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jueves, 28 de noviembre de 2013




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17 de abril de 2013

I


Hay momentos en la vida en que no podemos evitar que los hechos ocurran. Podemos dejarlos pasar, como si simplemente fuéramos actores sin poder de decisión, y dejar que otros sean los protagonistas. O podemos decidir si queremos tomar parte en ellos, y hacerlo. 
   El día en que regresé a casa con la fotografía de Hubert Sasse, decidí involucrarme, y tomé la firme determinación de narrar esta historia, y sabía que debía contarla tal y como ocurrió. Tenía la firme convicción de que ninguna historia es totalmente exacta, y que nadie posee el poder de contar lo que realmente sucedió, por lo que tenía asumido que esta sería una versión limitada, relativa y, en el mejor de los casos, posible, de los hechos.
  Tenía el propósito de sacar a la luz de manera ordenada y cronológica la historia de Hubert, abarcando toda su trayectoria, aún antes de su ingreso en la Kriegsmarine, cuando apenas era un niño. No quería narrar una historia inventada, ni con personajes ficticios; simplemente porqueHubert no lo merecía. Quería ser fiel a la realidad, y para ello debía conocer a su familia, a sus padres y hermanos. Pero sabía que los obstáculos con los que tropezaría serían prácticamente insalvables. Obstáculos que en otro tiempo, sin los actuales adelantos, se hubieran considerado ciertamente insondables.
   Entre los documentos de Marta se encontraba una carta, remitida desde Alemania en 1982. Aquella carta me proporcionaba tan sólo un nombre y un apellido. Además de una dirección en aquel país del que yo apenas conocía nada. El remitente estaba a nombre de Mathilde Erner, desde Birnbaum, en Affeln. Cabía la posibilidad de que aquella mujer ya no residiera en aquella dirección. Incluso podía ocurrir que ya hubiera muerto. La probabilidad de localizar a las personas que compartieron su vida con Hubert Sasse se me antojaba algo parecido a un milagro, principalmente por los setenta años transcurridos tras la II Guerra Mundial. Me equivocaba, naturalmente, porque entonces el milagro ocurrió.
   Aquel  hilo  que fui  hilvanando pacientemente me llevó a encontrar, tras muchas dificultades, a la familia de Hubert en la actualidad, en Alemania. Aquel día la fotografía del joven viajó, gracias a la magia de Internet, a través de Europa para volver a casa. Una Europa muy cambiada, muy diferente a la que había cuando se hizo aquel retrato del joven marino.
   Más de medio siglo después, Mathilde pudo contemplar a su joven hermano, como si el tiempo transcurrido se hubiera desvanecido de un plumazo, y la anciana lloró de felicidad. La hermana de Hubert tenía ahora 86 años, además de una lúcida memoria en la que guardaba los dulces momentos que
pasó junto a él. Entonces llegó lo más difícil para mi, intentar explicar a aquella familia mi intención de relatar la vida sencilla de Hubert. En buena medida yo podía ser considerado como un intruso en sus vidas.
   María Luise Erner, la nuera de Mathilde, se convirtió en la voz de la anciana y se volcó en este proyecto con gran ilusión. Entonces, yo no podía imaginar el arduo trabajo que me aguardaba en los meses siguientes, pero el hecho de haber hecho feliz a la hermana de Hubert, ya merecía todo el esfuerzo.
Marta y María Luise se habían convertido sin quererlo en lo más semejante a dos hadas que habían impregnado de magia los últimos meses. Como los engranajes de mi particular máquina del tiempo.
Una maravillosa máquina que me permitió viajar a la España de los años 30 y 40, y a la España de la Guerra Civil y de la posterior represión franquista. Una máquina que me ayudó a viajar a la Alemania de la pre-guerra, y del posterior conflicto mundial.
  Los recuerdos que Mathilde guardaba de aquella época me permitieron conocer al resto de la familia de Hubert, y me dieron acceso a la parte humana de aquel joven que formó parte de la tripulación de uno de los temibles U-Boots que asolaron los mares del mundo durante la II Guerra Mundial. Recuerdos abstraídos por el tiempo que me ayudaron a conocer a aquel joven, sus ilusiones para afrontar la vida, sus sueños, e incluso sus anhelos e inquietudes. Y porque no, conocer a aquel niño que jugaba a la peonza frente a la iglesia de la aldea de montaña donde nació, allá por los albores de la guerra que sumió a Europa en la oscuridad.
   Fueron tiempos difíciles aquellos, durante la ascensión al poder de Adolf Hitler. Pero en aquella escondida aldea de montaña las noticias llegaban con dificultad, y la familia de Hubert vivía en una aparente normalidad, entre las tareas de la granja y el bullicio de los pequeños.



