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viernes, 29 de noviembre de 2013




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7 de julio de 1938

I


Un control de carreteras entre Barcelona y Castellón podía convertirse en una barrera infranqueable. Cuando se encontraba cerca de la capital de la comarca, estaba anocheciendo. A ambos lados de la carretera se apostaban grandes reflectores para rastrear el cielo en busca de aviones enemigos, mientras desde la lejanía llegaba el estruendo de cañones. Varios camiones cargados de soldados pasaron a su lado, peligrosamente cerca de su auto, levantando una densa polvareda.
   Tenía que llegar a su pueblo, como fuera, no le importaba el precio que tuviera que pagar. Avanzaba tras un convoy de vehículos militares que se movilizaban durante un trecho, para tras unos pocos kilómetros, volverse a detener.
  De joven, Juan Granell Pascual había cursado estudios de Ingeniería, pero acabó interesándose por la política y en las elecciones generales españolas de 1933, con apenas 40 años, fue elegido diputado por la provincia de Castellón. Por ello, aunque era natural de Burriana, residía durante largas tempo-
temporadas en Madrid.
   Una larga fila de gente caminaba pesadamente por la cuneta, abandonando la capital. Mujeres, niños y ancianos. Todos habían salido el día anterior de Castellón. Algunos con un voluminoso saco al hombro, otros arrastrando pequeños carretones cargados de enseres y pertenencias. Mostraban la mirada perdida, la ropa sucia, increíblemente rota y remendada. Varios niños pasaron junto a Granell, dedicando durante un lapso de tiempo una corta mirada de indiferencia al hombre elegante sentado al volante del auto con la capota bajada. El político los observó mientras se alejaban, con los zapatos desgarrados e informes, algunos incluso descalzos. España llevaba dos años de guerra civil y como en todas las guerras, la población se estaba llevando la peor parte.
  En marzo, las tropas franquistas habían entrado de forma imparable en la provincia de Castellón. El 4 de abril, la IV División de Navarra había ocupado varias poblaciones, partiendo en dos el territorio de la República. La zona costera de la carretera Valencia-Barcelona sería durante la primavera, testigo de violentos combates en los que la superioridad numérica y la decisiva intervención de la aviación italiana y la Luftwaffe alemana desbordaron la capacidad defensiva de los republicanos. Durante mayo y junio los bombardeos aéreos se habían vuelto más cruentos y devastadores.
   Un grupo de soldados vistiendo uniformes indescifrables le dieron el alto. Los soldados italianos de la CTV, con el dedo en el gatillo de sus ametralladoras, parecían ansiosos por disparar, pero algunos de aquellos jóvenes mostraban tanto miedo como él.
Granell reconoció inmediatamente a aquellos soldados del Corpo Truppe Volontarie, con aquellos cascos modelo Adrian. Supuso que aquel escuadrón debía formar parte de la fuerza italiana de combate formada por 50.000 soldados enviados por la Italia fascista de Benito Mussolini a España, en apoyo al bando sublevado. También la Alemania nazi de Hitler había enviado a 6.500 hombres que componían la unidad de voluntarios de la Luftwaffe, que una vez en territorio español recibió el nombre de Legión Cóndor.
   La Unión Soviética era el principal aliado del bando republicano, aportando carros de combate, cientos de aviones, piezas de artillería antiaérea y terrestre, además de cientos de pilotos y marinos profesionales.
   Tras entrar en Castellón, las tropas Nacionales habían avanzado hacia Valencia, cruzando el río Mijares y ocupando Burriana aquel mismo día. Aquella pequeña población había quedado seriamente afectada por los avatares de la guerra. Los fuertes bombardeos y la inminencia de la ocupación llevaron a gran parte de la población civil a refugiarse en alquerías y casas de campo. Durante la noche del 4 al 5 de julio, la 203ª Brigada del ejercito republicano había volado durante su retirada, la torre-campanario, destruyendo además la techumbre de la iglesia. La destrucción se había adueñado del centro de la ciudad. El político partió al día siguiente hacia Barcelona para desde allí bajar por la carretera de la costa, en poder de los nacionalistas.
   Aquellos militares italianos entendieron a duras penas que aquel demente quería pasar, que tenía que llegar a Burriana. Se miraron entre ellos, estallando en carcajadas, mientras hacían comentarios jocosos que él no llegó a entender. Uno
de ellos se alejó para dar parte a un superior. Un alférez se volvió, cruzando una mirada con Granell. El hombre tenía el cabello castaño y una barba de varios días, irregular. El oficial se acercó mientras seguía observando al político.
   —¿Que quiere ir adonde? —preguntó el oficial—. ¿Pero es que no ve que esto es un frente de guerra?. Granell le explicó quién era él y sus motivos para querer llegar a Burriana.
  —¡No le puedo dejar ir sólo! —volvió a decir el oficial—. La aviación republicana sigue protegiendo la retirada de esos malditos republicanos y entrar en Castellón es una locura.
   —Yo que usted, daría la vuelta y me iría por donde a venido.
  El oficial se volvió para marcharse, mientras maldecía para sus adentros.
  Granell tenía claro que no había llegado hasta allí para nada y caminó tras el oficial, cogiéndolo del hombro.
   —¿Es que no me ha entendido? —volvió a gritar aquel alférez.
   —No me voy a mover de aquí hasta que pueda continuar.
   —¡Es usted cabezota!, ¿eh?.
   —De acuerdo —dijo, mientras paseaba la vista, como intentando buscar una solución.
  —Ve esos  camiones,  pues van a  Villareal. Mandaré que le acompañen varios soldados y desde allí podrá continuar solo. El oficial dio varias órdenes y unos soldados recogieron sus armas y se encaminaron hacia el auto del político.
   —¿Quiere usted que conduzca? —preguntó un sargento, mientras saltaba dentro del auto.
   El ruido del motor ahogó la respuesta, mientras los soldados pensaron que sólo a un loco se le ocurriría viajar por una zona de guerra en un descapotable. Aquel Hispano-Suiza T26 había aguantado estoicamente el viaje desde Madrid hasta allí sin demostrar flaqueza. Granell dijo que el coche formaba parte del parque móvil para los agregados al ministerio.
