llorar a mi hermana!, y si ella lo dice, yo la creo —sentenció Strauss. Su mirada barrió las de los congregados, cruzándose nuevamente con la de Anton. El
panadero bajó y cruzó el pasillo, compungido, mientras un murmullo se adueñaba de la nave. Llegó a la puerta de doble hoja y la abrió, saliendo a la calle.
    A  las  17  horas de aquella misma tarde,  Francia declararía también la guerra a Alemania.


V


Hubert dejó la mochila y su maletín de pesca en el suelo, junto al de Hermann, y buscó una zona llana sobre el muro que encauzaba el agua hacia el antiguo molino. Su hermano le notó triste y sombrío. Durante todo el trayecto desde la granja hasta la Casa de la Torre no había pronunciado una palabra.
    Los dos hermanos solían aprovechar los momentos de ocio para hacer a pié los tres kilómetros y medio que había desde la granja, para pasar las mañanas pescando en el río Brüninghauser.
   Hermann sacó su caña de pescar con mosca de su maletín, la ensambló y colocó el carrete, pasando el sedal por las guías. Pasó un pequeño plomo por el final de la línea de pesca y colocó un anzuelo pequeño y muy fino en el extremo del hilo. Seguidamente tensó el sedal para comprobar el nudo y la elasticidad del anzuelo.
    Hubert no había abierto su maletín de pesca. Se había tendido a la sombra, echado boca arriba observando las hojas marchitas de los robles, cayendo con suavidad. Le gustaba sentir la tierra contra la espalda. Levantó la mirada al cielo, entre las ramas, y luego cerró los ojos. La hayas daban una pincelada cálida al otoño, mientras la luz de la mañana se filtraba entre el ramaje y las hojas.
   Hermann cogió su bote de lombrices, desenroscó la tapa y sacó una, gruesa y resbaladiza. La cogió fuertemente y la sujetó mientras empujaba la punta del anzuelo a través de la cabeza del anélido y hacia abajo. Empujó la punta del anzuelo hasta atravesar al gusano y tejió con él a lo largo de su cuerpo, dejando la cabeza junto al ojo del anzuelo. Tomó la caña por el mango, colocando la base del carrete entre sus dedos medios. Extendió su dedo índice hasta tocar la cubierta de la canilla, abriendo el asa del carrete con su otra mano.
    Buscando un punto en el horizonte y tomándolo como referencia, balanceó la caña hacia adelante y hacia atrás; y lanzó, siguiendo con la mirada el recorrido del cebo hasta llegar al agua. El impacto con la superficie produjo ondas circulares que crecieron hacia afuera, rompiendo la quietud del lago. Entonces metió el mango de la caña en un orificio del suelo.
    —¡Eh, Hubert, ¿no te apetece pescar hoy?
   Hermann notó la seriedad en el rostro de su hermano, cuando se sentó a su lado, pero sin abrir el maletín.
   —Mira,  has estado esquivo conmigo estos días —dijo—.Debes comprender que no tengo ningún deseo de marchar. Ya has visto que están movilizando a todo el mundo. Cualquiera con edad suficiente es llamado a filas sin contemplaciones. Si me negara a ir sería perseguido y encarcelado de por vida.
    Hubert  seguía  en  silencio,  sin  decir  nada.  A  su  hermano  le pareció ver un brillo húmedo en sus ojos.
    —¿Vendrás mañana a despedirme, verdad?.
    Su hermano menor lo fulminó con la mirada.
    —¡¿Mañana?!, pero, ¿ya te vas, tan pronto?
    —¡Venga, no seas crío! —dijo Hermann.
    —¿Crío, yo?! —le espetó Hubert, lleno de ira—. ¿Que yo soy un crío?. Yo no soy el que se larga a recorrer mundo dejando a papá con toda la carga que supone la granja.
   —Hubert, padre se las podrá apañar sólo, y en el pueblo no le faltará quién le ayude. Además, si la guerra se alarga, en un año te podrían llamar a ti.
   —¡¿ A mí?!, ¡Yo no voy a ir a ninguna parte! —gritó Hubert fuera de sí—. ¡No soy tan egoísta como tú!.
    —¿Como puedes pensar que sería capaz de dejar a papá sólo? —volvió a gritar.
    —¡Eres un mocoso egoísta! —gritó también Hermann.
   De repente, Hubert se levantó y sacando la caña de Hermann de su agujero, la lanzó todo lo lejos que pudo con rabia, cayendo a varios metros, en el agua. Acto seguido recogió su maletín y comenzó a marchar con pasos largos.
    —¡¡Hubert!! ¡Maldita sea!.
   Hermann se adentró en el lago, viendo que la orilla se inclinaba con suavidad. Los pantalones se le pegaron a las piernas. Sus zapatos hallaron la grava. El agua estaba tan fría que le impresionó.     De repente el agua le llegó a la cintura, cuando vio la caña en el fondo, ante él. El muchacho la recogió, mojándose casi por completo, mientras mascullaba «¡¡maldito crío!!». Entonces se giró, para ver que su hermano ya no estaba. Hermann salió del agua y se quedó de pie en el prado, chapoteando, con el agua resbalándole por los pantalones y saliéndole de los zapatos. Se acercó a los troncos y se sentó en uno. No quería forzar sus emociones.