II

Julio de 1927


Aquella mañana, Theresa Sasse preparó el desayuno de los menores de sus tres hijos. El mayor, Hermann, estaba en el establo con su padre y Elizabeth, la pequeña, se estaba terminando de vestir.
   Aquella mujer fuerte no necesitaba muchas palabras para decir lo que pensaba y lo que sentía. Sus manos y su rostro, tallados por el trabajo en el campo, hablaban por ella. Era una mujer acostumbrada al frío, al hielo y a las dulzuras y sinsabores de la vida.
   Theresa era baja y robusta, de cara redonda y afable. De mejillas coloradas y pelo recogido en un pequeño moño. Sus ojos azules eran sumamente vivaces. Lucía una prominente barriga, pues el sexto integrante de la familia Sasse, estaba en camino.
  Theresa asomó por la escalera que desembocaba en el piso superior y en los dormitorios de los pequeños.
   —¡Hubert!, ¡Elizabeth!, ¡bajad a desayunar!.
   Desde que mamá creyó que ya no era necesario tener la cuna de Hubert junto a su cama, él y Hermann dormían en la misma habitación, un pequeño cuarto donde había dos camas con dosel y cuya ventana daba a la parte trasera de la casa.
   Cada noche, Theresa los acostaba, les colocaba bien la almohada y salía de la habitación. Entonces, recién cerrada la puerta, intentando hacer el menor ruido posible, las almohadas volaban a través de la oscuridad de la habitación. Eran verdaderas batallas campales en las que uno de los dos hermanos acababa tomando la iniciativa, saltando a la cama del otro y tomando posesión de ella.       Entonces se enzarzaban en auténticos combates cuerpo a cuerpo, en los cuales, los chirridos de la cama acababan por delatarles. Al momento se oían pasos y seguidamente se hacía la luz.
  —¡Vamos  muchachos! —susurraba  su  padre—. Como venga vuestra madre se va a enfadar.
Y entonces, en contadas ocasiones, su padre sonreía con malicia.
   —¡Aunque, pensándolo bien!
Entonces se lanzaba sobre los pequeños, que lo esperaban entre aterrados y gozosos, dando comienzo a una encarnizada batalla.           Aquello siempre acababa mal para los tres, cuando al poco rato, Theresa aparecía ante la puerta con los brazos en jarras.
   Frente a la puerta de entrada que llegaba hasta el piso superior había un gran ventanal, tapado con una pesada y gruesa cortina de un marrón claro, que no permitía la entrada de la luz.
   El pequeño Hubert, de seis años, apareció bajando los escalones de dos en dos, mientras se enfundaba los holgados pantalones, que en otro tiempo habían pertenecido a su hermano.
   Llevaba una camisa blanca de manga larga, que hacía resaltar el tostado de su piel adquirido por el trabajo al sol. En su mano derecha, su inseparable soldadito de estaño policromado.
    —¡No nos marcharemos hasta que desayunes! —dijo su madre—. ¡Estas muy delgado!.
    El pequeño se sentó en el banco de madera junto a la larga mesa rectangular situada en el centro de la estancia. Más allá estaban los fogones de la cocina, que se alimentaban con leña o carbón. En la pared de enfrente se hallaba una enorme chimenea con una especie de cadena que colgaba en su centro, sosteniendo un gran caldero.        Una puerta daba al patio, encerrado entre una empalizada de postes de madera; desde la cocina, era el paso obligado para llegar al establo.
  Hubert era un niño de estatura mediana y extrema-damente delgado. En su rostro destacaba una nariz estrecha y alargada sobre unos labios finos. El cabello de una tonalidad rojiza y ligeramente acaramelada, era corto y peinado con la raya al costado izquierdo. Pero lo más llamativo eran sus ojos, pequeños y del color de la miel. Unos ojos que mostraban ciertos atisbos de melancolía, aunque Hubert siempre estaba riendo. Su sonrisa resultaba simpática y cautivadora, y mostraba una hilera de bien formados y blancos dientes.