   Cuando alcanzaron su primer destino, a unos 9 kilómetros del último control, era media tarde. Castellón había sido arrasado.   Llamaban la atención las heridas de bala en los edificios. La ciudad había sido bombardeada por aire por los Savoia Marchetti SM 79 italianos y por los Junkers JU 52 de la Luftwaffe, en el bando nacional, pero también lo había sido por mar. Con anterioridad, el 26 de diciembre de 1937, el crucero nacional Canarias lanzó sus proyectiles desde una zona próxima al Grao de Castellón y estos caían con gran estrépito sobre la ciudad. Para proteger a la población se empezaron a construir diversos refugios antiaéreos.
  La plaza que antes ocupaba la Concatredal de Santa María, incendiada en los primeros días de la contienda, se apareció a ellos convertida en un sembrado lleno de cadáveres.
    Hubo muchas más víctimas inocentes, sobre todo cuando salieron de la capital, en dirección a Villarreal. El largo viaje de llegada les llevó a través de infinitos campos de naranjos.
   Una compañía de tanques T-26 avanzaba lentamente, atravesando Villareal, mostrando a su paso un pueblo en ruinas. Aquellos tanques ligeros soviéticos eran suministrados por el ejército rojo a los republicanos, pero muchas de aquellas unidades fueron capturadas por los nacionales, siendo utilizados por éstos contra sus antiguos amos. Granell avanzaba tras los blindados, mientras contemplaban boquiabiertos el paisaje que venía a su encuentro, varias casas se ofrecían a los hombres, asoladas hasta los cimientos.   Después de varios kilómetros de lento avance, los carros de combate se desviaron de la carretera para detenerse en un puesto de control.
  Granell se despidió de sus improvisados escoltas y continuó viaje, mientras se escuchaba alguna ametralladora lejana en las manos enloquecidas de algún soldado. A lo lejos comenzó a divisar                Burriana, impregnada de columnas de humo que se perdían en la tímida claridad del amanecer.
  Llegar al centro de la población se convirtió en una tarea imposible, varias viviendas se habían convertido en una montaña de escombros, impidiendo el paso. Comenzaba a anochecer cuando un grupo de militares intentaban apartar varios automóviles que habían sido usados como barricadas.
   Granell dejó el vehículo para proseguir a pie, mientras observaba varios montones de escombros y viejos muebles que habían sido usados para cortar la calle y que estaban siendo retirados por los nacionales. Se levantó en aquel instante una ligera brisa, como intentando limpiar la calle de sombras y cenizas. Entonces llegó a la Plaza del Pla, y quedó perplejo ante aquella visión, contemplando una parte de las consecuencias de aquella explosión pavorosa.            Granell quedó mudo, porque aquel era uno de aquellos días en que las palabras se quedaban sin aliento, desplomadas junto a la sinrazón, inválidas para reflejar lo que allí había sucedido. La dantesca explosión había borrado las fachadas de los edificios colindantes a la iglesia. Los árboles que antes florecían en el paseo mostraban sus troncos aún humeantes, carentes de vida. Algunas contraventanas de las viviendas colgaban peligrosamente de un sola bisagra, balanceándose mecidas por la brisa.
   En el lugar que antes ocupaba la esbelta torre campanario, ahora había un grotesco muñón de apenas 12 metros, asomando sobre una montaña de escombros.
  —¿Pero donde demonios están las campanas? —se preguntó Granell en voz baja.
  —Acabamos de encontrar una —oyó que contestaban a sus espaldas. El hombre al que vio acercarse era un conocido suyo, Juan Felíu, un empresario al que consideraba un amigo.
   —Los franquistas acaban de nombrar una Comisión Gestora que quieren que presida yo, en calidad de Alcalde —volvió a decir Felíu—. Ya hemos comenzado a retirar los escombros, pero es una ardua tarea que nos llevará varias semanas, incluso meses.
   —Una de las campanas ha caído cerca del domicilio del sacristán, pero las demás, no han aparecido aún — siguió diciendo.
   La  más  grande,  la  llamada  “Campana  del  Nostre Senyor",  de cerca de 1600 kilos no había aparecido aún.
   Los dos hombres rodearon aquel caos para adentrarse en la iglesia. En su interior se podía ver el cielo. Las bóvedas y la cubierta de la nave estaban a sus pies, en el suelo. Todo estaba cubierto de escombros entre vigas verticales, apuntando al cielo. El Retablo del Altar Mayor, se les apareció destrozado, irreconocible. Granell se despidió de su amigo entre lágrimas, para acercarse a su casa.
   La vivienda familiar de los Granell Pascual estaba a mitad de la calle San Jaime y había sufrido un prolongado abandono después de que él se trasladara a Madrid. Una descuidada pero elegante puerta castellana de doble hoja mostraba un viejo
cristal deslustrado y unas bonitas contraventanas enmarcaban los ventanales. Con mano temblorosa giró la llave y su rostro dibujó un gesto de asombro al entrar. La sala de estar ocupaba la mayor parte de la planta baja, con una vieja mesa en el centro y la pequeña chimenea a un costado.
   El polvo envolvía la vivienda, mientras el político paseaba las estancias en evidente estado de abandono. Entonces, de pronto la vio a través de la puerta que daba al patio. La “Campana de Nuestro Señor" yacía abatida en el patio interior de la vivienda.           Sobrecogido, se sentó en una vieja silla para contemplar aquella mole, rota en pedazos y semienterrada en el suelo de tierra, tras lo que debió ser un terrible impacto. El antiguo ingeniero calculó la distancia existente entre donde estaba ubicado el campanario y su casa, y no podía explicarse que aquella campana tan pesada hubiera volado hasta parar allí, a más de 250 metros de distancia. Dio gracias a que la gran campana hubiera caído en el corral porque si lo hubiera hecho sobre el tejado de la vivienda, el destrozo habría sido de proporciones incalculables. Allí estaba la campana más grande de la torre. En aquel momento, en la oscuridad de la noche, en su mente comenzó a germinar una idea, un deseo.