Hermann llegó a casa a mediodía. Su madre le vio aparecer desde el porche de la cocina, empapado y fatigado tras la vuelta desde la casa de la torre.
   —¡¿Pero,  que  te  ha  pasado?!  —preguntó   Theresa—.  ¡Estás calado hasta los huesos!.
   —¡Ah!, nada, Hubert ha tirado mi caña al río —contestó mientras comenzaba a desvestirse.
   —¿No se lo ha tomado nada bien, verdad?.
  —No, para nada, es un cabezota —contestó—. ¿Sabes si ya ha vuelto?.
  —Oh si, ya lo creo, le he visto cruzar por el jardín y entrar en el granero, refunfuñando y maldiciendo.
  Hermann salió de la cocina por la puerta trasera para bordear el perímetro de la cerca hasta llegar al establo. Al entrar se percató de que la escalera que usaban para subir al pajar, no estaba.
   —¡Hubert!, ¡eh, Hubert! —gritó—. Venga, sé que estás ahí.
  —¡Largate! —obtuvo por respuesta desde arriba. Herman salió del establo y volvió a casa. Era hora de comer.

A media tarde su madre se acercó hasta la puerta del establo y se detuvo allí, recorriendo con la mirada la planta superior donde se almacenaba la paja, sin lograr verle.
   —Hubert, mamá te deja un plato de comida aquí abajo, tienes que comer algo. Escucha, mañana a las ocho sale el tren de Hermann. Vamos a ir todos a despedirle. Tienes que venir, tu hermano querrá despedirse de ti.
   Theresa no obtuvo respuesta, aunque sabía que su hijo estaba allí arriba. Desde pequeño se subía al establo cuando se enfadaba por cualquier cosa, o simplemente cuando quería estar sólo. Incluso, en ocasiones, pasaba la noche entera allí arriba.



VI


La larga columna avanzaba en la noche, entre la nieve. Los cerca de dos mil hombres iban escoltados por la caballería rusa. La larga fila estaba formada por soldados alemanes de infantería, aunque también habían cientos de civiles. La columna no se detenía por nada, por lo que los prisioneros se hacían las necesidades encima, sin detenerse.
   A los que caían exhaustos al suelo los obligaban a levantarse a golpes de látigo, sin bajarse del caballo. El que no se levantaba era exterminado a sablazos, aquellos perros no merecían malgastar una bala. De vez en cuando se escuchaban disparos en la noche helada, cuando algún compañero se desplomaba en la nieve incapaz de caminar más. Tras varios días de marcha, decenas de cadáveres quedaban olvidados a ambos lados del camino.
   Hermann Sasse cargaba a un compañero herido en una pierna. No se permitía aminorar el ritmo de la marcha y sabia que si lo dejaba en el suelo le darían muerte sin pestañear. Ante él se perdía en la distancia una interminable hilera de cadáveres vivientes, sucios y con las miradas desorientadas.
   El compañero que precedía a Hermann ya no aguantaba el sufrimiento. Se colapsó, se detuvo un instante y quedó arrodillado en la nieve a la espera de que un algún soldado del Ejercito Rojo le golpeara con la espada y finalizara su dolor. Sin embargo, dos prisioneros de la fila que le conocían le levantaron mientras le daban esperanzas. Sasse les escuchó mientras le hablaban de Alemania, de su hogar, al cual querían volver. Aquellas palabras le devolvieron el ánimo.
    No habían refugios disponibles para pasar las noches, de modo que los prisioneros dormían juntos sobre la nieve. Muchos se despertaban para encontrar a sus camaradas muertos y congelados junto a ellos. Las mañanas no traían consigo ninguna mejora, sino el horror de una nueva marcha.
   Al  día siguiente  les cargaron en un tren, en vagones de mercancías que apestaban a muerte. La gente se amontonó en el suelo como animales, mientras eran apretujados a culatazos y puntapiés. Un campesino se sentó junto a Hermann mientras mostraba los pies descalzos, apenas cubiertos con trapos. Entonces se cerró la puerta corrediza del vagón con un gran estrépito, quedando casi a oscuras.
   La gente gemía en la penumbra, cuando los guardianes debieron de perder la cordura, por algún motivo. Bruscamente se volvió a abrir la puerta con estruendo y un soldado lanzó una ráfaga de disparos de ametralladora hacia el interior del vagón. La gente gritaba aterrada, escondiéndose los unos tras los otros. Algunos de los más fuertes tiraron de los más débiles, usándolos como escudo. En aquel instante no importó si eran niños o mujeres. El campesino que iba descalzo se incorporó, y presa del pánico, saltó del vagón. A Hermann le dio la impresión de que todo sucedía a cámara lenta.
Aún no había tocado el suelo, cuando uno de los soldados
le descerrajó tres tiros a quemarropa con su pistola. Después, con el mismo tremor con que se había abierto, la puerta se volvió a cerrar, entre un festival de carcajadas que no cesaban.