   Elizabeth entró en aquel momento por la puerta de la cocina, con las mejillas sonrosadas como caramelos. La pequeña, de cuatro años, tenía el cabello rubio y rizado, peinado con flequillos que caían a los lados. Sus ojos eran de
un azul profundo, y mostraba una hermosa tez blanca como el nácar
  —Hubert, ¿ya has terminado de desayunar? —dijo Theresa—.Tienes que traerle a mamá uno de los sacos de patatas del establo, ¡y llévate a tu hermana con papá!.
   El olor acre que desprendía el estiércol, impregnaba el establo. Hubert entró con Elizabeth de la mano, para encontrar a su hermano mayor preparándose para ordeñar a una de las vacas. Él le saludó mientras Hermann cogía un cubo de cinc y un pequeño y viejo taburete de madera de tres patas. Lo situó en el costado de uno de los rumiantes y se sentó en él. Colocó un cubo justo bajo de las ubres y cogió con ambas manos dos de ellas, iniciando el ordeñado.
    Su hermano le llevaba un año y sus ojos eran pequeños, vivos y alegres. De cabeza redonda y pómulos prominentes. Su rostro denotaba un carácter amable y bonachón. Tenía los ojos azules y sus cabellos castaños estaban siempre enredados.
    La vaca en su afán por ahuyentar a las molestas moscas, sacudía el rabo a diestro y siniestro, alcanzando a Hermann en un par de ocasiones en el rostro.
  Los  dos  pequeños se  pusieron en cuclillas junto a él, contemplando como la leche caía en el recipiente. En aquel instante, la figura solitaria de Anton Sasse apareció por la puerta. Cogió una pala y se dispuso a amontonar todo el estiércol depositado durante los últimos días, para luego echarlo al estercolero fuera del corral. Hubert, inclinado bajo la res, alzó la cabeza y miró a su padre.
   —¡Hola papá!
  —¡Ah!, ¡Buenos días, Hubert! —contestó Anton—. Papá no te había visto, ahí agachado.
   —¡Vaya!, ¿y quien es esa cosita rubia que está a tu lado?, ¡no creo conocerla!
   Anton apoyó la pala contra la pared, puso una rodilla en el suelo y abrió los brazos. La pequeña Elizabeth salió disparada en busca de su padre.
  Su aire grave, revelaba que se trataba de un hombre de edad madura. Anton había sido un hombre guapo de joven, y aún conservaba algo de aquel atractivo. Decían que Hubert se le parecía mucho.
  De rostro alto y estrecho, con una fina barbilla. La nariz era ligeramente alargada, y los labios finos. Su frente era despejada, y el cabello era lacio. Tenía una mirada triste, como ausente, lo que le daba un aire nostálgico. Llevaba una preciosa pipa tirolesa, con la cazoleta de raíz de brezo tallada con hermosos ornamentos. Como todo gran fumador, coleccionaba varias de aquellas elegantes pipas, guardadas en sus estuches de madera originales.
   Anton levantó la pequeña tapa metálica que cerraba la cazoleta y volvió a encenderla, aspirando el humo, sin tragarlo. Degustándolo entre el paladar y la nariz. El fumador de pipa no quemaba el tabaco, lo saboreaba. Anton giró sobre sus talones y miro al pequeño Hubert.
  —Oye, papá, ¿cuando podré ordeñar yo también? —preguntó Hubert con interés.
  —Cuando quieras, papá  te enseña—. Pero creo que aún eres pequeño—. Además...¿No ibas con mamá al pueblo?.
   —¡Oh!, ¡si!, ya no lo recordaba —dijo Hubert.
  El pequeño recogió el saco de patatas y se lo cargó al hombro, saliendo pesadamente en dirección a la casa.
   Theresa salió fuera y preparó algunas verduras de su
huerto. Llevaba varias docenas de huevos en una pequeña cesta que colgó del manillar de una bicicleta. Aquella Diamant era algo vieja, sin embargo los neumáticos estaban todavía en buen estado de uso. Probablemente era una de las marcas más antiguas del país, pues las fabricaban desde 1885. Aquella bicicleta de paseo tenía un portaequipajes tras el asiento sobre el que el pequeño se sentaba cuando acompañaba a su madre al pueblo.