II

17 de julio de 1938


Las ruedas traqueteaban sobre los desiguales adoquines de la calle. A pesar de la destrucción, Josef reconoció vagamente las familiares calles grises y la plaza del Pla, con su jardín en el centro. En cuanto tuvo noticias de la liberación de Burriana, pidió varios días de permiso para viajar a ver a los suyos.
   El camión que lo transportaba desde la estación se detuvo y él se apeó de un salto, caminando a través de la multitud y sorteando los escombros dispersos por el pavimento. Quedó boquiabierto al ver su preciada iglesia sin el campanario. Varias decenas de hombres acarreaban los escombros, mientras otros desmontaban los restos de los edificios colindantes, ayudados con cabestrantes manuales y picos. Tres mujeres transportaban los escombros pesadamente, en carretillas. Entonces decidió marchar de allí y giró la esquina caminando hacia la calle Menéndez Pelayo.
Notaba en su rostro el calor del sol de mediodía, cuando la observó a lo lejos.
   Asunción Granell iba vestida con unos pantalones, una sucia blusa de colores y una chaqueta de lana sin abrochar, desgreñada y enarbolando una pala. El sudor le corría por la frente, resbalando por sus mejillas hasta el cuello. Aún así estaba radiante. La calle se mostraba repleta de gente. Los vecinos se ayudaban unos a otros en la limpieza de los escombros. Varios sillares de grandes dimensiones procedentes del campanario habían sido despedidos por la explosión, llegando hasta allí convertidos en proyectiles que lo destrozaron todo a su paso. Uno de aquellos bloques de piedra había impactado contra la reja de una de las ventanas de su casa.
   Berta la ayudaba, mientras con sus pequeñas manos recogía los cascotes que depositaba en el carretón. Entonces, ante la extrañeza de Asunción, la niña quedó petrificada, mirando en dirección opuesta, al final de la calle.
    —¿Papá? —dijo entonces la niña.
  El corazón de Asunción dio un vuelco y giró la cabeza en dirección hacia el callejón, con un gesto espectante en el rostro. Un militar las observaba desde la distancia, al principio de la calle. Llevaba pantalones bombachos y una boina de color rojo, donde se adivinaba una estrella de un tono amarillo brillante. El hombre las miraba a través de sus lentes. Sujetaba al hombro un saco mientras comenzó a andar en su dirección, despacio, como si disfrutara de aquella visión, como si no tuviera ninguna prisa en que acabara. Entonces le reconoció, el hombre que venía hacia ellas era Josef Kaufer, su José.
   Asunción contempló a aquel hombre con ternura, al tiempo que las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas, mezclándose con la suciedad que las cubría. Aquella mirada a lo lejos, mostraba a un hombre de bien que anhelaba una vida sencilla. Su mayor deseo era crear una familia con la mujer que amaba. Por ello se enamoró de él. Era un hombre decente y de buenos sentimientos.
    Al ver la delgadez y las ojeras que marcaban su rostro, supuso que habría sufrido mucho desde que se vieron la última vez, hacia ya dos largos años.
   Asunción dio unos pasos temblorosos hacia adelante, y entonces echó a correr, dispuesta a fundirse en un abrazo con el hombre que venía hacia ella. Cuando llegaron el uno junto al otro, Josef apretó a Asunción contra él, levantándola del suelo. Ella pasó los brazos alrededor de su cuello, y lo besó. Entonces la pequeña Berta llegó junto a ellos. Su padre la levantó en volandas mientras la llenaba de besos, y de repente y con una pasmosa seriedad, dijo:
    —Ya te dijo papá que no te olvidaría, mi amor.