De pronto, Hubert despertó sudoroso. Había tenido un mal sueño, un horrendo sueño. La larga marcha por la nieve, el vagón de tren.     El sol entraba por la puerta del granero y finos rayos de luz penetraban por algunos agujeros del techo del cobertizo.
    —¡¡Dios mio, Hermann!!, ¡el tren! —exclamó.
  Hubert   saltó desde  arriba sin poner la escalera, mientras se preguntaba atormentado que hora sería. su hermano marchaba a la guerra, y no podría perdonarse que le ocurriera nada malo sin haber hecho las paces con él. Rodeó el patio hasta llegar a la puerta de la cocina.
   —¡Cerrado!, ¡estúpido, soy un estúpido! —gritó—. ¡Maldita sea!.
   Corrió hacia el establo para ver que el carro no estaba.
   —¡La estación!
  Hubert corrió a la parte trasera en busca de la bicicleta, mientras recordaba que toda la familia habría ido a despedir a Hermann a la estación de Neuenrade. La vieja Diamant salió despedida por el camino, a toda velocidad.
   Recordó que hasta Affeln eran dos kilómetros escasos, más los casi seis que habían hasta Neuenrade. En aquel momento se dio cuenta de que todo carecía de importancia, la guerra, que su hermano hiciera falta en la granja, incluso su estúpido enfado del día anterior. Debía llegar a tiempo para despedirse de él, de lo contrarío no se lo perdonaría a sí mismo.
   Tenía el cuerpo agitado por un temblor cuando llegó a la calle principal de Affeln. Giró por la calle, dejando la Iglesia a su derecha, mientras miraba el reloj de la torre por el rabillo del ojo.
    —¡Las siete y treinta y cinco!, ¡puedo conseguirlo!
   La bicicleta corría a toda velocidad, mientras parecía levitar sobre el firme de la carretera. Hubert deseaba con todas sus fuerzas que la vieja bicicleta aguantara el esfuerzo. Rezaba en silencio que no tuviera un pinchazo o que se le saliera la cadena. «¡Ahora no, por Dios!».