   Hubert llegó acarreando el pequeño saco de patatas que dejó en el suelo, para salir corriendo de vuelta a la casa. Regresó a la cocina y tomó su soldadito de estaño que había quedado sobre la mesa. Aquel viejo y pequeño soldado le acompañaba a todas partes.
  Theresa acomodó las patatas y las legumbres en la cesta que llevaba sobre el farol y llamó a su hijo:
    —¡Vamos Hubert!, ¡se nos hará tarde!
El pequeño se encaramó por la alta valla de tablas, mientras su madre le regañaba.
    —¿Por qué crees que se inventaron las puertas, muchacho?
Las Tierras de la granja se extendían en una zona llamada Birnbaum, a lo largo de una colina junto a densas arboledas y núcleos de coníferas. El lado norte de la casa daba al camino y tenía cuatro ventanas altas. Era una sencilla casa de madera de dos plantas, y la parte baja tenía aspecto de granero.
  Theresa aprovechaba los sábados para ir a realizar algunas compras al colmado del señor Schmidt, en Affeln, a pocos minutos de allí. El dependiente estaba encantado de realizar pequeños trueques con la señora Sasse: Huevos y algún que otro artículo, por azúcar, especias o incluso sal.
   A pesar de estar a punto de dar a luz, aún le sobraban energías para encargarse de las compras y la mayoría de tareas de la casa. El único problema se lo daba su prominente barriga a la hora de pedalear.
   El pequeño subió de un brinco al portaequipajes. Theresa se recogió pesadamente las faldas, montó en la bicicleta, e inició el pedaleo. Madre e hijo se alejaron en dirección al pueblo, por la carretera asfaltada.
     El manso silencio de la mañana sólo era roto por el limpio sonido del timbre de la bicicleta, ¡Clinc, Clinc!. Theresa llevaba un deshilachado sombrero de paja cuya ala le proyectaba la sombra suficiente. El pequeño se cogía con fuerza a su madre, mientras asomaba su cabecita por el costado, observándolo todo con curiosidad.
   De pronto, Theresa notó las frías manitas del pequeño sobre su abdomen, y preguntó:
    —¿Pero?, ¿que haces, Hubert?
    —Mathilde tiene frío —obtuvo por respuesta.
  El pequeño había metido las manos por debajo de su blusa, mientras le daba a entender su razonamiento.
    —Así le doy calor —añadió. El embarazo de Theresa había sido toda una revelación para el pequeño Hubert. Según él, sería una niña y había decidido que Mathilde era un bonito nombre, o incluso, el nombre más bonito del mundo.
    —¿Y todo eso se te ha ocurrido  a ti sólo? —preguntó su madre, sin esperar contestación.
     —¡Demonio de niño!
    Theresa tenía a su hijo por un idealista, incluso un soñador, y no era que aquello fuera malo. El problema radicaba en que en ocasiones no separaba el mundo de los sueños del real. Anton decía que aún era un crío, que ya maduraría, pero ella sabía que en aquellos tiempos tan difíciles no había cabida para los soñadores. Su hermano era el mayor de casa, y se notaba. Hermann tenía un carácter autoritario con sus demás hermanos, pero conciliador al mismo tiempo. A pesar de sus siete años era un niño de maduro temperamento, y como era lógico, le encantaba hacer cosas de mayores.
  El trayecto hasta Affeln transcurrió entre explicaciones del pequeño. Según él, cuando en ocasiones colocaba la oreja sobre la barriga de mamá, podía escuchar lo que Mathilde le decía.
   Mientras su madre se sonreía, el pequeño le dejó claro que los mayores no podían oírla porque siempre estaban hablando alto y nunca tenían un momento para pararse a escuchar.
Hubert sacó de pronto las manos, sujetándose para no caerse, y su madre preguntó:
    —¿Y ahora?
    —¡Mamá!, ¡Mathilde se ha dormido! —contestó Hubert con aire displicente.

   Theresa se maravillaba de las ocurrencias de su hijo, al tiempo que pensaba como le explicaría aquello a su marido. Para entonces ya se estaban acercando al pueblo, y el tañido de la campana de la iglesia, que llamaba a la misa de la mañana, sonó débilmente a lo lejos. 


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