III


La noche vestida de oscuridad cubrió el cielo y pequeñas atracciones de feria cobraron vida. La plaza del Pla intentaba recuperar la normalidad. Las autoridades habían preparado una verbena para recibir a los soldados que estaban llegando a Burriana desde el frente. Todo era luz, música, risas, gritos y conversaciones animadas. Se había preparado un pequeño baile en la plaza, con varios puestos de venta ambulante. El día anterior, casi todos los muchachos del pueblo estuvieron colaborando con los organizadores del pequeño festejo, ayudando a colgar los adornos de tiras de colores que cruzaban las calles que acababan su recorrido en la plaza. Por entonces, la mayoría de los vecinos habían regresado al pueblo.
   Los Granell organizaron una sencilla fiesta para celebrar el pequeño permiso de que disfrutaría Josef. Él se sintió agrade-
cido por el detalle, pero en realidad hubiera preferido no ser el centro de atención y poder disfrutar de la tranquilidad de ver que todos estaban bien y a salvo, aunque le encantó volver a ver a los viejos amigos, entre los que se encontraba Juan Granell. El diputado le puso al corriente de su llegada al pueblo. Y la impresión que le produjo encontrar una gran campana en el patio trasero de su casa.
   Cuando finalizó la cena, Josef y varios invitados se acercaron a la plaza, entre el bullicio y las puertas de las casas abiertas de par en par, como si la guerra estuviera ya lejos de allí, como si no hubiera ya nada que temer.
   Él lucía un elegante traje a rayas, con chaqueta cruzada con doble botonadura y anchas solapas. El conjunto se completaba con una camisa de cuello americano, corbata oscura y pañuelo blanco de bolsillo. Caminaba de la mano de Asunción. Ella vestía una falda de tubo en terciopelo de seda plisada. Una chaqueta tres cuartos en crepé y unas sandalias con tacón y tiras de vivos colores que dejaban ver los talones y los dedos a la vista. De la otra mano, Josef llevaba a Berta.
   La niña vestía una falda de jaretas horizontales con volantes en la zona inferior, mientras el cuerpo llevaba varias jaretas verticales, con un remate en ondas en el cuello. Las mangas formaban volantes a juego con la parte inferior de la falda. Ceñía su cintura un precioso cinturón bordado en crochet, con una gran lazada por detrás, mientras la espalda iba abotonada. La niña aprovechaba cuando pasaban ante alguna tienda para observar con detenimiento su reflejo en el cristal del escaparate.
   Tan pronto llegaron a la plaza, Josef compró varios dulces para su hija. Berta sonrió al tomar su algodón de azúcar
mirando de soslayo a su alrededor. La plaza lucía preciosa, adornada con las tiras de guirnaldas de papel que la brisa agitaba.
   Varios grupos de militares bailaban alegremente. Josef y Juan Granell charlaron durante horas, mientras su amigo le interrogaba sobre su estancia en la cheka de Valencia. Más tarde, se sumaron a la tertulia varios amigos y conocidos, entre los que se encontraban Mossen Elias, el párroco, y Vicente Piqueres, el amigo y maestro ebanista que había realizado la carpintería de la nueva casa.
   Bien entrada la noche, Josef y Asunción se despidieron de los demás y regresaron al hogar.
  Berta dormía en su habitación, mientras ambos continuaron charlando hasta altas horas de la madrugada, rodeados por el bullicio de la calle que comenzaba a recuperar su normalidad perdida. Asunción le comentó que al día siguiente a la ocupación, habían comenzado los registros y la incautación de documentos.          Los franquistas habían actuado en la Subdelegación Marítima y en los locales de las Juventudes Libertarias. También habían realizado detenciones en la sede del Círculo Socialista y en los locales de Unión Republicana e Izquierda Republicana, además de efectuar registros en el Ayuntamiento. Ya habían llegado noticias de fusilamientos en masa, tras juicios sumarísimos sin ninguna garantía.
   El general Franco había prometido que quien no tuviera las manos manchadas de sangre, no tendría nada que temer de la justicia, y muchos de los que huyeron, excombatientes y miembros de partidos y sindicatos del Frente Popular, estaban volviendo confiados a sus localidades de origen. Josef esperaba que el general mantuviera su promesa y no comenzaran las represalias contra los vencidos.