La estación de Neuenrade era un sobrio y fiel exponente de la arquitectura ferroviaria alemana. Oscuros maderos contrastaban con el blanco de la fachada. Las jambas y dinteles de las puertas y ventanas estaban construidos en piedra de sillería de un tono claro y la techumbre de pizarra adquiría un tono gris oscuro con la luz del Sol.
   A primera hora de la mañana, la estación apareció inundada de gente. La gran mayoría eran familias que despedían a sus hijos. Las madres lloraban, mientras algunas agitaban sus pañuelos.
    —¡¿Nos escribirás, verdad?! —preguntó Theresa a su hijo.
   Las  lágrimas  recorrían  sus  mejillas,  sin  poder  contenerse.            Elizabeth  mostraba la nariz enrojecida por el resfriado de los días pasados, mientras junto a su hermana Helfriede se agarraban a su madre con fuerza. Anton Sasse intentaba mantener la compostura, consiguiéndolo a duras penas. Mahilde se apretaba a él con fuerza, mientras alargaba su manó en busca de la mejilla de su hermano mayor.
    —¡Todo el mundo arriba! —grito un oficial desde la puerta
de un vagón.
   Hermann besó a sus padres y hermanas entre lágrimas y subió al vagón. Lo recorrió sin perder de vista a los suyos, a través de las ventanillas. Dejó su equipaje y se sentó para saludar con la mano.       En el andén, la familia Sasse se había convertido en un ovillo, abrazados juntos. La estación se llenó de gritos de madres e hijos, del humo de la locomotora y silbatos de partida.
   El tren arrancó entre una gran humareda mientras avanzaba con esfuerzo. Hermann se acomodó en su puesto, mientras comprobaba por enésima vez que tenía todos los documentos en el bolsillo de arriba de su chaqueta. Volvió a echar el último vistazo a través de la ventanilla para ver a los suyos, a lo lejos. Estaban todos menos él, faltaba su hermano.
   Cuando Hubert llegó a Neuenrade, le dolían las piernas, como nunca lo habían hecho. Respiraba el aire frío atropelladamente, como si no hubiera suficiente oxigeno para él. Entonces oyó los pitidos del tren a lo lejos. Sorteó peligrosamente a varios transeúntes que cruzaban la calle principal, cerca de la estación. Creía que el corazón le iba a estallar. Desfallecido, resbaló peligrosamente en la cuneta al doblar hacia la estación.
   Los Sasse estaban viendo alejarse el tren, cuando oyeron gritos entre la multitud que ocupaba la parada. Theresa se volvió para acertar a ver a un joven que, montado en una bicicleta, cruzaba como una exhalación por el andén, sorteando a varios grupos de personas.
    —¡¡Hubert!!, ¡Demonio de chico! —dijo Anton.
  El joven condujo su bicicleta junto a la vía, intentando dar alcance al tren, que adquiría velocidad, abandonando la esta-
ción. Consiguió colocarse junto a los últimos vagones, a duras penas, mientras buscaba entre las ventanillas el rostro de su hermano.
   —¡¡Hermaaan!!, ¡¡Hermaaaan!! —gritaba con desesperación—. ¡¡Hermaaan!!.
   Herman bajó su bolsa del portaequipajes para guardar su gorra, cuando oyó a los pasajeros que ocupaban el asiento contiguo.
   —¡Dios mio!, ¡mira ese joven! —gritó una señora, mientras se asomada a la ventanilla—. ¡Ese muchacho de la bicicleta se va a matar!.
   Cuando Hermann oyó aquello, reaccionó.
   —¿Joven? ¿Bicicleta?..., ¡¡Hubert!!
   Cuando  se  asomó por  la  ventanilla el corazón le dio un vuelco.    Allí estaba su hermano, corriendo peligrosamente junto al tren.
   —¡¡Hubeeeert!! —gritó levantando los brazos—. ¡¡Hubert!!.
   —¡Cuidaré de todoooos! —gritó su hermano—. ¡Lo sientooo!.
  El joven Sasse detuvo la bicicleta exhausto, mientras se despedía de su hermano levantando los brazos.
   El tren siguió su camino hasta perderse de vista, doblando una de las colinas. Hubert dejó la bicicleta, que cayó al suelo, inútil, y se sentó sobre un fardo de lonas junto a varios pertrechos del cambio de agujas.
  Contempló la extensión de colinas, a lo lejos, donde se comenzaban a difuminar las desperdigadas casas del pueblo, y a continuación recorrió junto a la bicicleta la vía férrea hasta el andén.
    Los  Sasse  estaban  allí,  abrazados  juntos,  como formando  un único ser. Hubert llegó junto a ellos y bajó la vista hacia el suelo de piedra marrón clara, del color de los guijarros de la vía. Su padre le pasó el brazo sobre los hombros, y partieron.


VII


El 7 de septiembre, Josef Kaufer y Asunción Granell contraían matrimonio en la maltrecha iglesia del Salvador. Fue una boda sencilla, entre familiares y amigos de la pareja. No se lanzó arroz a los contrayentes, simplemente porque no había. Aquella mañana, el viento agitó el pequeño velo de la novia.
   Pasaron pocos días, hasta que Josef recibiera noticias del mundo del deporte. España intentaba caminar hacia la normalidad y la gente volvía a los estadios de fútbol. Rafael Valls tomó las riendas de la Unión Deportiva Levante-Gimnástico. Aquel club había nacido hacía pocos meses, de la fusión entre el Levante FC y el R. Gimnástico FC.
   Durante la guerra civil, el campo del Levante había sido destruido, pero seguía teniendo a sus jugadores. En contraste, el Gimnástico contaba con su campo, el Estadio de Vallejo, pero había perdido a la mayoría de sus jugadores en la contienda.

    Como resultado, Valls decidió contar con Josef como entrenador. Asunción le animó a aceptar. Berta se encontraba bastante mejor, además, aquello le ayudaría a olvidarse de la guerra que tanto le había marcado. El 25 de octubre, Josef Kaufer era nombrado entrenador del club.



No hay comentarios:

Publicar un comentario