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lunes, 2 de mayo de 2016


Personajes


  El tiempo que un escritor invierte en dar vida a una novela depende, como es lógico y en gran medida, del propio escritor. 
    Los hay que dedican unos pocos meses en recabar información, y los hay también que para esa etapa se toman sus buenos veinte años, como es el caso del escritor rumano Petru Popescu, el cual comenzó a imaginar "La huella de Adán" antes de marcharse de Rumanía en 1974 (la novela vio la luz en 1995).
  Indudablemente, se trata de una labor compleja, en la que en muchos casos, el escritor está asistido por colaboradores que se encargan de la investigación, buscando en bibliotecas, en museos; cotejando libros de la época, en la historia de los personajes, en los hechos acaecidos, etc. Aunque también es cierto que hoy en día esa labor se ha vuelto mucho menos tediosa, no hay que olvidar los adelantos que la tecnología ofrece a la labor de documentación, pudiendo acceder desde la red a información a la que antes su acceso era simplemente imposible.
   Luego están los que, a la hora de ponerse a escribir, dedican a este proceso varios años, como es el caso del escritor Mark Twain, que en 1896 veía publicada su novela "Recuerdos personales de Juana de Arco", a la que que se dice que había dedicado 12 largos años de trabajo.
En contrapartida están hombres como Gabriel García Márquez, al que bastaron 18 meses para dar vida a "Cien años de soledad".
   ¿Y eso es todo? Pues por supuesto que no... Hay a quien también le encanta dejarla reposar, como si de un buen vino se tratase. Hay quien elige un cajón, donde guarda el borrador durante largos años, como es el caso de la escritora andaluza Matilde Cabello, que dejó reposar su novela "El pozo del manzano" durante casi tres. Sin mencionar, claro está, a Stephen King, que dejó su novela "The plant" en el cajón durante dos.
   Hasta ahí todo bien, pero en mi opinión lo dicho anteriormente sólo es aplicable a las novelas de ficción. En cuanto a las que se basan en hechos reales, la cosa es bastante diferente, por lo menos en mi caso. El proceso de investigación termina cuando ya no conseguimos avanzar en nuestros intentos por conseguir saber más de esos personajes reales que le dan forma a nuestra historia, cuando nuestros desesperados correos y llamadas de teléfono no hacen sino, caer en saco roto. 
   Y después llega la anhelada edición... Por fin podemos tocar el libro con nuestras manos y este comienza su andadura por las librerías. Y entonces respiramos profundamente creyendo que todo ha terminado por fin, que ya podemos dedicarnos a la siguiente. Pero nada más lejos de la realidad...
   "El niño de la peonza" cumplirá pronto los tres años de edad, pero en mi caso, los E-Mails y las llamadas telefónicas continúan. En mi caso siguen apareciendo hijos o nietos de alguno de los personajes que me felicitan por el libro y que comparten conmigo su alegría porque su padre o su abuelo se hayan convertido en personajes de una novela. Y como no podría ser de otro modo, también aprovechan para correjirme en algún aspecto o para darme nueva información sobre el "personaje", su personaje. 
  ¿Por qué les digo todo esto? Porque creo que aunque esa información seguramente ya nunca formará parte de la novela, si que dará mayor fuerza a algunos de los personajes que ustedes ya conocen; y por lo tanto, debe ser compartida. 
  Es por eso que voy a comenzar en breve una, espero, larga serie de posts dedicados a los personajes de los cuales tenga nueva información. Y así los llamaré: "Personajes". 
   De esta forma tan peculiar podremos conocer mejor a "personas reales" como:

Ernst Oertl







Berta Kaufer








Mossén Elias




o por qué no, 
a Juanitín






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