   Josef observaba a Asunción; estaba radiante. Había pensado comentarle aquellos sueños tan extraños que le mortificaban desde hacía meses, pero en aquel instante decidió no hacerlo.
   Una hora después, Josef entró a hurtadillas en la habitación de Berta para ver como se encontraba su hija. Permaneció un buen rato contemplándola en la semioscuridad, iluminada por la tenue luz de la luna que atravesaba la ventana. Hasta se atrevió a acariciarle un mechón de pelo sin llegar a despertarla. Con el paso de los años, su hija había desarrollado un gran parecido físico con su difunta esposa, por lo que no soportaba mirarla durante mucho tiempo seguido.


IV


25 de septiembre de 1938

Se tocaba diana a las seis de la mañana. El campamento adquiría de pronto una vida ruidosa, entre los gritos de los soldados y el tintineo de los platos y los vasos de estaño. Se ordenaban en dos filas, a partir de un enorme caldero de café y un gran cajón colmado de mendrugos de pan con manteca, mientras esperaban pacientemente la distribución del desayuno. A las siete se pasaba lista y los hombres subían al monte armados de pico y pala. Josef había sido enviado al sector de Lebrancón, en la provincia de Guadalajara, donde se había iniciado la construcción de una carretera desde aquella pequeña aldea hasta la de Cuevas Minadas. La construcción de la pista recayó en él. Josef se encargaba de la contabilidad y del avituallamiento de los hombres, mientras el trazado recaía en un topógrafo que estaba a sus órdenes.
   Varios hombres trabajaban colocando barrenos sobre el firme y otros machacaban la piedra, mientras la carretera avanzaba con lentitud y sigilo, como una gran serpiente.
   Hasta entonces, los hombres habían trabajado a lo largo de la llanura, y la tierra a nivel hacía imposibles los errores. Pero desde allí en adelante la pista tuvo que sortear los cerros y descender al valle del río Gallo. Era necesario planear el trazado cuidadosamente. Esto les llevó tres largas semanas, durante las cuales Josef se adaptó, sin darse cuenta, a la rutina diaria.
   El último de los extraños sueños había tenido lugar el siete de enero de aquel mismo año, por lo que hacía varios meses que aquellas pesadillas habían dejado de mortificarle.
   Josef amanecía al tajo a caballo, un nervioso alazán de crines espesas, y llevando el fusil en bandolera. En las primeras horas de la mañana, parejas de soldados de caballería hacían un recorrido de reconocimiento entre las posiciones, para intentar dar caza a los francotiradores republicanos. Aquellos hombres con fusiles de precisión se apostaban en lo alto de los cerros para intentar entorpecer en la medida de lo posible la construcción de aquella carretera. Un tiro afortunado les hacía partícipes del final de la vida de un enemigo y de la disminución en el número de hombres
para la terminación de la pista. Además, aquel maldito alemán estaba continuamente en sus puntos de mira, pero aún no habían conseguido darle caza.
   A la izquierda se sucedían las montañas de calizas y areniscas rojizas, mientras a la derecha se alineaban los cortes arrancados a la roca por el río Tajo. Verticales y encajonadas arameras por las que fluían pequeños arroyos de orillas cubiertas de sabinas, enebros, quejigos y encinas. El último tramo de la pista discurría por un valle que no era más que el lecho de una torrentera donde se vertían las aguas de las montañas en la época de lluvias. El firme quedaba en alto, y enfrente se levantaban varios cerros que cortaban el fondo del arenal.
   Después de una marcha de varias horas asfixiantes por el calor y el polvo blanquecino levantado en la arena por las patas de los mulos, llegaron al pie de Cuevas Minadas. Un arroyo trazaba un semicírculo alrededor del cerro donde se asentaba el pueblo, cuya cresta era plana, como si un gigante hubiera arrancado su cumbre.     En aquella llanura se encontraba la nueva posición. Era una extensión de terreno rodeada de alambre de espino oxidado y roñoso donde se amontonaba una Compañía de infantería y una batería de 75 mm, protegidos por un círculo de diez mil sacos terreros. Dentro, les recibieron tiendas de lona polvorientas y dos pequeños cobertizos de madera y mampostería.


V


Josef se encontraba de nuevo en Lebrancón. El 11 de octubre se había vuelto a hacer cargo de la Compañía de ametralladoras y se dedicaba a tiempo completo a intensas jornadas de instrucción.
  El amanecer llegó con una niebla helada, envolviendo el campamento en la tristeza. Algunos hombres habían hecho una hoguera para intentar entrar en calor. La línea republicana, a casi un kilómetro de distancia, quedaba en la otra margen del río Tajo. Josef regresó al barracón para tomar un escaso desayuno que constaba de pan duro y jamón curado en aquellas frías tierras. Era una mañana triste, que dedicó a pensar en los suyos. Asunción llegó a su memoria, y después tuvo un recuerdo para su hija. Desearía estar junto a ellas ante la chimenea, viendo las ascuas consumirse, escuchando sus voces aterciopeladas, mientras hablaban de cualquier cosa. Lo que dijeran era lo de menos.
    Un cabo entró en el cobertizo y dijo:
   —Le llaman por teléfono, señor. Es del cuartel general, al parecer ha recibido un telegrama.
  Josef se sorprendió, ya que toda su correspondencia seguía llegando a Villastar, y alguien se había tomado muchas molestias en localizarle en aquel escondido rincón del alto Tajo. Preocupado salió del cobertizo y se dirigió hacia una construcción de mampostería donde se hallaba el puesto de mando.
   Se agachó para entrar y levantó un viejo teléfono de campaña.
   —Kaufer al aparato
   —Buenos días, alférez —dijo una voz ronca que él no conocía.
   —Cabo Herrera al aparato. Le llamo desde el puesto de mando de Villastar y tengo un mensaje urgente de su casa. Es un telegrama que llegó desde Burriana ayer mismo.
   —¿Que dice el mensaje, cabo?
   —El mensaje dice que su hija está muy enferma, señor —volvió a decir la voz al otro lado de la línea.
  Kaufer se sentó sobre un cajón de madera. Los sueños..., por fin entendía la razón por la que llevaba tanto tiempo teniendo aquellos malditos sueños.
   —¿Sigue ahí, señor? —preguntó el cabo Herrera.
  —Sí, sí —dijo Josef—. Muchas gracias por hacerme llegar el mensaje, cabo, es muy importante para mí.
  —Espero que todo vaya bien, señor —intentó decir Herrera desde Villastar, pero el alférez Kaufer ya había colgado.
Josef apoyó las manos temblorosas en el borde de la mesa mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero estaba decidido a no llorar.


VI


A las diez y media del día siguiente, y tras una noche de viaje sin descanso, Josef entraba en Burriana. Había sido un largo viaje en el que sus miedos se apoderaron de él. El pueblo se abrió para recibirle entre escombros y casas en ruinas, pero él no tuvo tiempo de ver nada. Asunción no confiaba en que pudiera conseguir un pequeño permiso para desplazarse a casa, y se sorprendió al verle llegar. Él también se extrañó del ambiente triste que envolvía la vivienda.
   Los frasquitos de medicinas acaparaban la mesita en la habitación de la pequeña. Berta estaba postrada en la cama con su cabeza hundida en un almohadón. Josef cogió su mano cálida y la acercó a su mejilla. La niña tomó la suya y comenzó a besarla, acercándola a su rostro.
   Berta había contraído Tuberculosis, y durante todo aquel mes su salud había empeorado. Por las noches apenas dormía, envuelta en la colcha, sudando acurrucada en la cama; y durante el día se sentía dominada por una inmensa debilidad. Las continuas náuseas le impedían comer, por lo que la niña perdía peso sin remedio.
  Josef se sintió culpable por que fueran otras personas las que ocuparan su tiempo en el cuidado de su hija. Maldijo aquella guerra que le impedía dedicarse por completo a ella, asimilando con más tiempo y detalle su crecimiento. Consideraba que aquello no era vida para ninguno de los dos, y creyó que tal vez debía haber marchado con la pequeña a Alemania hasta el fin de la guerra.
   El doctor le había recetado unos medicamentos que en el mejor de los casos llevarían a la niña a una notable mejoría, pero que debido a sus efectos secundarios, tendrían nefastas consecuencias en su esqueleto. Además, les aconsejó que debía descansar, aunque era conveniente que tomara aire puro, por lo que Josef aprovechó aquellos días para dar largos paseos por la playa con su hija en brazos.
   La brisa  mecía  sus  cabellos,  mientras  el agua  de  la orilla acariciaba sus pies. Berta era feliz con aquellos paseos por la orilla del mar. Deseó que su padre no tuviera que marchar de nuevo.
  Josef aprovechó aquellos días para meditar y hablar consigo mismo sobre lo que esperaba del futuro. Tras darle muchas vueltas, supuso que su vida estaba en un momento de transición, y deseó que la guerra terminara cuanto antes. Volvió al frente una semana después, pero sus pensamientos ya no volverían a estar donde debían.


VII

26 de enero de 1939


Eran las 06:15 de una noche fría y despejada, cuando Josef llegó con treinta y cinco Requetés voluntarios al Vado Salmerón, un lecho bajo lleno de fango que cruzaba el río Tajo. El negro barro se apareció amasado por pies de hombres, huellas de vehículos y patas de caballos. Los republicanos habían construido un pequeño puente allí cerca y el alto mando temía que estuvieran preparando un asalto a sus líneas. Para evitar sorpresas, Josef había recibido la orden de volar aquel puente. Los hombres avanzaron semiagachados por la línea de la orilla.
   Al final del recodo del río se encontraban los republicanos. El único sonido que les acompañaba era el rumor de la co-
rriente. Josef inspeccionó el territorio circundante. Al sur el río se ensanchaba, fluyendo entre marismas, mientras al norte la orilla estaba salpicada de grupos de pinos y pequeñas arboledas. A cien metros al oeste se encontraba el puente, y tras él se veían varias trincheras. Armados con fusiles y una ametralladora, se lanzaron hacia el puente bajo la protección de la noche.
   Josef ordenó a sus hombres que permanecieran tras las rocas, mientras él se adelantaba hasta el puente para echar un vistazo. No pensaba arriesgar las vidas de sus muchachos si podía evitarlo.            Entonces, el puente apareció ante él. Aquella sencilla estructura de vigas de hierro se apoyaba sobre dos pilares centrales, en medio del río. Pero el enemigo había retirado varias secciones del firme que daba a la orilla donde se encontraba él.
   Josef maldijo en silencio, aquello imposibilitaba el llegar hasta los pilares del puente y colocar las cargas explosivas. Separó el alambre espino que corría paralelo al puente e intentó pasar a través de él sin enredarse. Se acercó a la orilla, para comprobar que el excesivo caudal le dificultaba llegar a nado hasta los pilares del puente.
Se preparaba para volver atrás, cuando un repentino ruido le hizo mirar hacia el norte.
   Nunca antes había visto tanto movimiento de tropas en los meses que llevaba vigilando aquella orilla. Varias piezas de artillería eran arrastradas hacia un claro, mientras les seguía un camión cargado, supuestamente, con munición pesada.
  Entonces apareció un grupo de hombres empujando una gran ametralladora que colocaron a la derecha del camino, tras el parapeto de una pequeña trinchera.
   Josef trepó sobre un lado del camino para ver a varios camiones que aparecieron de pronto. Con rapidez, descendieron de ellos lo que a él le parecieron dos Compañías al completo, a juzgar por los cerca de doscientos hombres que comenzaron a sentarse contra los troncos de los árboles del bosque aledaño a la orilla. Les vio perfectamente gracias a la luz de la luna, echados sobre un costado.   La luz les daba de lleno en la cara, mostrando sus gorros de campaña echados a un lado. Aquello tenía que formar parte de una cadena de posiciones fortificadas que debían extenderse entre las montañas de la margen izquierda del río.
Le dio la impresión de que aquellos hombres se estaban preparando para un ataque inminente.
  Con precaución, volvió sobre sus pasos y tomó la decisión de retirar sus fuerzas, ordenando volver a Lebrancón. Desmontaron la ametralladora, se colgaron los fusiles a la espalda y comenzaron a retroceder. Josef volvió a dirigir la vista hacia el puente, mientras maldecía, después se sumó a sus hombres en la retirada.
   Llegaron a su campamento sobre las 11.00 de aquella mañana y Josef se apresuró a llamar al cuartel general para informar del movimiento de tropas y del inminente ataque. Se sentó frente a la máquina de escribir y comenzó a redactar un informe. Una vez terminó, se lavó, comió algo y volvió a salir con tres hombres hacia el Vado Salmerón.
   Su  reloj marcaba las 13:00 horas,  cuando llagaron  frente  al puente. El efecto sorpresa otorgó ventaja a los dos Messerschmitt Bf-109E-1 de la Legión Cóndor y pertenecientes al Jagdgruppe 88.
   Los dos cazabombarderos habían despegado desde el aeródromo de Santo Tomé, en Segovia. Volaban muy bajos, mientras el ruido lejano se convertía en un fuerte zumbido que ahogó los demás sonidos, envolviendo el valle en un estruendo ensordecedor. Los republicanos levantaron las cabezas, pero tuvieron tiempo para poco más. Esperaron en tensión desde los refugios la caída de las bombas.
   Los cazas descargaron 4 bombas de 50 kilogramos cada una, entre el puente y el punto donde estaban destacados los republicanos, al mismo tiempo que barrían la posición con sus 2 ametralladoras MG 131 de 13 mm.
   Un silbido estremecedor anunció la caída de las bombas y el tronar de las explosiones se mezcló con el eco que devolvían las colinas, convirtiendo aquel recodo del río en un manicomio infernal.
Sobre las 13:15 un fulgor blanco estalló en el cielo, absorbiendo la luz del sol.
   Josef había alcanzado la orilla del vado cuando saltó el puente. Hubo un estrépito endemoniado, mientras el centro de la estructura se levantó por los aires, describiendo una gigantesca ola.
   La violencia de las explosiones le dejó sin aliento, mientras varios sectores del puente comenzaron a caer lentamente. La mayor parte de la estructura se precipitó al río. Las grandes columnas y largueros repletos de remaches caían al agua para desaparecer bajo la superficie. La rotura de los puntales que sujetaban la estructura a las orillas proyectó restos de fragmentos y remaches en todas direcciones, con una fuerza que los convertía en verdaderos proyectiles.
   Cuando todo terminó, Josef levantó la cabeza y observó lo que quedaba del puente. Toda la sección central había desaparecido. El camino y el lecho del río estaban sembrados de restos retorcidos, mientras el humo comenzó a saturar el aire.
   El pequeño bosque donde antes habían estado las dos compañías enemigas era ahora pasto de las llamas, y en el campamento enemigo todo eran gritos y confusión.
   Josef se limpió las gafas con un pañuelo, con parsimonia. Frotó a conciencia. Las miró al trasluz con un gesto de satisfacción y se las puso. Recogió su fusil, se lo echó al hombro y junto a sus hombres, comenzó a subir la cuesta en dirección al bosque. Aún se oía el rumor de los Messerschmitt alejándose, cuando desató el caballo. Montó y hundió las espuelas en los flancos de su montura, precipitándose camino arriba, con la sola compañía del martilleo de los cascos.
  Dos días más tarde, Josef recibía un telegrama desde San Sebastián, en el que se le comunicaba su ascenso al grado de teniente del Tercio de Requetés de Santigo.
   Finalmente serían enviados a bordo de camiones hacia Teruel. A finales de marzo comenzaron a llegar las primeros rumores sobre el fin de la guerra, que se daría por terminada el 1 de abril de 1939 con el último parte de guerra firmado por Francisco Franco, declarando su victoria.


Dos días después, Josef salía con sus hombres hacia Valencia para participar en el Desfile de la Victoria por las calles de la capital.
Josef lucía la Medalla de Campaña, dos Cruces Rojas y dos Cruces de Guerra. Aquel mismo día pedía ser licenciado del ejército, pero se lo denegaron, y aún tuvo que esperar varios meses, recibiendo la notificación el trece de julio. Por fin volvía a casa.


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